EL VISITANTE, JON VENDON

El visitante es la primera novela de Jon Vendon, un autor independiente que se animó a publicar en Amazon, como hacen los valientes, y ahora lucha por visibilizar su obra, que los lectores la disfruten y ojalá que la compren también. Jon ha realizado un esfuerzo notable en este sentido, convirtiéndose en autor, promotor, relacionador público, vendedor y manager, todo en una pieza.

Y El visitante se presenta como una novela de aventuras, situada en un territorio de muchas complejidades, como lo es la frontera palestino-israelí. Iniciamos nuestro viaje con un terrorista que realizará un atentado suicida contra una atestada sinagoga… pero alguien lo detiene. Se trata de un hombre desarmado, pacífico, que le habla al terrorista, le da paz y consigue que sea detenido pacíficamente.

Mientras la novela avanza, se acumulan los misterios sobre este hombre pacífico, el cual no porta identificación, ni dice su nombre (prefiere que le llamen “El visitante”), ni puede ser reconocido por ninguna de las pruebas científicas que se le aplican. Pero reza y escribe en una lengua muerta, genera apoyo multitudinario en todos los países, y hace tambalear la posición política internacional de Israel, donde permanece detenido. Incluso, llegado el momento llamará la atención incluso de uno de los hombres más poderosos de la Tierra.

La novela resulta entretenida, sin duda, pero la verdad verdad es que, una vez terminada, la pregunta que me queda dando vueltas es ¿de qué trata la obra? Se presenta como una novela de aventuras trepidante… pero más que aventuras, parece tratar de la realización de antiguas profecías bíblicas, y cómo éstas le cambian la vida a las personas con las que se cruzan. El visitante, más que acción y persecuciones dramáticas, termina proponiendo una fábula moral que se desarrolla en medio de agencias secretas de varios países. Nos habla de perdón, de tolerancia y de volver a empezar, nos habla de construir un mundo mejor.

Y eso no tiene nada de malo, por supuesto: novelas magníficas como el Cristo de nuevo crucificado, de Nikos Kazantzakis, tratan un asunto similar. Sin embargo, me temo que en este caso existe una discordancia entre la historia que el autor desea contar y los medios que utiliza para ello. El visitante posee una estructura sencilla, personajes atractivos sin ser planos y abundancia de diálogos. Las descripciones son funcionales y poco ambiciosas, y no se ahonda en la vida interior de los personajes, todo lo cual está perfecto… para una novela de aventuras. Sin embargo, cuando intenta hablarnos de la presencia divina en el mundo estas herramientas se revelan insuficientes: no hay reflexión moral, ni profundizamos en lo que ocurre a personas como Daniel y Sofia, el coronel Levy o Ismaíl, el bombardero. Los seis seguidores del visitante apenas si son mencionados, y si acaso el papa Pedro recibe mayor atención.

De este modo, El visitante es una novela que navega entre dos aguas, sin terminar de definir su intención: para novela de aventuras que te deje pegado a sus páginas se queda corta, le falta acción y le sobra reflexión espiritual. Y para novela espiritual y profunda le falta literatura “seria”, hondura psicológica, análisis y belleza narrativa.

Por otra parte, el autor se enfrenta a un serio problema: por exigencias de la trama se ve obligado a presentarnos a un personaje de características superiores, y más inteligente que nosotros… y nadie puede imaginar, ya no digamos describir en una novela, a alguien más inteligente que uno. Esta es la razón por la que Dios rara vez es un personaje literario, porque es una empresa de mucha complejidad, y en El visitante nos aparece una figura divina infinitamente bondadosa y compasiva, sin rasgos que la humanicen y nos permitan reconocerlo como uno de los nuestros: los propios Evangelios nos muestran a un Jesús indignado, expulsando a latigazos a los mercaderes del templo, o asustado pidiendo al Padre que, si es posible, aparte de él el cáliz de la amargura.

Sobre el desarrollo, dos palabras: si bien es una novela que se deja leer con comodidad, y se nota el oficio de narrador, me temo que algunos giros están demasiado anunciados. No solamente la obvia identidad del visitante, que se ve venir en el primer capítulo, y me parece que es planteado así intencionalmente, sino algunos sucesos que ocurrirán hacia el final de la novela, y que están excesivamente anunciados en el desarrollo de ésta.

