EL DIABLO Y EL BUEN DIOS, JEAN PAUL SARTRE

El diablo y el buen Dios es una obra de teatro escrita por Jean Paul Sartre. Se trata de una pieza en la que el autor plantea -como en todos sus textos- las discusiones filosóficas que le interesan. En este caso, hablará de la posibilidad del Bien, o del Mal, de la libertad, del destino y del problema de Dios.

Y para eso nos situaremos en la Alemania de la reforma protestante, en un momento en que hubo grandes revueltas de los campesinos contra los señores de su tiempo, dueños de la tierra y de todos los bienes importantes. Aquí aparece Goetz, un caudillo militar empeñado en hacer el mal siempre, por placer. Ha traicionado a su hermano, y dirige un pequeño ejército mercenario con el cual siembra el terror en todas partes: ahora ha sitiado a una ciudad, y pretende hacerla rendir por hambre, para luego matar a todos sus habitantes.

También se muestra cruel con los suyos: a la mujer que vive con él la envilece, la prostituye y luego la entrega a los soldados, despreciando sus sentimientos. Goetz disfruta hacer el mal, y se propone ser el peor de todos los hombres.

Pero será desafiado: primero por el líder de los campesinos, quien le dice a Goetz que él no hace nada más que ser un títere de los poderosos, y que su forma de hacer el mal es dañar a los débiles. Por lo tanto, Goetz cree ser malvado, pero no es sino un instrumento de los señores. Y, por otra parte, será desafiado por un monje llamado Heinrich, quien le dirá que la opción por el Mal es poco original, que el mal viene de todos lados: basta ver cómo nos tratamos unos a otros. No tiene nada especial ser malvado, y cualquiera podría serlo con solo tener descaro.

Goetz, a esto, repone que si el Mal es inevitable, entonces él lo evitará: hará el Bien, será el mejor de todos, si no puede ser el peor. Y lo dice en serio: levanta el sitio de la ciudad, perdona la vida a todos, y con el dinero que ha juntado en sus correrías compra tierras, y establece una villa de paz y bondad. Allí, en sus tierras, los campesinos son tratados con justicia, y sólo se enseña el amor. Goetz lo deja todo para sacrificarse por los suyos: incluso, cuando consigue encontrara a su antigua mujer,e moribunda ya, hace todo lo posible por salvarla, o al menos darle una muerte dulce. No obstante, los pobres sienten miedo y desprecio por él, y prefieren a los suyos, a otros campesinos, incluso si son pícaros o ladrones. Pero a este Goetz santurrón no lo comprenden.

Y hay otro problema: la justicia con la que trata Goetz a los campesinos ha hecho que los pobres de otros lugares se levanten y exijan justicia también. Por supuesto que los señores se niegan a escuchar nada de eso, y empiezan a preparar a su ejército, para acabar con esta revuelta. Advertidos, algunos campesinos piden a Goetz que capitanee sus tropas, habida cuenta de su antigua fama de matarife. Pero Goetz está por el bien absoluto, sin cálculos, y se niega, dado que él ahora es un hombre de paz.

Los campesinos van a la batalla igualmente, sin Goetz, y son masacrados. Todos lo culpan del desastre, y éste se convence de la inutilidad de hacer el Bien, como antes se convenció de la inutilidad del Mal. Goetz termina liderando a las huestes campesinas, imponiendo una disciplina espantosa y bárbara, ahorcando a los que desobedecen en lo más mínimo sus órdenes. Esa es la única manera de amar a los hombres de la que dispone.

En esta obra severa y desesperada, Sartre nos habla del destino de los hombres, y la libertad que cada uno de nosotros tiene frente a sí. de cómo intentar hacer el Bien o el Mal, por sí solos, no valen nada si no tenemos en cuenta a las personas, y del valor de un Dios al que no parece importarle la justicia, el bien o el amor: hace que todos sufran por parejo. Nos hablará de justicia y revolución, de hacer cosas injustas por causas nobles.

Un texto con diálogos algo grandilocuentes, que trata de los problemas de las personas llevadas a un punto donde no cabe contemporizar, y se deben tomar decisiones terribles. Una especie de tragedia clásica, que al igual que sus antecesoras griegas habla del destino: pero si los antiguos creían que el destino era inevitable, Sartre nos dirá exactamente lo contrario: el destino te destruirá, si no lo tomas en tus manos y luchas por lo que tu propia conciencia te dice.

DAVID GOLDER, IRENE NEMIROVSKY

Son pocas las historias tan notables como la de Irene Nemirovsky en el mundo de la literatura. Hija de un banquero ucraniano de origen judío, llevando la vida burguesa y llena de lujos de los hijos de los millonarios, debió muy joven mudarse desde Ucrania a Rusia, y de allí a Finlandia, vestida de campesina en un tren para escapar de los progromos contra los judíos que ya empezaban a ocurrir en su país.

Instalada la familia en Francia, y volviendo a vivir con lujo, Irene contó con una institutriz que la instruyó en el idioma francés y fomentó en ella el amor por el saber. Su naturaleza sensible haría el resto: empezó a publicar cuentos muy joven, bajo seudónimo para no ser reconocida por sus padres, y el año 1929 ofrece a una editorial una novela suya, David Golder. Pero, al enviarla bajo seudónimo, el editor no tuvo más opciones que poner un aviso en la prensa, pidiendo que el autor del libro se presentara en sus oficinas. Y “el autor” resultó ser una muchachita de 26 años, con una novela de sorprendente profundidad psicológica bajo el brazo. Una muchachita con una novela propia de un veterano, de un hombre con muchos años en la espalda, que hubiera aprendido muchísimo sobre la naturaleza humana y lo volcase en su obra. Pero no, era una señorita que ni siquiera se atrevía a poner su nombre en su novela.

