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LO BELLO Y LO TRISTE. YASUNARI KAWABATA

¿Qué se ama cuando se ama?

Gonzalo Rojas

Para uno, como lector occidental, sumergirse en la lectura de Lo bello y lo triste es una experiencia sorprendente. Porque se trata de una obra que nos acerca a una cultura totalmente diferente a la nuestra de todas las maneras posibles: el tono, el ritmo, las imágenes de Kawabata son diferentes a las que habría usado un escritor europeo o latinoamericano. Y su tratamiento del tema también lo es, así como sus reflexiones. Quizá lo único que lo emparenta con nuestra tradición literaria sea el tema elegido, que es una tragedia, tal como podría haberla escrito Shakespeare, por ejemplo.

La novela nos presenta a Oki, un reconocido novelista japonés, cuya obra de mayor éxito es autobiográfica: es la historia de un hombre casado, de casi treinta años, que mantiene una aventura con una niña de dieciséis, la deja embarazada y ella pierde el bebé, debiendo ser internada en una clínica psiquiátrica un tiempo. Luego, por decisión de la madre de ella, la jovencita deja la ciudad y no vuelven a verse, aunque Otoko, la muchachita en cuestión, no sólo se entera de que la historia que marcó su vida es una novela de éxito para que cualquiera pueda leerla, sino que, además, es eventualmente reconocida por la prensa, y debe cargar con la fama de ser la protagonista de esa novela.

Y digamos que Otoko, por su parte, se ha convertido en una pintora destacada en el Japón, una artista respetada por todos, y que vive sola, con una joven aprendiz que la idolatra. La jovencita apasionada que fue da paso a una mujer madura, aún muy hermosa, y la paz parece haberse instalado en su corazón. En ese momento aparece Oki, de visita en su ciudad, para invitarla a una ceremonia tradicional japonesa. Otoko acepta, bien educada como es, pero nunca están solos, sino que les acompaña Keiko, su aprendiz, una muchacha de belleza arrebatadora y que, siguiendo instrucciones de Otoko, será muy amable y obsequiosa con él.

Oki vuelve a su ciudad, sin saber la verdad acerca de los sentimientos de Otoko, sospechando que ella aún lo ama (aunque él sigue casado, y no va a dejar a su mujer por ningún motivo), pero al mismo tiempo impresionado por la bellísima, joven y adorable Keiko, una especie de pequeña maravilla, a quien invita un día a visitarlo, con la excusa de llevarle alguna de sus pinturas.

A partir de aquí, la joven e inestable Keiko se siente dañada: sabe que Otoko no puede olvidar a su antiguo amante, y se siente invadida por los celos. Su carácter explosivo, su extrema sensibilidad y su predisposición al sufrimiento y al sacrificio la llevan a querer vengar a su amada, toda vez que ella, como un niño bondadoso, es frágil e incapaz de defenderse por sí misma ante la ofensa antes inferida por Oki, el escritor famoso, que tiene una familia feliz y el prestigio y dinero ganado a costa del sufrimiento de Otoko, del bebé que no pudo conocer, de su abuso y luego su vergüenza.

La venganza sigue su curso, pese a que Otoko intenta disuadirla: la jovencita es un torrente de emociones, es intensa a niveles que nosotros no imaginamos… y su venganza se llevará a cabo: a Oki le será arrebatado aquello que ama, del mismo modo que por su culpa Otoko perdió lo que más amaba. El nudo de la tragedia se cerrará, y todos cobrarán su ración de sufrimimento. Sin embargo, cabe preguntarse algo: ¿hasta qué punto Keiko fue consciente de sus propias decisiones? ¿hasta qué punto la dulce y serena Otoko no instigó la venganza por parte de su aprendiz, de carácter inflamable, y que además la amaba hasta el paroxismo? Cuando Otoko aceptó bajo su cuidado a esta muchachita, ¿ya pensaba en convertirla en otra Otoko, más bella aún, y joven, para herir a Oki en el lugar que a éste le doliera más?

Como en la antigua historia de la Princesa Dragón, Otoko y Keiko son dos mitades de una misma realidad: la princesa hermosa y sabia, y la joven impetuosa e irreflexiva. Pero quizá Otoko sea, ella misma, esas dos realidades, la princesa y el monstruo. Como Oki, también, que es un escritor culto e inteligente, un verdadero artista, y un hombre que, tras una aventura extramarital con una adolescente que terminó en un hospital psiquiátrico, decidió dejar todo el asunto atrás para salvar su matrimonio… pero luego recuperarlo, haciendo daño tanto a su esposa como a su antigua amante, para crear una novela hermosa con esa historia que él mismo había decidido enterrar. Todos ellos, luces y sombras, lo bello y lo triste al mismo tiempo.

No sabemos, mientras pasa la novela, si Otoko y Oki aún se quieren, ni si quieren eso que ellos fueron, o si quieren un recuerdo idealizado que quizá nunca existió. O si cada uno quiere el recuerdo de lo que era cuando eran jóvenes. O si se odian con pasión, destructivamente, sobretodo Otoko. No sabemos si Oki sólo se ama a sí mismo, y está dispuesto a usar a las personas, o si Otoko guarda un amor agrio y revenido dentro de ella. Kawabata se asoma a la espesura del corazón humano, y desde allí canta su tragedia.

Para terminar, es necesario hablar del estilo del autor. Kawabata era un gran admirador de la pintura, y eso no solamente se nota en el hecho de que Otoko y Keiko sean pintoras, sino también en las muchas, y muy bellas, reflexiones sobre la pintura que hay en la novela. Y más aún, en sus descripciones, morosas, dedicadas, en las que el paisaje se convierte en un integrante de la escena, y el lector casi se transmuta en espectador, como si pudiera ver lo que se está contando, a través de la precisa e inspirada descripción que Kawabata realiza de plantas, montes, edificios y adornos de carnaval. En este sentido, la novela es capaz de tomar un ritmo lento, en el que cada detalle recibe la atención y el amor que se merece, y el autor se toma todo el tiempo que necesita en hacer avanzar la historia al ritmo de las estaciones, como una flor monstruosa, pero al fin tan verdadera y natural como lo es el lado cruel y perverso de todos nosotros, ese que nos gusta esconder, pero siempre está allí.

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