Por contrapartida, el papa Pedro me pareció muy simpático y logrado: el humorismo a veces infantil del personaje le viene muy bien, así como su sencillez campechana y su falta de gravedad. Y si bien se nota muchísimo que es un personaje que está en deuda con Jorge Bergoglio, la verdad no se siente un pastiche ni resulta desagradable el parecido.

De todos modos, El visitante es un esfuerzo muy serio, una novela que intenta hablarnos de un asunto universal de manera muy respetuosa, centrándose en una historia humana, que evita las polémicas artificiales al presentarnos un mensaje que está más allá de las ideologías. Una lectura entretenida y por la cual el autor merece todo nuestro respeto, más allá de que podamos hacer observaciones sobre su novela.

NADA, JANNE TELLER

Janne Teller intentó escribir una novela juvenil. Una novela de búsqueda, de grandes preguntas sobre la vida, de autodescubrimiento, dedicada a adolescentes con crisis existenciales. Lo que le terminó saliendo en vez de eso es una novela cruel y morbosa, que fue prohibida en muchas escuelas por la crudeza de su contenido, aunque luego esas prohibiciones fueron revocadas, afortunadamente: ya estamos grandes para eso.

La novela parte con un adolescente que decide salirse de la escuela, argumentando que si nada tiene sentido, no vale la pena hacer nada tampoco. Y, consecuentemente, se va a sentar en una rama de ciruelo, como un Diógenes con acné.

La autora no nos da pistas acerca de la vida del muchacho sobre el árbol: no sabemos qué es lo que come -aparte de ciruelas, claro-, ni si los padres se preocupan por él, o si baja a su casa por las noches. Sí nos dice que su escuela intentó olvidarlo rápidamente, y que no se habla nada de él. Lo cual es, por supuesto, inverosímil, pero en Nada nos hacen tragar muchos sapos, para que la realidad no estropee la parábola.

Y las sorpresas no se detienen aquí: Peter, el muchacho del ciruelo, se divierte provocando a sus compañeritos, que van a clase como buenos chicos y se comen toda la comida. Se burla de ellos, desde su árbol, haciéndoles ver que toda su vida es una mascarada, que no tiene sentido y que todas las cosas que ellos creen sagradas son absurdas y tontas, como una misa en sánscrito.

Y los compañeros de curso, en vez de considerarlo “el raro del árbol” y dedicarse a hacer caso a sus hormonas, como cualquier adolescente saludable, pues se quedan preguntándose si acaso Peter no tendrá razón… De pronto, se convierten en todo un curso de filósofos existencialistas, intentando aferrarse al sentido de la vida, allí donde lo encuentren. Y son filósofos sin conceptos, que necesitan tener objetos visibles para pensar en el sentido, porque al parecer no pueden entender una idea si no la pueden ver y palpar.

De modo que juntan diferentes cosas de valor personal, con la esperanza de mostrarle a Peter “un montón de sentido” (lo de montón es literal, van amontonando cosas). Y es aquí donde la novela empieza a atraernos, porque los niños parten con juguetitos y casettes gastados, pero terminan exigiéndose unos a otros sacrificios verdaderamente crueles. Uno sigue leyendo, por morbo, preguntándose qué van a sacrificar los muchachos ahora…

La verdad, el principal gancho de esta novela es ese, el morbo: es la única razón por la cual puedo explicarme su éxito. Sí consigue ser chocante, y nos impresiona. Pero ni la prosa de Teller -funcional, funcionarial de hecho, pero bastante normalita para un texto literario- ni sus personajes planos y estereotipados (el musulmán, el patriota, el músico, el cristiano, la bella…) ni su filosofía -La infancia de un jefe, de JP Sartre, toca el mismo tema con muchísima más profundidad- valen gran cosa.

Con todo, en Nada sí termina colándose la reflexión, aunque por una rendija a la que quizá la autora no había considerado como principal. Porque si algo impresiona, además del morbo, es la facilidad con que un grupo de chicos se ve empujado hacia el pensamiento único, la facilidad con que la presión del grupo los obliga a actuar, a ser víctimas y verdugos, a entregar y a exigir sacrificios en nombre de una idea. Los chicos y chicas siempre encuentran un modo de intimidarse, un argumento en el que creer, y por el cual practicar las peores crueldades sobre otros y sobre sí mismos. Y asusta lo fácil que es convencer a alguien de convertirse en monstruo por un día.