Ahí estaba lista, debió ser rica y famosa. Se merecía convertirse en una autora reconocida en todas partes, con una novela llevada al cine y al teatro, y más aún si consideramos que siguió escribiendo con posterioridad. Sin embargo, la locura del siglo XX la perseguiría, y en la Segunda Guerra Mundial, con una Francia ocupada por los nazis, empezaron a regir leyes cada vez más marcadamente antisemitas. No se le permitió nacionalizarse francesa, ni se le permitió publicar, y ella y su marido perdieron sus ahorros y trabajo. Finalmente, es capturada y llevada al campo de Auschwitz, donde morirá en una cámara de gas, a pesar de los intentos desesperados de su esposo, quien incluso fue a las autoridades a intentar convencerlos de que Irene era una antisemita. Por supuesto, no le creyeron.

Y nuevamente estaba todo listo, una autora más que cae en el injusto olvido. Sus obras perdidas, sin publicar, un recuerdo para bibliómanos. Pero aún habría otro giro: las dos hijas pequeñas de Irene, perseguidas ferozmente por los gendarmes franceses, consiguieron huir, pasando de casa en casa, y cargando una maletita con los papeles de su madre. Las chicas sobrevivieron por los pelos, pero siendo incluso adultas no querían leer esos papeles, temiendo que fuese un diario íntimo, y temiendo encontrar una historia dolorosa. Se animaron a fines del siglo XX, y descubrieron una novela inacabada, que fue publicada en 2004, y permitió redescubrir a Irene Nemirovsky como una escritora potente, de prosa limpia y clara, y de un poder de observación profundo. Recibió el premio Renaudot póstumamente (primera vez que se entregaba de manera póstuma), y se ha vuelto una autora relevante del siglo XX en francés.

Y la novela que nos ocupa, David Golder, sorprende particularmente porque parece una obra de madurez y no una obra de juventud. Es la historia de un viejo y acaudalado comerciante, un judío ucraniano que vive para trabajar porque ama sumar millones en su cuenta bancaria. Está casado con una mujer frívola, que sólo desea darse a sí misma una vida de lujos, y una hija igualmente materialista, que quiere comerse el mundo con el dinero de papá. Y muchos aprovechados, visitantes perpetuos de la mansión, vividores, gigolós, todos viviendo a costa del viejo que nada ve, porque en realidad poco le importa.

Hasta que le importa, claro. Hasta que la muerte de uno de sus colegas –en parte provocada por las decisiones del propio David, que lo arruinó implacablemente-, sumado a su propia fragilidad física y a una fea caída financiera que se le suma a su enfermedad, le hacen preguntarse para qué quiere tanto dinero, si ha llegado a un punto en el que no es más que un viejo temido por todos y al que nadie amará, ni llorará con lágrimas verdaderas al llegar a viejo.

Veremos a su mujer y a su hija, quienes se detestan, intentando conseguir que David trabaje un poco más, produzca todavía más dinero antes de morirse, y veremos a un David incapaz de negarse, por una mezcla de amor y orgullo. David adora a su hija, incluso sabiendo que ella se mueve por interés, e intenta asegurar su futuro, aunque más que todo porque nadie diga que David Golder no dejó a su hija asegurada. Tres personajes que han dedicado su vida al dinero, y que enfrentan al mundo real, en el que el dinero puede ayudarte pero no resolverá tus dificultades. Dificultades como estar al borde de la muerte, por ejemplo.

Escrita con una prosa sencilla y elegante, clara sin ser simple y puesta al servicio de la excepcional capacidad de observadora de la autora, con momentos de gran calidad técnica, como el ataque de David en el tren, que casi puede sentirse al leerlo, es una novela que nos recuerda más al realismo de Tolstoi o a Balzac que a las vanguardias que se incubaban y cuya obra empezaba a aparecer en esa misma época.

AFTER, ANNA TODD

Hoy nos metemos con un bestseller, y con uno de los que peor fama tienen, de hecho: After está sindicada como una pésima novela, y la verdad es que con justa razón. El ejercicio estará entonces en escarbar un poco las razones literarias e ideológicas que vuelven a After un desastre.

Partamos presentando la novela: se trata de un éxito de Wattpad que llegó a las librerías debido a su enorme masa de lectores, y trata de Theresa (o Tessa, como ella prefiere), una universitaria de primer año, bien portada, seria y estudiosa, con un novio parecido a ella y con el cual no ha pasado más allá de los besitos en dos años, cuya madre es sobreexigente y sobreprotectora, y que al llegar a la universidad cae en medio de un grupo de estudiantes mal vestidos, fiesteros, poco amigos de asistir a clases ni de cumplir responsabilidades. Chicos que no le presentarías a tu mamá: y Tessa, por supuesto, quedará prendada del peor de ellos.

Hardin, que así se llama el chico malo de esta novela, es el tipo de muchacho que se mete con una y con otra, que no respeta a las mujeres ni a nadie, y que responde a todo con mala actitud. Por supuesto que además es guapísimo, le gusta a todas y se deja querer. Y, evidentemente, la novela será la historia del amor entre los dos.

