DORMIR AL SOL, ADOLFO BIOY CASARES

Si Franz Kafka hubiera gozado de un humor socarrón y algo perverso, quizá habría escrito Dormir al sol: una novela sobre un personaje débil, que no comprende muy bien lo que pasa a su alrededor, que se ve enfrentado a un poder que no comprende pero que decide su destino, que intenta comunicarse pero casi nunca es capaz de hacerse entender, y que en ningún momento penetra en los designios del poder al que se enfrenta -en este caso, la psiquiatría. Pero al mismo tiempo una historia divertida, irónica, en la que Adolfo Bioy Casares se burla de las familias, de los barrios, de los psiquiatras y de todo lo que se le ocurra.

La novela está compuesta -en su mayor parte- como una larga carta escrita por Lucho Bordenave, un ex empleado bancario que vive con su esposa Diana, a la que adora a pesar de su carácter insufrible, y una vieja parienta, que lo cuida y quiere, y que detesta a su mujer. En este ambiente, Lucho se ve inmerso en mil desavenencias, intrigas, habadurías, que no es capaz de controlar, evitar ni sustraerse a ellas.

Débil como es, Lucho se deja convencer para que su esposa sea trasladada al manicomio en contra de su voluntad, aunque luego intentará sacarla de allí por todos los medios a su alcance. Sin embargo, los medios a su alcance son pocos, y nada más conseguirá verse sometido a los designios de la psiquiatría y los psiquiatras, quienes con su discurso racional y científico lo irán convenciendo de que todo lo hacen por su bien, aunque quepa sospechar que no es así.

No revelaremos aquí el macabro sistema de curación aplicado a Diana en el manicomio, ni las constantes cavilaciones de Lucho sobre su esposa, su cuñada, su perra (que se llama Diana), el profesor de perros y un sinfín de asuntos más: Lucho es una de esas personas sensibles que le dan muchas vueltas a las cosas, y que se toman en serio todo lo que piensan. Y este es un punto clave, porque aunque la novela transcurre mucho por los caminos del discurso interno, no se ahoga en un constante discurrir de subjetividad sin asunto: Bioy sí quiere contarnos una historia, y no solamente exhibir su interesante mundo interior. En ese sentido, más que la historia o que los personajes, la verdadera protagonista es la prosa de Bioy Casares. Certera, llena de observaciones punzantes, consigue mantenernos no solo atentos, sino divertidos, ante las pequeñas historias de Lucho y su cotidianieidad.

Otro autor quizá nos habría aburrido con larguísimas descripciones de los estados de ánimo del protagonista, sus encuentros y desencuentros con la gente del barrio, de su familia y del manicomio. Quizá nos habrían restregado en la cara el absurdo de nuestra comunicación y del dominio de un discurso “racional” y “científico” por sobre las personas. Pero Bioy nos ofrece la mirada de un hombre que, consciente de sus propias flaquezas, pero también de las ajenas, nos muestra una visión lúcida y que llega a ser divertida de tan franca, como si Lucho estuviera siendo irónico, cuando nada más es sincero.

En definitiva, absolutamente recomendable, una novela de esas que enseñan a escribir. Y a leer.

JULIANO EL APÓSTATA, GORE VIDAL

Flavio Claudio Juliano, Emperador de Roma, es un personaje fascinante. Sobrino del emperador Constantino, su reinado se produjo unas décadas después de su muerte. Y eran tiempos difíciles: Constantino se había convertido al cristianismo, y ésta era la nueva religión de Estado en Roma. Los obispos cristianos se habían vuelto personas importantes, y tenían poder para expandir su fe y evangelizar a todos, incluidos los mismos cristianos de corrientes teológicas disidentes. En una Roma helenizada, acostumbrada a la tolerancia y a los muchos dioses, de pronto empezaba al alzarse como dominante el culto a un solo Dios celoso, que no toleraría a otras divinidades.

Y Juliano, aunque criado en el cristianismo, se convirtió al culto del Sol, y veneraba a la pléyade de dioses griegos. Educado en Platón y Homero, los Evangelios le parecían deformidades literarias, de estilo balbuceante y tosco, de pocas ideas y cuya espiritualidad era un vulgar saqueo de las enseñanzas de Mitra. Le desagradaba la intolerancia de los cristianos, su insistencia en pregonar que existe una sola verdad, la suya, y su cultura le parecía ridícula comparada con la grandeza de la civilización griega y latina: una cultura propia de tribus pastoras del desierto. Por otra parte, al ver lo violentos y corruptos que eran incluso en sus disputas internas, le parecía que ni siquiera estaban a la altura de las enseñanzas de su líder. Que los despreciaba, para hablar claro: imagínense a un hombre así al frente de un Imperio gigantesco, cuyos resortes descansaban sobre una mayoría cristiana en la política y en la milicia, díganme si no escuchan cómo el desastre se aproxima…

Juliano intenta, al inicio de su mandato, actuar con tolerancia y otorgar libertad religiosa. Aunque él mismo se declara adorador de los viejos dioses, y máximo sacerdote de la fe helenística, no prohibirá a los cristianos su culto. Sin embargo, su buena intención se ahogará entre la intolerancia de los nuevos y poderosos seguidores de Jesús, su propio carácter enérgico y acostumbrado a la oebdiencia (como buen César, por otra parte), y su fe en la magia y la adivinación, que terminan convenciéndolo de que es punto menos que invencible y lo llevarán a extremar las medidas en vez de actuar como un político.