Quizá sea el momento de decir, como Emil Cioran, que no hay nada más peligroso que un hombre que tiene una creencia. Porque esa fe, por la cual está dispuesto a inmolarse y convertirse en héroe, también puede exigirle que inmole a otros y que se convierta en una bestia. Y muchos estarán dispuestos a ello, cantando himnos como energúmenos y gritando al viento su entusiasmo por destruir.

LA GUERRA DE LAS SALAMANDRAS, KAREL CAPEK

Si me fuera dado algún día escribir una novela, querría que fuese una novela satírica. Ya quisiera tener el humor despiadado de un Swift, un Orwell o un Vonnegut, y disparar mi desprecio contra los vicios humanos, haciendo heridas de las que no puedes evitar reírte. Me hace feliz cuando una novela señala que el emperador va desnudo, y consigue ponernos en contra de todos, incluido nuestro propio rostro. Me gusta el humor de Fo, de Twain, del Sartre bilioso de La puta respetuosa o el chiste magnífico ese de “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto”.

Y hace poco descubrí otra sátira insigne, de un autor que yo desconocía absolutamente. Karel Capek, novelista checo relativamente desconocido en Latinoamérica: y la verdad, estamos aquí ante una pieza mayor de la literatura del siglo XX, ante una obra maestra con todas sus letras. La novela inicia como un relato de aventuras exóticas en el océano Índico, con unas grotescas salamandras que pueden manipular objetos, a las que el intrépido, violento y bebedor capitán Van Toch entrega cuchillos, para sacar perlas a cambio de comerse las ostras. El trato es justo, y el capitán consigue vivir de las perlas que sus salamandras obtienen.

Pero luego… bueno, luego está el capitalismo. Y si un hombre ha conseguido vivir bien explotando un recurso desconocido, querrá explotarlo más y sobretodo mejor. Y el capitán Van Toch irá a buscar a algún inversionista, le hablará de las salamandras, de lo listas que son, de que pueden hacer enormes trabajos bajo el mar si sólo hubiera quién pusiera el dinero para explotarlas. Y, eventualmente, por supuesto que lo encontrará. El exotismo desaparece, y veremos cómo funciona la explotación racional de los nuevos obreros: cómo se los cría en granjas acuáticas, se los divide según su fortaleza, se los adiestra y envía a construir diques, puertos, islas nuevas, a modificar continentes. Es la nueva era del progreso, gracias a las industriosas salamandras, las cuales, por otro lado, empiezan a demostrar una cada vez más aguda inteligencia: aprenden a hablar (y varios idiomas), a construir ya no madrigueras, sino verdaderas ciudades bajo el mar, a manejar maquinaria delicada con la mayor destreza, e incluso alguno se las arregla para publicar artículos de geología abisal en una destacada revista científica…

Ya para entonces las salamandras habrán dejado de ser simplemente carne para la explotación; se les reconocerán derechos, tendrán acceso a educación, bienes de consumo, recibirán a predicadores religiosos, así como a delegados de los partidos políticos. Serán el músculo que mueve a nuestra sociedad en muchos aspectos, y se planteará el problema de su estatus y sus derechos ante la humanidad, en la medida en que se hace cada vez menos posible considerarlos simplemente máquinas vivas que entregan su fuerza de trabajo y generan plusvalía para la gran empresa, a cambio de medios de subsistencia.

Hacia el final de la novela estallará, por supuesto, el conflicto, y los intereses de las salamandras chocarán con los de los seres humanos. Qué progreso, desde ser unos reptiles que no sabían abrir ostras a convertirse en una especie que se plantea la destrucción de la humanidad, ¡y tan sólo en unas décadas de contacto con nosotros! En esta novela, Capek se burlará del capitalismo, obviamente, pero también del racismo (recordemos que este libro se publica en 1936, lo que le valió a Capek el odio del régimen nazi), de las religiones, de la política, de nuestra estúpida soberbia y de todo lo demás. Al convertir a las salamandras en el otro, resulta mucho más visible el sinsentido en la forma en que tratamos a los otros.