Hasta aquí, no sería más que otra novelita cliché sobre la chica buena que se enamora del chico malo (que se porta así porque tiene un pasado tormentoso, claro). Pero es que además, esta historia repetitiva y simplona se cuenta muy mal: la prosa de Anna Todd no pasa de ser clara y funcional, pero nunca hay un momento bellamente descrito. Sus descripciones son más bien aburridas: vaya una muestra tomada al azar:

Los vestidos que selecciona son tan poco apropiados que no paro de mirar a mi alrededor buscando una cámara oculta y de esperar que de repente alguien aparezca de ninguna parte y me diga que todo ha sido una broma. Hago una mueca de horror al verlos todos y ella se ríe. Al parecer, le hace gracia que no me gusten.

El vestido (o, mejor dicho, el harapo) que elige al final es una rejilla negra que deja ver el sujetador. Lo único que evita que enseñe todo el cuerpo son unas bragas asimismo negras. La falda apenas llega a cubrirle la parte superior de los muslos, y ella no para de subirse más la tela para mostrar más pierna, y luego tira de la parte superior hacia abajo para mostrar más escote. Los tacones de sus zapatos miden al menos diez centímetros de altura

No es que la descripción esté mal: es que es aburrida (es sorprendente, pero incluso las escenas eróticas son aburridas). No nos pone en la escena, y su única intención es remarcar la única idea que hay detrás de todo esto: que Tessa es inocente y conservadora, y sus nuevos amigos todo lo contrario. De hecho, ésa es una de las principales dificultades de la novela: Anna Todd insiste en remarcar lo obvio, insiste en contarnos que Tessa se va enamorando del malote, porque sencillamente no es capaz de crear un texto que lo muestre. Y como no es capaz de mostrar, tiene que insistirnos, machaconamente, en que Tessa no quiere enamorarse, pero no puede evitarlo. Es una novela que nos trata como estúpidos, que nos da la reflexión hechita y masticada, por miedo a que no entendamos el rollo. Y el rollo es evidente, cursi y cliché, como un elefante rosado.

Los personajes, pues lo mismo: sacando a la pareja protagonista, los demás sólo sirven como tópicos. La madre controladora, el noviecito aburrido, las chicas algo zorras de pelo pintado, los chicos duros y guapos (no hay ninguno feo, eh? Si en las novelas para chicas no hay feos, igual que en Baywatch no había chicas poco atractivas). No son personajes, son ambientación.

Y, respecto al conflicto principal… es que es una vergüenza. Hardim es un abusivo, un tipo que desprecia el amor que Tessa le da, que un día la trata bien y tres días pésimo. Y ella es incapaz de separarse de él, de decir “basta”. Pierde a su novio oficial, y echa a perder la relación con su madre, sacrifica muchísimas cosas por seguir a su macho, que la vuelve loca con su belleza descuidada y su manera de tocarla. Nunca muestra respeto por sí misma, y es incapaz de detener las cosas que evidentemente la están dañando. Más bien al contrario, cada vez que está enojada, Hardim consigue hacerse perdonar diciendo algo lindo, preparando una cena o alguna otra estupidez parecida.

Y todo por la fantasía de muchas mujeres de que pueden cambiar a un chico malo, de que el amor todo lo puede, y si ellas ponen suficiente amor, el tipo que las maltrata empezará a ser bueno. Pero eso no es verdad en el mundo real. Todos los hombres que asesinan a sus esposas partieron así, poniéndose violentos un día y pidiendo disculpas al siguiente, cantando serenatas o amenazando con ahorcarse si los dejan. Hardim, de hecho, constantemente chantajea a Tessa con que si ella lo deja, a él le va a hacer mucho daño eso.

Y otra cosa que me parece preocupante de la relación entre estos chicos, es la culpa que Tessa siente cada vez que Hardin se pone violento: tiende a culparse ella, a decir “no debí haber dicho eso”, “no debí haber actuado así”, ” no debí haber venido”, “no debí haber respirado tan fuerte”, como si fuera culpa de ella que su amorcito sea un energúmeno incapaz de controlarse a sí mismo.

El final resulta vergonzozo, con una vuelta de tuerca absurda y tonta, e increíble. Es imposible que una mentira se hubiera mantenido durante tanto tiempo, y por tantas personas. Al final, una novela predecible, donde uno puede saber con bastante exactitud lo que va a pasar, cuándo Tessa va a sufrir una decepción y llorar, cuando Hardin hará algo lindo para que lo perdonen, cuando van a tener sexo, y así sucesivamente. Yo entiendo que las novelas de género poseen ciertos acuerdos tácitos, pero eso debería representar un desafío, una obligación de escribir bien. Y la autora, en cambio, utiliza esos compromisos del género para crear una novela cliché, que piensa por nosotros y nos dice constantemente lo que está pasando, por miedo a que seamos demasiado estúpidos para entender lo que leemos. Y además una novela para chicas que sueñan con conocer un amor más fuerte que ellas mismas, uno que les haga daño y las haga sentirse miserables: chicas que sueñan con conocer un hombre que las haga sentir como basura.

Una novela para personas que no se quieren ellas mismas.

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS, OSVALDO SORIANO

En general, todas las novelas son la historia de un viaje. Puede ser un viaje personal, simbólico, una transformación vital. Puede ser el viaje de un país, de una idea. Pero todas las historias son la historia de un viaje y de una transformación.