La disputa entre el emperador y los cristianos irá escalando, cada vez más agresiva e irreconciliable, y cuando Juliano insista en hacer la guerra contra Persia ni siquiera el ejército -su principal aliado- estará totalmente con él. Tras una campaña terrible, agotadora, con las provisiones escaseando y acosados por la sed, el calor y el miedo a quedar atrapados entre el desierto y las huestes persas, Juliano morirá, posiblemente traicionado por sus propios hombres. Con él, morirá la última oportunidad de la cultura helenística, de la filosofía y de la cultura antigua. Otro mundo tomará su lugar, el de la fe en la resurrección y la vida eterna -aparejado del ascetismo y el desprecio hacia esta vida y sus placeres-, el de la intolerancia religiosa y la vigilancia de la fidelidad de los cuerpos y las mentes.

Con este interesantísimo material muchos autores han intentado contar su versión de la historia: de Ibsen a Kazantzakis, pasando por Adrian Murdoch o Fernando Savater. Y en esta novela histórica, Gore Vidal acudirá al recurso de las falsas memorias, para presentarnos los diarios de Juliano, comentados por dos filósofos de la época que tuvieron contacto con él, que fueron helenistas y deploran el auge de la nueva fe. Prisco y Libanio, cuyas anotaciones completan el texto de las memorias del emperador, nos ayudan a ver los puntos ciegos de éste: las cosas de las que Juliano no pudo enterarse porque ocurrieron muy lejos de él, porque otros se las escondieron, o por sus propias incapacidades. Ambos pensadores coinciden en que hizo mucho daño a Juliano la constante presencia de ciertos magos a su alrededor, y creen que, pese a su amor por la filosofía, Juliano no tenía el talante de un verdadero filósofo.

A través de este resorte, Gore Vidal nos permite observar la historia con más de una perspectiva, enriqueciéndola y permitiéndonos ver de manera más amplia la caída de una época, y la toma del poder por parte de los jóvenes, entusiastas y fuertes bárbaros que para ellos eran los seguidores de un rabino muerto, una religión recién creada y sin embargo capaz de someter a la antigua y noble cultura de raíz griega. En la voz de estos tres amantes de la filosofía, cada uno a su manera -Prisco racional y mundano, Libanio ascético y abierto a la mística, y Juliano contradictorio: emperador, guerrero, filósofo y mago- conoceremos los entresijos del poder, la traición como una constante, y un choque cultural que inevitablemente terminaría decantándose del lado de los nuevos creyentes, cuyos nietos somos todos nosotros.

Una lectura recomendabilísima, atractiva y escrita, además, con un estilo que consigue hacer sentir al lector en la Antigüedad, sin volverse pesada en ningún momento. Gore Vidal ha trabajado su texto acabadamente, y presenta de manera natural las discusiones, las costumbres y el espíritu de la época, sin que se pierda la magia. Mención aparte para el humor cascarrabias que desprenden los intercambios entre Prisco y Libanio, quienes se menosprecian uno al otro, de manera elegante e intelectual, pero tan agresiva como dos abuelos jugando al dominó. Y es que, junto a la corrupción de los cuerpos de estos dos ancianos que van quedando sin amigos en un mundo que ya no les pertenece, vemos agonizar a una civilización que nunca se recuperará, y sabemos que hemos asistido al canto de su último cisne.

LAS AVENTURAS DE PINOCHO, CARLO COLLODI

Carlo Collodi aspiraba a ser un escritor político. Un polemista, un tipo punzante, que pasara a la posteridad como una pluma cáustica y perspicaz. Y, mientras se ocupaba de sus trabajos importantes, probó a publicar, por capítulos, una historieta para niños en el periódico local.

Y quiso el destino que hoy no tengamos noticias de sus escritos políticos, pero que el cuentito entregado sin pretensiones se convirtió en una historia universal, y su protagonista en uno de los personajes clásicos de la literatura infantil. Todos conocemos la historia del muñequito mentiroso y desobediente, pero de generoso corazón, que se mete en todo tipo de aprietos y que, al final, terminará convirtiéndose en un niño de verdad.

En el mundo editorial circulan muchas versiones de Pinocho resumidas y adaptadas para niños, pero no pueden compararse a la obra original: Carlo Collodi es un notable humorista, y las historias de nuestro muñeco de madera favorito nos mantienen la sonrisa en los labios desde la página uno (de hecho, esa primera página debe ser de los mejores inicios de toda la literatura infantil). Por no hablar de la graciosísima galería de personajes: Gepetto, el dueño del circo, el gato y la zorra, Pepe Grillo, la Hada, los pillastres amigos de Pinocho, el pescador que deseaba comerse un pez-muñeco como platillo exótico… en fin, la historia no tiene desperdicio. Por otra parte, al tratarse de una novela por entregas, se hizo necesario que el autor en cada capítulo fuera incorporando peripecias y aventuras, para no perder el interés de su público infantil, siempre deseando saber en qué líos se iba a meter Pinocho por su mala cabeza.

