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BALADA DE LA CÁRCEL DE READING. OSCAR WILDE

En 1895, Oscar Wilde estaba en su momento de gloria. Era un autor aclamado por las multitudes, sus obras eran representadas en los mejores teatros, y él mismo, el gran vanidoso, se codeaba con lo más granado de las cortes europeas, que lo mimaban como a su niño terrible. Se le permitía escandalizar a todo el mundo, decir las cosas más chocantes, burlarse de su público en la cara, y todos lo aplaudían por hacerlo con tanta gracia. Wilde era admirado y envidiado, era el centro de todas las fiestas. Y escribía, con brillo y en gran cantidad.

Pero todo eso cambió, al ser acusado de mantener una relación homosexual con el joven lord Alfred Douglas, por parte del padre de éste. Wilde intentó contraatacar con una demanda por calumnias, pero tras un proceso enormemente publicitado, terminó condenado a dos años de trabajos forzados, por sodomía y grave indecencia. El escritor afamado, el niño mimado de las condesas, se convirtió en un presidiario, sufriendo un castigo injusto, aunque legal para su época, y debiendo sufrir todas las penurias habituales para la población penal.

Como escritor, Wilde siempre mostró un humor incisivo y mordaz, exponiendo de forma constante los vicios y tonterías de la gente. Y además, siempre fue un enamorado de la belleza, el hedonismo y el placer. Pero, además de esa imagen de tipo encantador, atrevido, lenguaraz y superficial, se esconde todavía otra faceta del autor: Wilde era un escritor de marcada conciencia social, que siempre tuvo muy claras las espantosas desigualdades de su época, y siempre creyó en la justicia. El Wilde cuentista lo refleja bien, sin duda, pero aún refleja algo más: nos muestra la enorme compasión del autor ante el dolor de otros, su sincera tristeza ante el sufrimiento ajeno.

Y aún hay algo más. Cuentos como El cumpleaños de la Infanta, o El amigo fiel, o incluso obras de teatro como El crimen de Lord Arthur Saville, nos revelan a un Wilde amargo, que siente el absurdo y el sinsentido de la vida de los hombres, su estúpida superficialidad y la mascarada cruel que todos debemos representar. Este Wilde doliente, amargo y piadoso queda a veces eclipsado por el brillo irónico de la sonrisa de dandy que tanto le gustaba mostrar.

Sin embargo, la Baladase publica en 1897. Y un hombre que ha pasado dos años en la cárcel, que ha sufrido en sus carnes el terrible castigo de las leyes, y que ha visto morir ahorcado a un prisionero, ya no puede ser el mismo elegante y burlón esteta que entró a la prisión. Wilde se ha transformado tras la terrible experiencia, y sus versos ya no tienen humorismo ni picardía, ni se divierten en contarnos sutilezas de las corte. Y cuando hablan de goces mundanos, lo hacen de esta manera:

Bello es bailar con los violines

mientras amor y vida arden;

danzar con flautas y laúdes

es cosa delicada y suave:

Pero no es cosa nada dulce

bailar con los pies en el aire…

La Balada de la Cárcel de Reading es un poema escrito a partir de la ejecución de uno de los prisioneros, a quien WIlde trató. Se llamaba Charles Thomas Wooldridge, y era un hombre preso por el asesinato de su esposa, y que fue condenado a la horca. En estrofas sencillas y sentidas, Wilde narra con claridad los últimos días del condenado. Nos habla de la cárcel, de los penados, de los verdugos, carceleros y sacerdotes. Nos habla de la justicia, de la desesperanza, del dolor. Sobre todo del dolor.

Y de la compasión que habrá de recibir el condenado a los ojos de un Dios bondadoso, capaz de perdonar al que ha sufrido mucho. Wilde cuestiona la justicia de los hombres («todos los hombres matan lo que aman», nos recuerda para defender al condenado), al mismo tiempo que nos habla del sufrimiento que inunda las cárceles, esos sitios en los que, como en el infierno de Dante, se abandona toda esperanza al entrar; en lugar de eso, pone sus esperanzas en la bondad y la justicia del cielo, que no ignorarán a uno de sus hijos en la hora más dolorosa.

Cuando un hombre brillante y divertido se despoja de su armadura de pedrería, de su risa y de su sensualidad, para desnudar su alma ante nosotros, es un espectáculo sobrecogedor. Es el momento en que todos debemos mostrar respeto, porque lo que estamos viendo es carne y sangre que palpita ante nuestros ojos. Wilde nos provoca simpatía, ternura a veces, desafía nuestra inteligencia siempre. Lo admiramos, nos divierte, es una compañía chispeante y juguetona. Pero si lo amamos, es por cosas como la Balada de la cárcel de Reading.

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