En el caso de Una sombra ya pronto serás, ese viaje es literal: por las carreteras que unen a pueblos perdidos de la Argentina, un viajero cuyo nombre no conocemos va, ya sea caminando, haciendo autostop o como pueda. Y junto a él, van pasando una serie de personajes absurdos, imposibles, cada uno de ellos incapaz de escapar de esas rutas. Conoceremos a una vidente que cobra en salchichón y empanadas y cuyo plan es llegar a Brasil, a un banquero que sueña con hacer saltar un casino calculando las posibilidades, a un antiguo acróbata devenido en comerciante de pornografía o en lo que se tercie si llega el caso, o a unos jóvenes que quieren ir a Estados Unidos, pero no saben llegar a la Panamericana. Todos ellos unidos por algo: no pueden escapar de esa carretera, que une tres pueblos olvidados de nombres ilustres para la historia argentina.

Si nuestro protagonista era un profesional que entiende de computadoras, y que incluso había alcanzado cierto éxito en Europa, ahora ha devenido en un vagabundo que come cuando le dan algo y se lava cuando encuentra agua. Utiliza sus conocimientos para calcular las posibilidades de estafar a un casino, y olvida a su familia y a su hija, a quienes dejó en el país en el que estaba viviendo. De este modo, se verá envuelto en actos poco éticos o ilegales, que van desde mentirle a unos chicos diciendo que él fue arquero de fútbol profesional hasta el ocultamiento de un asesinato, asesinato por el cual la policía tampoco iba a molestarse de todos modos. En una especie de espiral en la que cada vez importa menos todo, una especie de depresión colectiva en la que la realidad deja de importar, y las mascaradas ocurren una tras otra, sin que importe qué hacer mientras se esté haciendo algo, y sin que se detenga nunca la caravana del sinsentido.

Este viaje sin lógica, sin final y sin premio para nadie en el punto de llegada (porque no hay punto de llegada, además), ilustra la tesis del autor: que la Argentina es ese protagonista sin nombre, ese viajero que se ha sumido a sí mismo, sin ninguna necesidad, en un viaje autodestructivo, dañino, del que no es capaz de salir. Un viaje del que no se ve el fin, en el que se malvive, en el que se cree en cualquier esperanza y en el que todos los sueños empiezan y terminan igual, fracasando. La Argentina de Menem, y posterior a él, como un país que se mueve, pero no avanza a ningún lado.

De alguna manera, puede entroncarse esta novela con el realismo mágico a la García Márquez: un tiempo que no da la impresión de avanzar -y en el que el viaje termina del mismo modo en que comienza, de hecho-, un lugar en el que lo imposible ocurre con total naturalidad, una fachada de normalidad, incluso de progreso, oculta el deterioro irremisible del mundo y de las personas, que sólo siguen funcionando por inercia, aunque proclamen que están progresando, que pronto darán el gran golpe y saldrán de ese basurero de la historia que forman los pueblos de Triunvirato, Primera Junta y Colonia Vela.

Igual que en un bar de borrachos, sólo que acá la comedia es una tragedia disfrazada: la tragedia de un país que cualquier día sale del hoyo, que tiene tantísimos planes y que ya verán, ya verán cuando se sacuda el polvo y encuentre la puta Panamericana para el desarrollo.

Ya verán, desgraciados.

EL LOCO Y LA TRISTE, JUAN RADRIGÁN

Publicado originalmente en Revista 17 Musas

El loco y la triste es una obra de teatro muy sencilla en su puesta en escena, con dos personajes y una casucha, o el esqueleto de una casucha. Y los dos personajes son Huinca, un borracho al cual la cirrosis tiene al borde de la muerte, y Eva, una prostituta vieja que cojea seriamente de una pierna. Son un par de marginados, a quienes el mundo desprecia y no tienen nada que hacer en la sociedad.

Con este par de personajes tristísimos, Juan Radrigán hubiera podido escribir un panfleto, una obra que criticara nuestra crueldad y nuestro abandono hacia las personas que no tienen oportunidades. O podría haber escrito un dramón sensiblero, que nos hiciera llorar quizá, explotando nuestras emociones. Pero, en vez de todo eso, acude a un lenguaje poético, aunque muy local y poblado de chilenismos, para hablarnos de esperanza.

De una esperanza imposible, de Eva intentando convertir la piezucha en una casa de verdad. de Huinca, que es un eterno soñador y bebe porque sueña mucho, diciendo que en esta vida uno debe morir cantando, y hablando de una casa nueva y mejor, hermosa, donde vivirán él, Eva y su familia. Los dos desheredados se permiten soñar con pequeñas cosas, con ser felices, con estar juntos, con hacer de esa perrera un verdadero hogar.

Ellos mismos se casarán, intentarán quererse con humildad. Pero, claro, es todo un sueño imposible, y están condenados desde el principio: ¿dónde se ha visto que las putas y los borrachos puedan ser felices, si además son pobres?

Juan Radrigán nos regala una obra en la que, al igual que en otras, indaga sobre la marginalidad, sobre la tristeza y sobre ser un olvidado en el mundo. Se trata de un dramaturgo que dedicó especial atención a los marginados, volviéndolos protagonistas de sus obras, y muchas veces renunció a planificar escenarios complejos, a fin de poder representar sus obras en poblaciones, para un público similar al que él mismo mostraba. Es una obra comprometida socialmente, pero que al mismo tiempo decide alzar el vuelo a través del lenguaje.