Constantemente se repite, casi como un bucle, el ciclo siguiente: Pinocho se hace a sí mismo el propósito de ser un niño juicioso – Pinocho sufre alguna tentación y, tras una brevísima duda, encuentra siempre excusas para hacer travesuras – después de divertirse brevemente, Pinocho sufre terribles consecuencias por su ligereza y poca disposición al trabajo – Pinocho se lamenta amargamente y entiende que ha faltado a los deseos de los adultos que lo quieren bien – Algún adulto se apiada de verlo así, y le da otra oportunidad – Pinocho, tras un brevísimo lapso de buen juicio, pronto vuelve a las trastadas.

Carlo Collodi nos plantea un mundo en el que los adultos siempre están preocupados por el bienestar de los niños, y en el que todas las enseñanzas y regaños son solamente por su bien, mientras que los niños deben ser juiciosos (o sea, hacerle caso a sus mayores), y quienes no hacen así es porque son perezozos, tarambanas e irresponsables; el discurso de Collodi es conservador, y está destinado a mantener el orden, contándole a los niños las desgracias a las que se exponen si son desobedientes, y que los adultos, aunque severos, son personas bondadosas, que quieren lo mejor para los niños y están dispuestos a perdonar cuando ven a uno de ellos arrepentido. La excepción consiste en los adultos pillastres y malvados -que también los hay-, de quienes un niño juicioso debe estar siempre advertido… y en cuyas trampas Pinocho cae una y otra vez, porque le ofrecen disfrute inmediato, y a eso él no puede resistirse.

Pinocho, desde la época en que aún era un trozo de madera, fue travieso, desobediente y holgazán, siempre dispuesto a burlarse de los adultos. Se podría decir que eso estaba en su naturaleza. Y para convertirse en un niño, deberá mostrar con hechos que ha cambiado su naturaleza y es digno de convertirse en un niño de verdad, que es algo así como un aspirante a adulto.

A pesar de todo lo anterior, si Las Aventuras de Pinocho nos siguen interesando es porque sigue siendo una obra que habla de solidaridad, de cuidar a la familia, de la importancia de ser buenos con los demás, de la honestidad y del valor del trabajo y del esfuerzo. Y, además, todo ello rociado con un humor irónico pero amable, que nos hace sonreír sin acritud ante los mil y un vicios humanos que el autor retrata. Porque si algo sobrevivirá en Pinocho, es la gracia y el humor burlón y algo payasesco de Carlo Collodi, el hombre que quiso escribir en serio pero a nosotros nos gustan sus bromas.

HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA, JORGE LUIS BORGES

Antes de empezar, hablaremos un poquito de este blog, y de las responsabilidades que deben ser asumidas cuando uno publica una entrada aquí. Este blog no es un espacio de crítica especializada, y el autor ni siquiera es un crítico profesional: se trata, o eso intento creer, de opiniones razonadas, de entregarle al lector una orientación sobre qué puede esperar de cada libro, a partir de lo que fue mi propia experiencia como lector, pero también intentando ofrecer algo más que la opinión y la experiencia desnudas: algo más que los “me gustó” o “no me gustó”, que plagan los blogs de este tipo.

Sin embargo, al final del día, por más herramientas técnicas, por más cultura que pongamos sobre la mesa y por más sabiduría que exista o falte en la lectura, todo se termina reduciendo a eso: me gustó o no me gustó. El final del viaje en una reseña siempre es ése, y por lo mismo es que acá intentamos que, si el final es ineludible, al menos el proceso sea entretenido y ojalá, al salir, el lector sienta que se lleva algo que antes no tenía.

Y toda esta palabrería es un poco una protección, un conjuro para espantar el miedo. Porque sobre Borges se ha escrito muchísimo, por parte de estudiosos mucho más inteligentes y cultos que yo, los cuales además han estudiado su obra, su biogafía e ideas, los autores que leyó y a los otros críticos del autor, dedicándole sus vidas a profundizar en la obra borgeana. Y, por otra parte, miedo al propio Borges, a su inteligencia pasmosa, a su humor socarrón, que puede dejarme totalmente desnudo si me descuido en un juicio apresurado, o si presento como gran descubrimiento alguna obviedad o tontería.

Sin embargo, intentaré hilar cuatro palabras sobre Historia universal de la infamia, porque es un libro estupendo, que merece ser disfrutado, y porque puedo hacerlo ciñéndome a la responsabilidad que yo mismo me he adjudicado: dar una opinión razonada, ni más ni menos. Luego cada lector que pase por aquí y se lleve lo que más le guste. La Historia universal… es el primer libro publicado por Jorge Luis Borges (en el año 1935), que reúne una serie de relatos brevísimos publicados en una revista cultural argentina. La mayoría de estos relatos no son estrictamente ficcionales, sino que Borges toma la biografía de hombres y mujeres malvados que realmente existieron, para luego alterar los hechos a su antojo e interpretarlos a partir de sus propias modificaciones. Como si fuese un niño que aún no sabe caminar y necesitara un andador, Borges no se animó a inventar sus propias historias, y eligió tomar las ajenas para contar sus cuentos, en un ejercicio de esa humildad tan propia de él, que casi parecía otra cosa.