Y no sólo hay una sátira “de gran alcance”, acerca del racismo o la explotación en términos generales: Capek desciende al nivel de las observaciones puntuales, en los que da espacio a su humor, de forma perfectamente coherente con el sentido general de su sátira: por ejemplo, cuando nos cuenta que en India las castas inferiores se sienten ofendidas cuando los empresarios manipulan a las salamandras directamente con las manos, porque a ellos no les está permitido tocarlos. O cuando nos cuenta que la Iglesia de la Gran Salamandra apenas sí tuvo éxito entre las salamandras, pero sobre la tierra firme se convirtió en una exitosa moda en ciertos círculos de adinerados, atraídos por la novedad. O el detalle magnífico de que, al empezar la guerra, el equipo negociador de las salamandras para definir los detalles de la rendición humana, estaba conformado íntegramente por abogados de nuestra especie…

En fin, que el autor se las arregla para despacharnos a todos. Y antes de terminar, dos palabras sobre el estilo: en una novela de 1936, aparece una serie de artículos (en diversos idiomas, y no siempre traducidos), citas de panfletos políticos y poemas inventados, artículos científicos y resoluciones de congresos ficticias, conformando una especie de collage (con participación del autor incluida) que ya se hubiera querido William Burroughs o el Sabato de Abbadón el exterminador.

Una parábola terrible, en la que no hay salvación verdadera, más allá de confiar en nuestros propios defectos, en nuestra siempre renovada capacidad de destruir lo bello.

EL FUGITIVO, STEPHEN KING

Stephen King se ha hecho rico y famoso escribiendo novelas de terror. Pero no debe encasillársele sólo en este género: en su prolífica carrera, King ha contado las historias que ha querido. Como hacen los novelistas de verdad, no pone el punto de partida en el género de sus novelas, sino que ha atendido a la historia que quiere contar, y a sus propios intereses a la hora de escribir. Quizá por eso tenemos tantas historias suyas vinculadas al uso de la violencia, al poder y a gente buena enfrentada a situaciones límite.

Y en el mundo de El fugitivo estas tres cosas abundan: se trata de una novela ambientada en un Estados Unidos del año 2025 (cuando se publicó la novela, el año 1982, el 2025 parecía lejano. Pronto esa fecha estará a nuestra espalda), en el contexto de ciudades horrorosamente contaminadas, y una brecha entre ricos y pobres verdaderamente escandalosa, en la que los adinerados pueden permitirse todos los lujos, mientras los asalariados sólo consiguen sobrevivir cada día, enfrentados a todos los peligros, y asumiendo las peores condiciones para mantener la vida muelle de la clase superior. Es un mundo en el que ni siquiera es posible una revolución, puesto que ciertas libertades hedonistas (marihuana, libertad sexual), más la decisiva influencia de la televisión (“librevisión” se llama, en lo que es un magnífico chiste, así como llamar General Atomics a la empresa abusiva y todopoderosa) neutralizan a la población, manteniéndola en la obediencia frente a un régimen inaceptable.

Ben Richards es el protagonista de la historia. Y Ben no es un hombre nacido para conformarse; puesto en el trance de ver a su hijita enferma, no conseguir empleo (nadie quiere un empleado que reclama y que hace valer sus derechos), no acepta que su esposa, a la que adora, se tenga que prostituir en las calles para darle medicamentos a su hija, y decide participar en un concurso de a librevisión. Pues hay muchos concursos, y entregan premios en dinero, a cambio de arriesgar la salud, el funcionamiento de los órganos, un brazo o, para los verdaderamente afortunados, ser cazado como una sabandija por tus propios conciudadanos.

Y Ben Richards es de los afortunados: es elegido para el principal concurso de la cadena, llamado El Fugitivo. En él, debe sobrevivir durante un mes, mientras un equipo especializado de la cadena lo perseguirá para matarlo, y los televidentes recibirán un premio en dinero si dan información que conduzca a su captura.

El fugitivo, entonces, es una novela sobre un hombre desesperado, pero también es una novela sobre nuestros temores: la cruel división de clases en los países capitalistas, el abuso del poder, la televisión como herramienta de dominación y el horror convertido en espectáculo, la destrucción del medio ambiente. En una novelita breve, de ritmo muy rápido, con capítulos cortos y en los que predomina el diálogo, Stephen King resulta brillante en su capacidad de mostrarnos su fantasía futurista en pinceladas rápidas, usando un lenguaje coloquial y un tono levemente rabioso y desencantado para hablar de injusticia y de revuelta. El autor consigue aquí que no solamente empaticemos con su resentido y mordaz protagonista, sino que tomemos partido por él: deseamos que sobreviva el mes, que se lleve un vagón de dinero, y ojalá que destruya a la cadena y a su horrible sociedad, que se parece peligrosamente a la nuestra.