Y el lenguaje de El loco y la triste es un resorte fundamental de la obra. Plagado de chilenismos y modismos locales, que pueden incluso volver difícil su acceso para un lector o espectador extranjero, constantemente mantiene una calidad poética y un humor bronco y agresivo, fiel al habla de los más humildes. Si la palabra es lo único que tienen Huinca y Eva, pues no serán tacaños en usarla; al contrario, la usarán para zaherirse de las maneras más crueles, sin que ninguno de los dos se lo tome a mal. Humillados eternos como son, las ofensas no pueden dañarlos verdaderamente, sino que más bien son una forma de establecer un lazo entre ellos.

Huinca se ríe de todo, acepta alegre cualquier palabra que le tiren (excepto órdenes), y luego devuelve con picardía de hombre de calle cualquier insulto. Eva, en cambio, se muestra más agresiva, más desconfiada, pero nunca se va de la pieza, sino que entiende que esa pequeña habitación es ahora el único mundo posible para ella. Y, en la medida en que ambos se hacen más amigos, irán surgiendo monólogos, de un habla popular, sencilla, y al mismo tiempo lírica. De una lírica totalmente conectada con el habla del pueblo, que no necesita más que las herramientas léxicas que la vida y la calle da, y las imágenes que la vida ofrece a la gente sencilla cuando necesita cantar.

Para cantar acerca del futuro, del paraíso, del lugar en que los pobres encontrarán un lugar para ser felices. Un lugar sencillo, como sus necesidades, en el que la justicia reine y los hombres puedan actuar como si fueran todos hermanos, y no exista la explotación. Este tono poético se mantendrá hasta el final, hasta que la realidad los golpee como un bulldozer, y los sueños caigan, carentes de fuerza, dejándolos solos ante el frío del exterior.

Una obra tristísima, a la cual la belleza la salva. La belleza y la esperanza, esa adorable loca.

SIETE CUENTOS MORALES, J. M. COETZEE

Tras una pausa debida a problemas de salud, reabrimos la Librería. Y lo hacemos con una obra singular: los Siete cuentos morales, de J. M. Coetzee. Coetzee es un autor que cree en la literatura como un medio para cambiar el mundo, y que apuesta a la potencia del arte para hacer difusión de determinadas ideas. Ahora, claro, cuando la potencia es la de un Nobel, no te sale ningún panfleto, por más que pongas tu arte al servicio de una idea.

Sus Cuentos Morales inician como cuentitos reflexivos, relatos que exploran los laberintos del miedo y de la intolerancia, en la figura de una joven que le teme a un perrazo agresivo, que le ladra cada mañana. Explora la vinculación entre el miedo y la humillación, incluso sexual, lo frágiles que nos vuelve, y cómo nos emparenta con el menos evolucionado de los lagartos de pantano. Y luego, al intentar darle una solución humana al asunto, una solución racional, superior, encontrarse simplemente con la intolerancia porque sí. Porque, aunque nos cueste creerlo, somos animales que viven hundidos en el miedo.

O el cuento de una mujer felizmente casada, y que realza esa alegría al tener un amante. Un amante que ella recibe como un don, con la sencillez que un niño recibe un chocolate, sin preguntarse por qué. Nada le falta en su matrimonio, y ama a su marido, pero es feliz con los dos. Y no es capaz de sentir culpa por ello. Casi resuenan los versos del poeta Carlos Bolton describiéndonos el Paraíso: “Allá nadie/ lloraba ni se reía/ éramos todos tan hermosos,/ tan hermosos/ que no cabía otra cosa/ que no fuese/ amarse/ los unos/ a los otros”.

Ya a partir del tercer relato podemos vislumbrar a Elizabeth Costello, la afamada alter ego del autor, una crítica literaria y activista que, según el propio Coetzee, le insufla sus ideas y lo obliga a escribirlas. La vemos en su vejez, primero en una vejez moderada, una señora de edad que se tiñe y corta el pelo, y que usa maquillaje de un día para otro, porque quiere ser admirada, quiere ser deseada. Y sus hijos, que la quieren, no ven aquí un cambio favorable, sino que temen seriamente que su madre no haga más que el ridículo y pasar penas en su inocente afán de no echarse la mortaja antes de tiempo.

Y a partir de acá, Elizabeth y sus hijos se tomarán los cuentos, y éstos se irán volviendo cada vez más ensayísticos, se reflexionará acerca de todo, y cada personaje tendrá permitido dar discursos. Serán pequeños Diálogos, en los que siempre habrá argumentos de lado y lado, trataremos acerca de la libertad y autodeterminación de los viejos versus el derecho de sus hijos a cuidarlos, incluso si ellos no quieren dejarse cuidar. Se hablará de un mundo que acoge y recibe a las criaturitas versus uno que se preocupa de contar las monedas antes de aceptar a una. Escucharemos acerca de la decadencia física y mental de la vejez, de la creciente impotencia, lamentada pero aceptada estoicamente. Y se planteará también el tema de la crueldad innecesaria hacia los animales.

En este punto, que es tratado en parte en “La anciana y los gatos”, pero con mucha mayor profundidad en “Matadero de cristal”, que es el cuento de carácter más marcadamente ensayístico, en el que se mezclan apuntes sueltos de una Elizabeth Costello ya senil, todavía inteligente, pero sin fuerzas y que empieza a perder contacto con la realidad, con la relación entre ésta y su hijo, que se aferra a ese intercambio intelectual, a esa discusión eterna que sostienen en los cuentos, y ahora no sólo dialoga con ella, sino también con sus papeles. En estos papeles la vemos ironizando sobre Martin Heidegger, que se burlaba de las garrapatas al decir que son bichitos con una experiencia lamentable del mundo: toda la vida sin más que esperar la sangre, sin más que estar atentos a no gastar energías hasta que caiga cerca de ellos un huésped para alimentarse y reproducirse, y que Elizabeth no puede evitar comparar con Heidegger esperando a su amante, escribiendo, quizá aburrido, hasta que la joven Hanna llegaba a golpear su puerta, y el profesor se aferraba, durante algunas horas, a un rito no muy distinto del que hacen las moscas en los marcos de las ventanas.