Los infames de sus historias son, por lo general, personas de acción: piratas, bandoleros, señores de la guerra. Tan solo uno de ellos es un hombre apacible, cuyo única acción malvada es de índole pacífica: la suplantación. Y, curiosamente, es el único que cuenta con un asesor astuto, alguien que le sopla por encima del hombro lo que debe hacer. Los demás, en cambio, actúan siempre, toman decisiones y fuerzan a la realidad a obedecerlos. Toman las riendas del mundo, al menos por un tiempo… porque al final, todos, sin excepción, reciben su castigo. Como si Borges, el Gran Ratón de Bibliotecas, hubiera gozado describiéndonos a los intrépidos, a los que se atrevieron a engañar y asesinar, a los que sojuzgaron a otros hombres, y luego disfrutase también contándonos su inevitable caída. Caída qué, por supuesto, nos espera a todos igualmente.

Borges se divierte trastocando la historia de sus biografiados, mezclándolas con otras lecturas, sugiriendo bromas y relaciones impensadas. Porque, como señala él mismo en su prólogo, en estos textos él intentó divertirse y divertir. Borges siempre es una especie de humorista en estas pequeñas ficciones, un señor que intenta hacernos reír a costa de las infinitas posibilidades que la historia pudo habernos ofrecido. Y, aunque nos saca de paseo por el desierto Oeste norteamericano, o por el Japón de los samuráis, o por el mundo misterioso del Crecano Oriente, termina llegando a su propia casa. A los compadritos de Buenos Aires, a los malevos de tango y facón, que menciona ocasionalmente en sus historias y a los que dedica la única narración auténticamente inventada de todo el libro: el Hombre de la esquina rosada, que además es el único escrito en primera persona, en el que se dirige a nosotros a través de un habitante de las barriadas bonaerenses, replicando perfectamente su habla.

Por último, algo sobre el estilo de Borges. Su uso del lenguaje es depuradísimo, evidentemente meditado y consciente de sí mismo. Cada palabra está puesta en su sitio, en el lugar que le corresponde, ni antes ni después. La concisión es máxima, y las pequeñas historias contienen la mayor tensión posible usando un mínimo de recursos. Para ello Borges muchas veces acude a recursos cinematográficos, como evitar las largas descripciones a través de realzar uno o dos rasgos visibles (visualizables), o condensar la historia de sus personajes en un mínimo de escenas, recurso que el propio autor admite en el prólogo.

Un librito impresionante incluso hoy, un ejercicio de estilo brillante, una muestra de intertextualidad atrevida y llena de imaginación, y de un humor lejano, casi el eco de la risa de los dioses mirando el destino de hombres, mujeres, ciudades y civilizaciones.

No me puedo imaginar lo sorprendente que fue eso en 1935. Con razón casi nadie se interesó por estos cuentitos entonces.

SALÓN DE BELLEZA, MARIO BELLATÍN

Salón de belleza es un texto breve, algo así como un cuento largo, o un monólogo extendido en el que no hay nombres. No sabemos como se llama el protagonista, ni sus amigos, ni la ciudad en que vive. Y tampoco sabemos cuál es la peste que desangra a la ciudad, aunque podamos imaginarlo.

Sin embargo, el protagonista sí nos relata, con minuciosa paciencia, la historia de su afición por los peces, su amor por la belleza y cómo transformó a su exitoso salón en un moridero para aquellos enfermos que ya están en sus últimos momentos. Nos cuenta de sus inflexibles reglas en el moridero, o de cómo sus peces van sucumbiendo durante la peste debido a la falta de tiempo para cuidarlos, o su historia personal, pero elige no contarnos su motivación para transformar su salón de belleza, pleno de vida, en un lugar que acoge a los enfermos terminales, y que irá deteriorándose tal como ellos lo hacen.

Mario Bellatin crea un relato en el que todo ocurre al interior del moridero, pero en el que los personajes no son importantes: casi todos son moribundos, que lo único que hacen es sufrir y morir. En el largo monólogo, vamos conociendo de su juventud, como un muchacho homosexual que se escapa de casa, y su posterior desarrollo. Sabemos de sus aventuras y conquistas de una noche, de su afición por travestirse, y de sus peces. Sabremos de su soledad, que lo corroe por dentro.

La prosa del autor está compuesta de oraciones breves separadas por muchos puntos seguidos, que provocan la sensación de que los pensamientos fueran acumulándose, de manera levemente inconexa. Esto resulta muy adecuado en el largo monólogo interior que es este relato. Por otra parte, llama la atención que, pese a las detalladas descripciones que nos ofrece, el narrador no es amigo de adjetivar: nos presenta los hechos desnudos, tal como él los vio, sin adornarlos con calificativos innecesarios.