Sumando y restando, totalmente recomendable: una novela ágil y atractiva, apta para el disfrute, pero que también nos ofrece, como un espejo deforme, algunos de los peores males de nuestro tiempo.

LA PATRIA ESTREMECIDA, ELIZABETH SUBERCASEAUX

Elizabeth Subercaseaux ha decidido entregarnos una extensa y minuciosa reflexión sobre la historia de Chile, desde su mirada narrativa. La primera parte la recibimos en La patria de cristal, donde se ocupa de la historia de Chile en el siglo XIX, y luego le ajusta las cuentas al siglo XX en La patria estremecida, la obra que tratamos hoy. Si bien son dos obras que cubren períodos sucesivos, no es una bilogía al uso, y no es para nada necesario haber leído la primera para entender la segunda; la autora focaliza su atención en la historia de Chile utilizando una historia coral como recurso, de modo que los elementos dramáticos no juegan un papel fundamental en esta novela, sino que son un soporte para que sean los propios hechos históricos quienes tomen la voz cantante, y a través de ellos se presenten las ideas de la autora sobre la historia de Chile.

Y, en esta voluminosa novela, Subercaseaux repasa a casi todas las personalidades relevantes de la política chilena del siglo, y a gran parte de las figuras culturales, en un siglo XX que tuvo de todo. Pero, quizá lo más importante, se mete con un mito muy arraigado en la sociedad chilena: que éramos un país que contaba con una democracia ejemplar, a diferencia de nuestros vecinos bananeros, los cuales se lo pasaban en dictaduras y asonadas militares llevadas a cabo por generales ansiosos de poder. Esta ilusión le permite a la sociedad chilena, siempre tan insegura, siempre tan ansiosa de parecerse más a Europa y Estados Unidos, y menos a los morenitos de Latinoamérica, sentirse superior a sus vecinos. Ni siquiera el quiebre democrático y la posterior dictadura de Pinochet terminaron de romper ese mito; los chilenos podíamos entender nuestra democracia como ejemplar, con un manchón, para luego recuperar la democracia de forma pacífica, podíamos añadir con indisimulado orgullo.

Sin embargo, la autora no nos permite soñar con ser los ingleses de Sudamérica, los yanquis meridionales o los jaguares de América (tres apodos vergonzosos que los chilenos nos dimos en distintos momentos del siglo): nos muestra un Chile en el que la elite, si bien se muestra ordenada en la gestión del poder, vive de espaldas a su gente. Intenta repartirse el dinero y el poder entre un grupo de amigos y parientes, y mantiene una desconfianza rayana en el odio hacia su propio pueblo, siendo incapaces de darle a los pobres el menor espacio de participación real. Y, de ser necesario, aceptando o provocando amenazas golpistas o matanzas de ciudadanos.

Es el relato de un país escindido, en el que un grupo toma las decisiones importantes y accede a los bienes económicos, pero también culturales, durante generaciones y generaciones, sin apenas cambios en su conformación, mientras el resto prácticamente no existe. Es llamativa, pero no sorprendente, la casi total ausencia de figuras de origen popular en el libro, y no es sorprendente porque la historia de Chile no considera al pueblo, salvo como número en masacres y manifestaciones, o en los casos de individuos absolutamente geniales, como Pablo Neruda o Gabriela Mistral, a la que el premio Nobel obliga a Chile a darle el reconocimiento que merecía.

Por lo anterior, es lógico que la novela se asienta en la historia de una familia de alcurnia, cuyos miembros tienen una participación destacada en la vida política y social del país, y nos permite acercarnos a personajes y sucesos históricos de Chile. Vemos pasar a los presidentes de la época parlamentarista, a Arturo Alessandri, a Ibáñez, los radicales, Frei Montalva, Allende y finalmente la dictadura de Pinochet; la novela termina en la noche del 05 de octubre de 1988, el famoso triunfo del NO, el plebiscito que sacó al dictador del poder. También veremos a personalidades políticas como Luis Emilio Recabarren, el líder obrero, o a insignes de la cultura como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro o Inés Echeverría (“Iris”); todos ellos retratados en función de sus actos históricos, pero también desde una perspectiva personal, en la que se mostrarán con pasiones, afectos y egoísmos humanos, los cuales ayudan a entender la historia nacional, pero no se convierten en el sustento de ésta: Elizabeth Subercaseaux tiene la mano firme, y no cae en la horrible tentación de escribir una novela romántica o de aventuras bajo el disfraz de una novela histórica. Nada de eso; a ella le interesa la historia de verdad.