Sin embargo, no sólo será un asunto de consideración moral e intelectual: también para Coetzee se trata de un asunto de empatía. Vemos a Elizabeth Costello deseando hablar con las cabras y las ovejas, deseando preguntarles si había valido la pena dejarse domesticar para sentir el cuchillo en su garganta. O la veremos dejarnos a todos el recuerdo de los pequeños pollitos masacrados porque no tienen cabida en el mercado, y su temor a que cuando ella muera nadie los recordará. Porque Coetzee es un artista comprometido. Es un señor mayor que trata de cambiar el mundo antes de apagar la luz.

PURGA, SOFI OKSANEN

Purga nació, en principio, como una obra de teatro. Sin embargo, en algún punto su autora decidió cambiar el formato en que se cuenta la historia y novelarla. Y resultó una decisión enormemente exitosa: la obra se cubrió de premios, y ella obtuvo reconocimiento internacional.

Y quizás Sofi Oksanen estaba en la mejor posición posible para contarnos precisamente esta historia, la de dos mujeres de distintas edades que se encuentran en Estonia, ambas arrastrando un horror consigo. Aliide, la más vieja, habiendo llevado una vida que fue un ejercicio de supervivencia al interior de la dictadura soviética, soportando el espionaje perpetuo, a una máquina que puede costarle la cárcel, el oprobio o la muerte a quien diga las palabras equivocadas en un mal momento, y ante la cual la propia Aliide tomó decisiones difíciles, y a veces horribles. Y Zara, la más joven, una estonia del fin del régimen, de una época que empieza a enterarse de las cosas lindas y caras que se venden en los países capitalistas, que desea mejorar su standard de vida, y que buscará progresar trabajando de camarera en Alemania, pero terminará cayendo en el infierno de la mafia de trata de mujeres.

De este modo, la novela es una ventana abierta a ambas realidades, la de la Estonia soviética y hermética a Occidente, y la de la Estonia abierta al mundo, aún sin saber muy bien qué hacer en un régimen democrático, demasiado acostumbrada a respetar jerarquías y obedecer instrucciones. Y la autora, una finesa con ascendencia estonia, que viajaba a ver a sus abuelos en la granja colectivista todos los veranos, y conoció de primera mano la experiencia de enviar cartas cifradas, para evitar la censura, o de luchar para conseguir una llamada telefónica que de todas formas estaba intervenida. O la vida en un país en el que productos que nosotros consideramos normales eran artículos de lujo, como las pantimedias. Y, al mismo tiempo, los peligros de nuestra sociedad egoísta y materialista, donde las personas gozan de total libertad, incluso la de convertirse en una mercancía, o convertir a otras en eso.

Del mismo modo que autores como Charles Dickens, Oksanen estructura su novela en torno a una intriga, en este caso una de tipo familiar, la que le permite avanzar en el relato, mostrando lo que de verdad le importa: que el poder puede ponerse muchos nombres, pero al final siempre usa las mismas botas. Las botas de los viejos agentes de la KGB, o de los modernos traficantes de personas, que siempre hay hombres violentos dispuestos a patearte la cara por dinero, conexiones o simplemente por miedo a que los que no patean primero lo pierden todo.

Así, mientras los capítulos van alternando las historias de ambas mujeres, nos vamos enterando de la relación que existe entre ellas, así como iremos descubriendo lo tortuosa que ha sido esa historia familiar. Nos enteraremos de qué manera el poder soviético tensionó la vida cotidiana de parientes y vecinos, y a qué extremos de suspicacia, cautela y desesperación llegó el control del régimen sobre la vida de las personas. Quizás solamente comparable al control sobre los cuerpos de las mafias de mujeres, que nada más permiten que sus víctimas hagan lo que a ellos les conviene, que educan, imponen y modelan las conductas de las personas que controlan, todas ellas reducidas a pedazos de carne.

Algunos críticos han señalado que el estilo de Sofi Oksanen es especialmente adecuado para el tema que está tratando, y que permite mantener la atención del lector en los sucesos que ocurren. Personalmente -y conozco el texto a través de la traducción de la editorial Salamandra- me parece que la autora se dedica a enumerarnos cantidad de cosas que no le importan a nadie, detalles insignificantes que ni ayudan al lector a acceder a un ambiente emocional, ni generan ritmo narrativo, y más bien cansan al lector. Cuando la acción sale de la cocina de Aliide, y nos empezamos a dirigir a Alemania, a la Estonia de la década del ’50 o a cualquier otro lugar, la narración se adelgaza, la autora deja de acribillarnos con detalles intrascendentes, y la narración gana en vivacidad.

Ahora bien, sumando y restando, Purga resulta una experiencia literaria intensa, una novela que reflexiona sobre el poder, y sobre la resiliencia. Sobre los recursos, nobles e innobles, a los que las personas echan mano para enfrentar la violencia absoluta. Porque al final, vivir en un régimen totalitario o bajo la zarpa de una mafia es esencialmente un ejercicio de sobrevivencia. Y Purga es el relato de esa lucha por mantenerse vivos.