El personaje principal no solamente expresa pocas emociones, sino que él mismo nos dice que es un descariñado, que pronto se aburre de todo. Sus reglas son inquebrantables, y quien no las cumple sencillamente no es aceptado en el moridero aunque los parientes lloren y rueguen. Sin embrago, entonces, ¿por qué lo sacrifica todo, incluso sus lindos peces, para embarcarse en la empresa más triste y desesperada de todas? No lo sabemos, aunque podemos conjeturar sobre sus motivaciones: la soledad, el miedo, una oscura compasión.

Y la oscura compasión tiene relación también con el estigma y la discriminación que sufren los enfermos de la peste, que coincide con la que sufren los homosexuales. Si antes, cuando el salón era un Salón de belleza, habían acogido a alguna víctima de bandas homofóbicas, ahora el moridero acoge a las víctimas de la peste. E incluso en algún momento deberá enfrentar a una turba de vecinos con antorchas, dispuestos a quemar el establecimiento. Una Policía lerda y obstusa, que se ríe de los homosexuales, llegará a socorrerlos de manera tardía pero aún útil, evitando la destrucción del salón.

El relato mantiene el tono desemocionalizado y lúcido hasta el final: nos encontraremos con una rebeldía resignada, de puños apretados, totalmente ajena a las estridencias, y Salón de belleza se convertirá en la historia de muchas pequeñas luchas perdidas de antemano: contra la peste, contra la discriminación, contra la soledad, contra la muerte. Es la historia de un hombre que apretó los dientes, y decidió dar todas esas peleas perdidas, pero bajo sus propios términos.

LA PUTA RESPETUOSA, JEAN PAUL SARTRE

Jean Paul Sartre fue un pensador extraordinariamente valiente, que no le temió a los entresijos de la conducta humana, a las zonas oscuras de nuestra propia alma, a nuestros deseos y predisposiciones inconfesables. Y, al mismo tiempo, fue un estudioso de inteligencia luminosa, capaz de analizar al detalle un fenómeno, y no temerle a las direcciones a que lo pudieran llevar sus conclusiones. En los tiempos revueltos que le tocó vivir, pensadores como él fueron un faro para la cultura occidental.

Y todo eso se termina notando en su obra de creación literaria: así como La náusea o El diablo y el buen Dios son obras llenas de filosofía, reflexivas y que atienden a los problemas que Sartre siempre persiguió. Y en obras menores, como esta pequeña pieza teatral, sigue sucediendo lo mismo: no nos gusta demasiado la obra, que resulta demasiado didáctica y esquematizada, pero salimos de ella respetando la enorme inteligencia del autor.

La historia ocurre en alguna pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos, durante la primera mitad del siglo XX. Un hombre negro es acusado injustamente de violar a una muchacha blanca, siendo que en realidad ese hombre presenció el asesinato de su amigo por parte de un blanco -sobrino de un senador- con el que había discutido. Por supuesto, en el racista sur estadounidense, bastaba esa acusación para asumir la culpabilidad del negro, y en términos legales todo se reducía entonces a buscar a la mujer agraviada y conseguir que ella declare haber sido víctima de violación: entonces el juicio y la condena estarían prácticamente asegurados.

Sin embargo la mujer, una prostituta recién llegada a la ciudad, no ha sido violada por nadie y no siente deseos de mentir para inculpara a un inocente. Y ante esto, el poder recurrirá a su amplio arsenal de medios para convencerla: desde el hijo de un senador contratando sus servicios, siendo amable y bueno con ella, para posteriormente intentar convencerla, hasta la policía, brutal y directa, poniéndole en las manos una declaración para que ella la firme. Y, cuando todo eso falla, será el propio senador quien aparezca en el pequeño departamento de la prostituta, para impedir que la acosen los guardias, para tratarla como a una hija y hablarle con la mayor dulzura, pidiéndole que piense en lo buen muchacho que es su sobrino, tan blanquito y bien educado, con ese aspecto tan noble, así como en esa madre de cabellos plateados que llorará la pena de su hijo, el del futuro brillante, encarcelado.

Ante el acoso del poder, que ha desplegado su cara amenazadora ante ella, y ahora muestra su seducción, la prostituta cede y acepta firmar una declaración mentirosa. Una vez ocurrido eso, el trato cambia con ella. Se mantienen las apariencias de simpatía, se le entrega algo de dinero -una demostración evidente de que su voluntad ha sido comprada, y de que la burguesía sólo es capaz de medir el valor de las cosas en plata- y la ciudad se dedica a su deporte favorito: la caza del negro. El orden ha sido restablecido, el buen nombre de la gente pudiente ha sido salvado, y la culpa la asumen los de siempre.

Eso, en 1946. Impresiona, por supuesto, la lucidez con la que Sartre retrata los mecanismos a través de los cuales los dominantes son capaces de obtener la anuencia de los dominados; las sutiles relaciones entre clases y razas quedan expuestas, y cómo éstas se ponen al servicio del poder. La puta respetuosa es una obra de teatro inteligentemente planificada, y cuyas consecuencias son llevadas a cabo implacablemente por el autor, hasta las últimas consecuencias.

