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13, STEVE CAVANAGH

La publicidad es una cosa buena cuando nos ayuda a descubrir productos que desconocíamos, y que son de buena calidad. En la industria editorial también es así: descubrimos un libro, un autor, una colección o una editorial que desconocíamos, y que nos encanta. Gastamos nuestro dinero en esos libros, se lo recomendamos a la gente, queremos que todo el mundo los lea y disfrute tanto como nosotros. Queremos que los demás sean felices, como nosotros fuimos.

Pero a veces, la publicidad nos engaña. Nos inventa libros de calidad donde no hay, y eleva mediocridades a «el nuevo rey del suspenso» o alguna otra barbaridad. En «13. El asesino no está en el banquillo de los acusados. Está entre el jurado» lo primero que choca es el horror de título: demasiado largo, e innecesariamente sensacionalista: si querías dar un impacto al lector se podía buscar un título menos feo. Además, ¿qué hace ahí el 13?.

Pero luego la cosa no mejora demasiado. La novela es la historia de Eddie Flynn, un abogado que, tras un pasado como estafador, estudia Derecho y se dedica a defender personas. El ser abogado defensor lo hace poner en riesgo a su familia, y actualmente está separado: por otra parte, tuvo problemas con la bebida y ahora consigue controlarlo. En esta novela (que es la cuarta de una serie con Eddie como protagonista), Eddie actúa como un clásico detective privado de los más cliché: rudo, bebedor, con una historia personal triste y solitaria, justo y amigo de la verdad. Un tipo que arriesga el pellejo por una causa perdida. Aunque es abogado, actúa como un detective que supiera litigar.

Y esta vez se enfrenta a una de las mayores mentes criminales que la literatura haya conocido: Josuha Kane, quien ha cometido asesinatos por más de diez estados de USA, y siempre ha conseguido que otros sean condenados: a él ni siquiera lo buscan. ¿Cuál es su secreto? Simple: elige a un jurado, lo asesina y desaparece (literal, hace desaparecer su cuerpo en pocas horas con materiales caseros), y luego lo suplanta. Para ello cuenta con una amplia gama de dones: psicopatía, sangre fría, una destacada inteligencia, capacidad de imitar personas y escrituras, analgesia… en fin, una especie de Mozart del crimen. Kane busca coronar su serie de asesinatos y condenas castigando a un actor de Hollywood, a quien incrimina en el asesinato de su esposa y su jefe de seguridad. Y es Eddie quien deberá hacerse cargo del caso, luego de que el abogado titular renuncie.

Eddie, ya lo sabemos, es un romántico a su manera, y no puede dejar que la injusticia triunfe. de modo que asume la defensa, enfrentándose a pruebas casi irrefutables y a un abogado estrella como fiscal. Sin embargo, con la ayuda de una detective amiga suya conseguirá desenmascarar la trama criminal del hombre que ha cometido los asesinatos, inculpado al joven actor y suplantado a uno de los jurados.

Los personajes tienden a ser obvios y predecibles. Si Eddie es el viejo detective de toda la vida (de hecho, la verdadera detective es moderna y funcional, utiliza la tecnología y los recursos modernos. Eddie, en cambio, va a terreno a investigar, y se mete en peleas cuerpo a cuerpo, como en los viejos tiempos), Kane es un malvado estándar: sin emociones, con una motivación loca y una misión demente que lo impulsa a matar, pero comete asesinatos por gusto (además de su «misión») y no queda claro que sea un psicópata con una obsesión específica, sino que parece quedarse a medio camino entre el asesino en serie que sigue un patrón y el crápula que mata por matar. al fin, una especie de monstruo incomprensible, pero casi invulnerable: un personaje en el que no podemos creer.

Eddie tiene problemas con su esposa, quien ya no vive con él, y con su hija, como mandan los cánones del género. Por otra parte, se esboza una historia romántica con la detective, pero se queda en el esbozo. Y la trama tiene muchos recursos baratos, como cuando termina un capítulo pareciendo que va a pasar algo tremendo (por ejemplo, Kane va a sacar una pistola de su bolsillo y abatir a Eddie), pero dos capítulos después… nos enteramos de que Kane saca un celular. O Kane parece que va a matar a un policía adentro del Tribunal… y dos capítulos después se lo piensa mejor.

La adjetivación del autor es deficitaria, y sus momentos «elevados» son tan feos como esto: «Angulosas e imponentes sombras inundaban la calle a medida que el día se disolvía con el crepúsculo» ¿De verdad, «angulosas e imponentes sombras»? Esos adjetivos no aportan nada excepto pomposidad. Y luego, «el día se disolvía con el crepúsculo»… poesía de principiantes.

O diálogos tan feos como éste:

«¿Adónde vamos? —pregunté, deslizando las manos lentamente hacia la parte inferior de mi chaqueta y moviendo los brazos hacia el mango de la puerta a mi derecha, por encima de la chaqueta.

—Cállate —dijo Granger.

—Que te den —le respondí.

—Si vamos a Rhode Island, ¿por qué no cogemos la FDR? —pregunté.

Cualquiera que se interese por el arte de escribir sabe que es innecesario y molesto añadir los «dijo», «contesté», «gruñó», «grazné» o «barrité» al final de cada diálogo… el lector no es idiota y se supone que entiende lo que lee.

En fin. Una historia bastante cliché, con personajes más bien aburridos y una prosa sin chispa y que cuenta con fragmentos realmente mal escritos. Todo esto podría no ser tan grave, en realidad: novelas mediocres hay en todos lados, y además ésta no es la peor de todas: a su favor tiene un ritmo intenso, y que la tensión inherente a un juicio es bastante real.

Pero me molesta que un producto que es apenas mediocre me lo vendan como si fuese oro. Y a los aprovechados que se forran mintiéndonos, hay que ponerlos en su sitio de vez en vez.

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