BATMAN: NOËL, LEE BERMEJO

De acuerdo con la fecha, hoy traemos una estupenda lectura navideña. Y se trata de una obra que pudo resultar una pésima decisión, un comic grotesco y ridículo, una fantochada. Situar el clásico de Dickens, la Canción de Navidad, en Ciudad Gótica, y poner a Batman en el centro de una historia navideña pudo terminar en desastre.

Pero no. Porque Lee Bermejo actúa con mucho respeto ante el clásico de Dickens, pero también frente a Batman y su mundo (que conoce de sobra, por lo demás). Con un narrador en tercera persona, que toma distancia de los hechos, como si estuviera contando una antigua historia, nos ofrece una verdad que debemos aceptar si queremos empezar la historia: y es que todos los hombres, incluso los peores, pueden cambiar, aunque deban nacer de nuevo para ello. Una vez establecido eso, nos contará la historia de Scrooge, un empresario que gana millones y tiene a sus empleados cobrando sueldos de hambre. Un tipo astuto, amargado y cruel, solitario y obsesionado con luchar contra el crimen. Un hombre dispuesto a arriesgarse a sí mismo, y también a los demás, para capturar a algún delincuente. Un Scrooge que se viste de murciélago, porque ama aterrorizar.

Y en esta triste y empobrecida Gótica, un empleadillo de Scrooge Enterprises, que apenas gana para vivir y tiene un hijo enfermo, al que adora, acepta pasarse al lado oscuro en víspera de Navidad: llevará un maletín para el Guasón, a cambio del dinero que podría salvar a su hijito. El viejo Batman se entera, por supuesto -es un zorro ladino, y tiene ojos en todas partes- y decide dejar que el delito se consume para capturar al delincuente. No le importa poner en peligro al hechor, y ni siquiera al niño (en su opinión, ese niño necesita ver a su padre en la cárcel, para que aprenda que el crimen nunca paga).

Y, como sabemos, Batman recibirá tres visitas, aunque no sean fantasmas: vendrá Gatúbela a invitarlo a una persecución, a correr por los tejados como en los viejos tiempos, antes de que se volviera un tacaño amargado, a retornar a la época en que Batman podía permitirse tener humor. Luego lo visitará Superman, para darle un tour por la miserable Ciudad Gótica, con habitantes que en muchos casos trabajan para él, y no tienen con qué celebrar. Una ciudad que no está agradecida de su superhéroe, sino que le tiene casi tanto miedo como a los criminales.

Y la tercera visita, la definitiva, será la del Guasón, quien le recordará que no es más que murciélago, un bicho nocturno y desagradable al que nadie nunca amará. Es el momento en que debemos recordar la premisa del texto: todo hombre puede cambiar, aunque para ello deba nacer de nuevo.

De este modo, Lee Bermejo se permite plantear una reflexión sobre las segundas oportunidades, que está en la esencia del cuento de Dickens, pero al mismo tiempo habla de la necesidad de sentir a otros cerca, de sentirse querido y de ser capaz de dar afecto a los demás. Todas ellas características del Cuento de Navidad… pero también asuntos temáticos a lo largo de toda la obra de Batman, que siempre ha sido un solitario, y su amor es tan hosco como él.


Una obra impresionante desde el dibujo: visualmente es toda una experiencia, y el trabajo que en esta ocasión es realizado por el propio Bermejo es muy profundo y detallado, dotando a la obra de mayor hondura e intensidad. Y, por otra parte, resulta perfectamente adaptada al universo Batman, pero también al cuento de Dickens. Una vuelta de tuerca a ambas historias, que nos permite acercarnos al superhéroe de una manera novedosa.

De entre todos los intentos por crear comics que sean mezclas originales en Navidad, ésta es quizá una de las mejor logradas.

ESCUELA DE ROBINSONES, JULIO VERNE

Todos conocemos a Julio Verne como el padre de la literatura de anticipación. El hombre de la imaginación prodigiosa, el creador de portentos técnicos que luego otros llevarían a cabo. Y con justa razón lo recordamos así, porque en sus novelas nos llevó de viaje hacia todos los confines que la naturaleza permitía imaginar: lo mismo los hielos árticos que las profundidades del mar que el centro de la Tierra que el espacio exterior. Verne intentó alcanzar todas las fronteras.

Sin embargo, el Verne más famoso no es el único Verne. Hay un Verne político, que incluso fue elegido autoridad local. Un Verne aventurero, pero alejado de la fantasía y la anticipación científica. Incluso un Verne ocasionalmente detectivesco. Sin embargo, dentro de su prolífica obra, pocas veces se puede ver a un Verne humorista, un novelista juguetón. Es cierto que el humor juega un papel en muchas de sus novelas, desde La vuelta al mundo en 80 días hasta los excéntricos Ned Land y Consejo de las Veinte mil leguas de viaje submarino. Sin embargo, que el humor sea la nota predominante es una excepción en la obra de Julio Verne.

Y esa excepción se llama Escuela de Robinsones. Una especie de parodia de Robinson Crusoe, con un expeditivo joven estadounidense, sobrino de un millonario, quien siempre deseó viajar. Su tío le concede el deseo, pero su barco se hundirá en una horrible tormenta, y Godfrey, nuestro héroe, deberá enfrentar la dura vida de los náufragos.