Sin embargo, esta preocupación de Sartre por las ideas repercute, y para mal, en la obra. Los personajes resultan totalmente transparentes, como si solamente fuesen la representación de una idea. El senador manipulador, la prostituta impresionable y débil, el hijito de papá cobarde y abusivo, a veces parecen marionetas puestas ahí para darnos una lección. Se trata de una obra de vocación didáctica, que quiere enseñarnos algo sobre la forma en que el poder se adueña de nuestros deseos, pero que artísticamente ni siquiera se acerca a una joya del relato breve como la Bola de sebo de Guy de Maupassant, que enfrenta una situación similar, y la resuelve a través de los mejores recursos artísticos.

RESPUESTA A SOR FILOTEA DE LA CRUZ. SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Sor Juana Inés de la Cruz es una figura fascinante de la Colonia en Latinoamérica: una monja que en el siglo XVII escribía poemas de amor, favorita de todos los cortesanos, que tocaba instrumentos, que era publicada en toda América y España, que se atrevía a hablar de teología y a contradecir a los sacerdotes sobre la doctrina, nada menos. Y, sobretodo, una poetisa brillante, con facilidad natural para la versificación, y admiradora de Luis de Góngora, como lo demuestra en “El sueño”.


Hoy nos enfrentamos a un documento histórico; vamos a hablar de la Respuesta, y a quién cuernos le responde la monja. Para entender la historia, diremos que en 1690 Juana Inés publica la Carta Atenagórica (ese nombre indica que se trataría de una carta de sabiduría), en la cual discute las ideas teológicas del jesuita Antonio Vieira, un afamado sacerdote portugués, refutando al predicador.

Sin embargo, no fue Vieira quien le contestó a Sor Juana, sino el propio obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz. Un obispo, en el siglo XVII, era un hombre poderosísimo, y que reprendiera públicamente a una monja, una situación grave. En este caso, la reprensión llegará bajo la forma de una carta, en la que usando el seudónimo de “Sor Filotea de la Cruz”, el obispo le decía a Sor Juana que debiera dedicarse más a las lecturas piadosas que a escribir de asuntos profanos, así como también señala que las mujeres, una vez que han sido educadas, pueden volverse desobedientes. Desobedientes como, no sé, atreverse a contradecir a un clérigo en materia de teología, el horror.

Sin embargo, sorprende la vigorosa respuesta de Sor Juana Inés: mostrándose agradecida de su hermana Filotea, valora sus consejos, pero defiende su derecho a estudiar. Pone como ejemplo a Hipatia, la filósofa griega asesinada al inicio de la Cristiandad, y cuenta su propia historia: cómo ella ha ansiado el saber, desde muy niña, al punto que pidió que le enseñaran a leer siendo pequeña, o que se castigaba a sí misma si no aprendía las lecciones cortándose el cabello, porque “no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias”.

Sor Juana plantea que, si bien ha escrito de temas profanos, lo ha hecho siempre a petición de otros, que por gusto propio no había escrito más que “un papelillo al que llaman El Sueño”. Defiende apasionadamente el amor por el saber, sea en los libros o en la cocina o en cualquier lugar.


Y en lo que refiere a la sugerencia de Sor Filotea de que escribiera mejor de asuntos religiosos, no solamente señala sentirse incapaz de abordar asuntos tan trascendentales, sino que apunta que, así como las mujeres son tenidas en la ignorancia, hay hombres que con sólo serlo ya creen estar capacitados para discursear, en circunstancias de que cualquiera, hombre o mujer, debería estudiar y prepararse mucho antes de atreverse a hablar de asuntos divinos.

La Respuesta a Sor Filotea es un texto valiente, una respuesta formidable al tradicional machismo de la Iglesia Católica, y una apasionada defensa del derecho al saber, para hombres y mujeres. Si bien lamentablemente Sor Juana pronto terminaría su carrera literaria, renunciaría a todo saber y escritura, y consagraría sus últimos días a la oración, sometiéndose a la opinión de sus maestros y confesores, nos deja este documento para que nunca olvidemos su voz.

Recomendada absolutamente para quienes les interese la historia de Hispanoamérica, la historia de las mujeres o los derechos femeninos.

LA OVEJA NEGRA Y DEMÁS FÁBULAS, AUGUSTO MONTERROSO

Subversión. Esa es la palabra clave para hablar de este pequeño volumen de microcuentos. Ninguno llega más allá de una página, algunos no pasan de un par de oraciones. Y en este terreno reducido Monterroso juega el juego de la subversión. Toma las fábulas clásicas, esas con animales parlantes y una enseñanza, y las convierte en pequeñas herramientas afiladas para lanzarlas contra nuestra forma de entender al mundo y a la gente.

En estas fábulas los animales tienen características humanas (aunque también hay personajes literarios e históricos, objetos inanimados, fuerzas morales o de la naturaleza: Monterroso no le hace asco a nada), y se relacionan entre ellos como nosotros, con nuestros vicios y virtudes. Pero, en lugar de una intención moralista y didáctica, se divierte tirándole la cola a las fábulas tradicionales, trastocando lo que esperamos de ellas y entregándonos un mensaje ambiguo, que cuestiona la moral dominante.

