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LOS BUENOS, HANNA KENT

Lo que puede en consecuencia atribuirse al tiempo de guerra, (…) puede igualmente atribuirse al tiempo en que los hombres también viven sin otra seguridad que la que les suministra su propia fuerza y su propia inventiva (…), miedo continuo, y peligro de muerte violenta; y para el hombre una vida solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.

Thomas Hobbes, Leviatán

Los buenos es una novela escrita a partir de una historia que ocurrió en el siglo XIX, cuando tres mujeres fueron acusadas de infanticidio en la Irlanda rural. A partir de esa historia, conocida por ella años antes y que al parecer la siguió durante mucho tiempo, Hanna Kent terminará produciendo esta novela, en la que chocan la ignorancia rural con la modernidad que empezaba a llegar a todas partes.

Nora acaba de perder a su esposo, unos meses después de enterarse que su única hija también murió, y que ellos, los abuelos, debían hacerse cargo del hijo de ella. Pero el hijito, de cuatro años, está paralizado, no puede caminar ni hablar, y llora todo el día. El abuelo lo ama y lo cuida, pero ya sabemos que acaba de morir. Y Nora, la abuela, está entrando en una depresión enorme, siente que le quitaron a todos los que quería y le dejaron nada más una carga, un niño que no sirve para nada y no para de chillar.

Añadamos ahora que el pueblo en el que ella vive es pobrísimo, poblado por granjeros que apenas producen para alimentarse y así mismos y al par de animales de los que viven. Y que las supersticiones se mezclan con un cristianismo muy básico y rudimentario,: algunos campesinos se extrañan de que el cura no crea en hadas y duendes, porque si es cura debería saber con mayor razón que son creaturas de Dios…

En este contexto, Nora empieza a sospechar que ese nieto que ella tiene no es su nieto en realidad, sino que se lo han llevado las hadas, y le han dejado a un duende contrahecho en la cuna. Nora intenta pedir ayuda del médico y del sacerdote, pero ambos se declaran incapaces de ayudar a que el niño mejore. Entonces, y ante los crecientes rumores de que el duende que ella tiene en casa está echando a perder la leche de todas las vacas del pueblo y llevando miseria a todos, Nora intentará, desesperada, pedir la ayuda de Nance Roche, la bruja del pueblo. Nance es una mujer bienintencionada, y trata de ayudar, pero sus emplastos de hierbas no consiguen recuperar al niño raptado, y cuando intenten un método más radical, el pequeño morirá ahogado en un lugar que Nance consideraba de poder. Delatadas por la joven sirvienta de Nora, que si bien participó del proceso lo hace con creciente horror, y es la primera en arrepentirse, las tres mujeres (bruja, viuda y sirvienta) serán apresadas y juzgadas, aunque saldrán libres por considerárselas ignorantes, que mataron al niño por torpeza y no por el deseo de asesinar.

En esta historia, creo que deben ser destacadas dos cosas: la primera es la narración de Hanna Kent, cuidada, que se toma todo el tiempo del mundo en dibujarnos el ambiente en el que ocurre todo: no le importa demasiado llegar a la acción, sino que quiere que entendamos lo que ocurre. Nos pinta un mundo de supersticiones hondamente arraigadas, de pobreza extrema en la que un herrero que compone huesos o una curandera que cree haber recibido la sabiduría de los espíritus es el mejor médico al que se puede acceder. Un mundo en el que la solidaridad es un lujo, porque todos luchan para mantener el hambre fuera de la propia casa, en que nuestros estándares de higiene y de comodidad solo sirven para la risa.

Y además el mundo de la cabeza de la viuda, angustiada, acosada por los recuerdos, soñando día y noche con sus familiares muertos. Su esposo, su hija, y el nieto robado por las hadas. El creciente resentimiento con el mocoso llorón, el duende que usurpa el lugar de su nieto, el deseo de que desaparezca, de estrellarlo contra la pared -ella, que siempre ha sido una mujer buena. El distanciamiento creciente con sus vecinos, incluso con su familia, porque siente que nadie puede entenderla. Sus ataques de ira repentina, su desesperación, y su esperanza en recuperar a un nieto de verdad, uno que le dé consuelo en vez de preocupaciones, uno que pueda amar. Todo eso en la prosa de Hanna Kent, quien prefiere echar a andar la historia tan solo cuando nos ha situado en ella.

Y la otra cosa, es la desesperación. Hanna Kent no tiene ningún interés en idealizar el pasado: nos lo presenta en toda su triste pobreza, su asquerosidad y su ignorancia brutal. Nos recuerda que la hermosa vida del campo consistía en dormir sobre paja y tela estirada en el suelo, comer una papa hervida y suero de leche, porque la poca leche que da tu vaca es para hacer mantequilla y venderla, vivir asustado por hadas, duendes y quién sabe qué más, y tratar desesperadamente de juntar los centavitos para pagar el arriendo de tu casa y no verte obligado a mendigar por los caminos. Sorprende la escasísima caridad de la gente del pueblo en que se desarrolla esta historia, pero no es que tengan el corazón duro: es que no pueden permitirse amar más allá de su núcleo más inmediato o terminarán hundiéndose.

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