Y, para complicar las cosas, su única compañía en la isla desierta a la que ha arribado es su profesor de danza y buenos modales, el señor T. Artelett, también llamado Tartelett. Un hombre bondadoso e inútil, óptimo para enseñar a bailar en salones de sociedad, pero completamente incapaz de enfrentar las dificultades de la vida práctica. El buen profesor Tartelett ni siquiera quería acompañar a su discípulo en el viaje, pero se vio presionado por el acaudalado hombre de negocios, y ahora debe recolectar conchas y huevos para sobrevivir en vez de disfrutar de su delicioso café de la mañana.

La isla, por otra parte, parece totalmente deshabitada, y solamente poblada por aves y pequeños animales… al principio. Luego irán apareciendo misteriosas humaredas en distintos lugares de la isla, una extraña tribu de polinesios con todos los rasgos de los nativos de África, y por supuesto, un Viernes, que aquí se llama Carefinotu. Carefinotu es todo voluntad, e incluso intentará aprender a danzar bajo las órdenes del profesor Tartelett, quien no pierde oportunidad para civilizar su entorno (con resultados ridículos), así como de quejarse amargamente de la tonta manía de algunos de viajar por el mundo, o de las tristes comodidades que tienen que soportar, como si fueran náufragos en vez de ciudadanos de categoría.

No obstante, un Robinson no puede ser tal sin enfrentar graves peligros. Y en la isla aparentemente plácida aparecerán las fieras más peligrosas, como si de pronto hubieran sido paridas por una caverna secreta. Es ahí donde Godfrey, con la estimable ayuda del salvaje Carefinotu y la absolutamente inútil participación del maestro de danza, deben extremar recursos para sobrevivir, no sólo procurándose el pan de cada día, sino también escapando al ataque de leones, hienas, cocodrilos y otros animales jamás vistos en la miríada de islas polinesias.

En el peor momento, cuando todo parece perdido llegará la salvación menos esperada. Y la parodia llegará a su fin: con un humor amable y levemente burlón, se levantará el velo de la farsa y sabremos todo lo que se ha venido cocinando desde el principio de la historia. Verne, con un humor amable y juguetón, se ha reído del mito de Robinson Crusoe, del espíritu yanqui, todo empuje y acción, de los herederos de fortunas, de nuestro refinamiento y erudición, y de los incautos, que en este caso también somos los lectores, quienes terminamos agradeciendo a Julio Verne que haya querido tomarnos el pelo a nosotros también.

EL LLAMADO DE LA SELVA, JACK LONDON

Uno de mis libros preferidos de la infancia, que leí muchísimas veces. Una historia ambientada en el Yukón, en la época de la fiebre del oro en Alaska: una época estupenda para hacerse rico de la noche a la mañana, pasando un par de años de sufrimiento en un desierto helado, buscando vetas de oro aún no descubiertas. Tiempos duros, en que la sobrevivencia se ganaba cada día.

Y un tiempo, además, en la que no había vehículos de motor aptos para la nieve… de modo que los trineos tirados por perros eran la mejor alternativa. Huskies, perrolobos, y cuanto canino de gran alzada pudieran conseguir por ahí terminaban como animales de tiro, acompañando a los hombres en la aventura de buscar riquezas en la tundra helada.

Y el protagonista de nuestra historia es Buck, un perrazo de fuerza descomunal, que gozaba de una existencia plácida en la mansión de un juez, lejos de Alaska. Un animal cuya mayor preocupación era pasear con el amo, o relajarse mientras éste leía y tomaba un brandy, un día es robado por un empleado del juez y vendido a los buscadores de oro. Y Buck debe echar mano de sus recursos para sobrevivir. de su fuerza e inteligencia, que le permitirán descubrir cuándo ser orgulloso y luchar, cuando ser humilde y apartarse, y cuándo ser astuto y actuar sin que se note.

Su fuerza, inteligencia… e instinto. Porque Buck irá, durante el largo viaje, descubriendo sus instintos atávicos, esos que tuvieron los antiguos lobos que fueron sus antepasados, y que vivieron ocultos durante su existencia de mascota mimada. Ahora esos instintos empiezan a tomar el control, y Buck acude a ellos para salvar su vida, para conservar su salud y, quizá, para oír con detención la llamada de la selva. Porque la selva llama a Buck, y él intenta no oírla, intenta encontrar un refugio en un hombre bueno, que lo cuida y mima, y a quien Buck adora. Pero los instintos han esperado siglos, quizá milenios, y no les molesta esperar un poco más.

Una novela “salvaje”, por el ambiente rudo y agreste, por la caracterización del Yukón, y de sus hombres y bestias. Y “salvaje” porque está presentada a través de los ojos del propio Buck, quien va aprendiendo acerca de su ambiente, de su sobrevivencia y de su propia naturaleza.

Dicen los conocedores que esta novela está inspirada en las tardías lecturas que Jack London hizo de la filosofía de Nietzsche, y su idea del superhombre. Quizá. Quizá Buck sea el superperro, que se libera de las condicionantes sociales y vive la vida según sus propias reglas. Para mí fue una ventana a la imaginación, uno de esos libros que me llevó a seguir leyendo, y aún hoy es una magnífica historia de aprendizaje, aventuras, carácter y familia, todo a través de un animal tan sencillo, noble y complicado como un perro.

Recomendable absolutamente. Para niños que empiezan a leer libros “serios”, para adolescentes que sueñan con mundos distantes, para adultos que estén dispuestos a viajar en trineo por territorios deshabitados. Para gente que busque una buena historia.

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