De este modo, Monterroso se anima a hablar de política, de moral, de filosofía o de cualquier tema serio, a través de sus animalitos: una jirafa que descubre que todo es relativo después de salvar la vida, el célebre mono que quiere escribir sobre los vicios ajenos, pero al mismo tiempo quiere que lo sigan agasajando, de modo que opta por escribir obras místicas, para no quedar mal con nadie. O la estirpe de ovejas negras convenientemente fusiladas para luego, años después, poder levantarles estatuas.

Y todo esto lo hace usando un humor amable y divertido, capaz de hacer sonreír a cualquiera. Un libro que puede ser disfrutado con amable ingenuidad, gozando con los traspiés que dan las fábulas a cada paso. Pero al mismo tiempo un libro quemante, corrosivo, que dispara contra nosotros mismos, contra nuestros vicios, vanidad y nuestra preocupación constante por abrazar certezas. Sobre este punto, alguna vez Monterroso ironizó diciendo que sus cuentos tenían dentro de sí un mensaje revolucionario, pero éste era tan sutil, que la mayor parte de sus lectores se terminaban volviendo conservadores…

Por otra parte, el humor de estas fábulas no está allí para salvar al microcuento, como suele suceder en este género, que más que cuentos pequeños son chistes encubiertos, con un remate más o menos gracioso. Acá no, el humor nace naturalmente de la historia, del movimiento de sentido que vive en cada fábula. Se trata de un humor que crece orgánicamente, que nace con el cuento y se desarrolla junto a él; una lección de profesionalismo y de magia: cómo contar una historia en pocas frases, sin que deje de serlo ni se convierta en un chistecillo, una sorpresa gratuita o una reflexión más o menos facilona.

Un librito absolutamente recomendable, que funciona como divertimento intelectual, como lectura amigable, pero que también es uno de esos libros que una vez abiertos no se pueden olvidar. Es gran literatura disfrazada de juego, parte de una tradición literaria que cuestiona y subvierte los géneros literarios, y nos pone en guardia contra nosotros mismos.

Y, con el permiso de ustedes, no resisto la tentación de copiar aquí mi microcuento preferido del libro. Allá voy:

CABALLO IMAGINANDO A DIOS

A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el Caballo.

Todo el mundo sabe —continuaba su razonamiento— que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete.

EL PERFUME, PATRICK SÜSKIND

El perfume es un libro precioso, preciosista si se quiere. Una novela magníficamente planificada y con una realización a la altura de su diseño; un éxito de críticas y ventas a nivel mundial. Pero a mí no me gusta, ni la recomiendo, a pesar de sus evidentes virtudes.

La novela relata la historia de Jean-Baptiste Grenouille, un muchachito nacido en el populoso y empobrecido París del siglo XVIII. Huérfano, resulta ser rechazado por todos quienes lo rodean, presas de un miedo atávico, debido a una característica particular: Grenouille no tiene olor. No huele a nada.

Sin embargo, como contrapartida, Grenouille posee un olfato superlativo: es capaz de oler casi cualquier cosa, de identificar, recordar e imaginar el olor que él desee. Un genio, pero en un ámbito efímero y despreciado por los hombres, acostumbrados a contactarse con el mundo usando los ojos en lugar de la nariz.

Grenouille consigue trabajar con un perfumista y soporta ser explotado por éste, a cambio de aprender los secretos del oficio. Y es que nuestro protagonista no ambicionaba riquezas ni honores (eso se lo llevaba su jefe), sino aprender: ser capaz de acceder a todos los olores, destilarlos, vivir en el mundo abstracto y aéreo de los aromas. Y sobretodo, uno: el aroma de ciertas muchachitas.

Esto último lo convertirá en un asesino de mujeres. Son todas bellas, pero él no lo ve. Son jóvenes, pero a él no le interesa. Sólo le interesan los olores, y aspira a crear, con sus esencias, un perfume final, la obra de su vida, un perfume que sea capaz de enloquecer a la gente, de sacar la parte más primitiva de las personas, esa que -como el olfato- nos emparenta con el menos evolucionado de los animales.

Toda esta historia está, además, narrada preciosamente: el autor es un maestro del lenguaje, y sus páginas están llenas de momentos de enorme belleza. Süskind es un arquitecto finísimo, y construye su novela con precisión de relojero: nada se le escapa, ni en el plano mayor de la historia ni en los pequeños planos de cada página, párrafo y frase, donde no falla ningún adjetivo. La novela consigue -nada menos- hablar sobre aquello que está más allá de las palabras, y hacerlo de forma que todos lo podamos entender, disfrutar y hasta sentir, como si estuviéramos al lado de Grenouille, viviendo el mundo a través de sus prodigiosas narices.

Sin embargo, una vez terminada la lectura, quedamos admirados del talento del autor, pero fríos. El perfume impresiona, pero no emociona: pese a tratar de un mundo tan prerracional como el olfato, pese a hablarnos del mundo de los sentidos, centrándose en la corporalidad, y con un protagonista de pocas ideas y de muchas percepciones, se trata de una novela esencialmente racional, demasiado pensada, demasiado intelectualizada. Una hermosa novela con poca alma, bella y fría como abrazar a la Luna.

Hay lectores para cada libro, y a algunos El perfume les maravillará: quienes admiren la belleza pura, los estilistas, los estetas disfrutarán este libro. Por mi parte, y con el máximo respeto que esta estupenda obra merece, necesito sangre, alma, pasión. Aunque a veces haya imperfecciones: las imperfecciones son seña de humanidad.

EL VISITANTE, JON VENDON

El visitante es la primera novela de Jon Vendon, un autor independiente que se animó a publicar en Amazon, como hacen los valientes, y ahora lucha por visibilizar su obra, que los lectores la disfruten y ojalá que la compren también. Jon ha realizado un esfuerzo notable en este sentido, convirtiéndose en autor, promotor, relacionador público, vendedor y manager, todo en una pieza.

Y El visitante se presenta como una novela de aventuras, situada en un territorio de muchas complejidades, como lo es la frontera palestino-israelí. Iniciamos nuestro viaje con un terrorista que realizará un atentado suicida contra una atestada sinagoga… pero alguien lo detiene. Se trata de un hombre desarmado, pacífico, que le habla al terrorista, le da paz y consigue que sea detenido pacíficamente.

Mientras la novela avanza, se acumulan los misterios sobre este hombre pacífico, el cual no porta identificación, ni dice su nombre (prefiere que le llamen “El visitante”), ni puede ser reconocido por ninguna de las pruebas científicas que se le aplican. Pero reza y escribe en una lengua muerta, genera apoyo multitudinario en todos los países, y hace tambalear la posición política internacional de Israel, donde permanece detenido. Incluso, llegado el momento llamará la atención incluso de uno de los hombres más poderosos de la Tierra.

La novela resulta entretenida, sin duda, pero la verdad verdad es que, una vez terminada, la pregunta que me queda dando vueltas es ¿de qué trata la obra? Se presenta como una novela de aventuras trepidante… pero más que aventuras, parece tratar de la realización de antiguas profecías bíblicas, y cómo éstas le cambian la vida a las personas con las que se cruzan. El visitante, más que acción y persecuciones dramáticas, termina proponiendo una fábula moral que se desarrolla en medio de agencias secretas de varios países. Nos habla de perdón, de tolerancia y de volver a empezar, nos habla de construir un mundo mejor.

Y eso no tiene nada de malo, por supuesto: novelas magníficas como el Cristo de nuevo crucificado, de Nikos Kazantzakis, tratan un asunto similar. Sin embargo, me temo que en este caso existe una discordancia entre la historia que el autor desea contar y los medios que utiliza para ello. El visitante posee una estructura sencilla, personajes atractivos sin ser planos y abundancia de diálogos. Las descripciones son funcionales y poco ambiciosas, y no se ahonda en la vida interior de los personajes, todo lo cual está perfecto… para una novela de aventuras. Sin embargo, cuando intenta hablarnos de la presencia divina en el mundo estas herramientas se revelan insuficientes: no hay reflexión moral, ni profundizamos en lo que ocurre a personas como Daniel y Sofia, el coronel Levy o Ismaíl, el bombardero. Los seis seguidores del visitante apenas si son mencionados, y si acaso el papa Pedro recibe mayor atención.

De este modo, El visitante es una novela que navega entre dos aguas, sin terminar de definir su intención: para novela de aventuras que te deje pegado a sus páginas se queda corta, le falta acción y le sobra reflexión espiritual. Y para novela espiritual y profunda le falta literatura “seria”, hondura psicológica, análisis y belleza narrativa.

Por otra parte, el autor se enfrenta a un serio problema: por exigencias de la trama se ve obligado a presentarnos a un personaje de características superiores, y más inteligente que nosotros… y nadie puede imaginar, ya no digamos describir en una novela, a alguien más inteligente que uno. Esta es la razón por la que Dios rara vez es un personaje literario, porque es una empresa de mucha complejidad, y en El visitante nos aparece una figura divina infinitamente bondadosa y compasiva, sin rasgos que la humanicen y nos permitan reconocerlo como uno de los nuestros: los propios Evangelios nos muestran a un Jesús indignado, expulsando a latigazos a los mercaderes del templo, o asustado pidiendo al Padre que, si es posible, aparte de él el cáliz de la amargura.

Sobre el desarrollo, dos palabras: si bien es una novela que se deja leer con comodidad, y se nota el oficio de narrador, me temo que algunos giros están demasiado anunciados. No solamente la obvia identidad del visitante, que se ve venir en el primer capítulo, y me parece que es planteado así intencionalmente, sino algunos sucesos que ocurrirán hacia el final de la novela, y que están excesivamente anunciados en el desarrollo de ésta.

Por contrapartida, el papa Pedro me pareció muy simpático y logrado: el humorismo a veces infantil del personaje le viene muy bien, así como su sencillez campechana y su falta de gravedad. Y si bien se nota muchísimo que es un personaje que está en deuda con Jorge Bergoglio, la verdad no se siente un pastiche ni resulta desagradable el parecido.

De todos modos, El visitante es un esfuerzo muy serio, una novela que intenta hablarnos de un asunto universal de manera muy respetuosa, centrándose en una historia humana, que evita las polémicas artificiales al presentarnos un mensaje que está más allá de las ideologías. Una lectura entretenida y por la cual el autor merece todo nuestro respeto, más allá de que podamos hacer observaciones sobre su novela.

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