Con una pluma ágil y apoyada en una investigación detallada, Elizabeth Subercaseaux hace gala de su profesión de periodista para proyectar una novela que, a pesar de sus casi quinientas páginas, no pierde el interés del lector. Una novela que no se vuelve intelectual, a pesar de su afán por entender la historia de Chile, porque la autora es capaz de esconder las costuras y dejar que las ideas fluyan como un río subterráneo, regando la superficie del texto desde abajo y dejando florecer la narración, sin permitir tampoco que la anécdota consuma la novela.

MAYO FUE EL FIN DEL MUNDO, FRANK YERBY

Una novela de amor con un ingrediente sorpresa: amor.

La narrativa de género ha tendido a la peor de las evoluciones: a la producción de sagas adocenadas, iguales unas a otras, una serie de trilogías producidas masivamente para un público que quiere leer, una y otra vez, la apasionante historia de amor entre una pareja de adolescentes que en el primer capítulo se llevan pésimo. Y a diferencia de todas esas novelas y sagas románticas prefabricadas, cuyo único fin es el dinero, Mayo fue el fin del mundo es una obra muy personal, un trabajo de artesano, irrepetible, realizado con verdadero amor por la historia.

Y no hablo de una trama novedosa, giros inesperados o personajes sorprendentes, sino de algo más elemental: se nota mucho que Frank Yerby puso el corazón en este libro, y que estaba pensando en contarnos la historia que le nacía contar, en vez de preocuparse por la última tendencia del mercado, por lo que está de moda o el público quisiera leer.

Y mira que la historia en sí misma no es demasiado original: se trata de cuando una jovencita millonaria, de clase alta, rubia y de una familia conservadora del sur de los Estados Unidos, conoce a un jazzista, negro y culto, el cual desprecia a los sureños de su país, por considerarlos racistas. Esta pareja improbable no sólo se conoce, sino que se enamorará, y tendrán que luchar contra sí mismos y sus propios prejuicios para estar juntos.

La historia ocurrirá en París, donde Harry se ha autoexiliado y creado una banda de jazz, huyendo de la discriminación, y donde Kathy se ha ido de viaje, pero le han robado todo y no puede acudir a su papá, así que está sola en una ciudad desconocida. Y ocurrirá en mayo de 1968, justo el momento en que se produjeron las famosas protestas estudiantiles que cambiaron la cultura política europea. Desde aquí, Frank Yerby presentará, a través de su protagonista Harry, algunas de sus amargas ideas sobre el mundo, las relaciones entre las razas, la humanidad y el futuro. Harry es un descreído, un cínico, pero al mismo tiempo un romántico total, que se burla del romanticismo igual que un místico podría burlarse de las beatas de día domingo. Y al lado de este hombre algo pedante, que pronuncia frases ingeniosas a cada paso, irá creciendo Kathy, conociéndose a sí misma, descubriendo su propio corazón, su capacidad de amar, su generosidad.

Frank Yerby no es un escritor particularmente valorado por la academia: se le considera poco más que un autor de best sellers, y con buenas razones: muchas veces sus personajes son algo planos, sus historias caen en lugares comunes, y su crítica social y política termina siendo tibia, de ésa que se mantiene en el justo medio y no queda mal con nadie. Pero en este caso, esa visión sería injusta: la presente novela no solo está llena de vida, manteniendo un estilo enérgico y decidido, sino que a veces se llena de poesía, y hay muchísimos momentos admirablemente escritos, sin volver empalagosa una novela vital y directa, en la que aunque haya mucha acción, la reflexión no escasea.

Sobre esto último, hay que decir que Mayo fue el fin del mundo es una novela reflexiva a su manera, hecha por un hombre que decidió pensar por sí mismo y olvidarse de lo políticamente correcto, para reírse ácidamente de los gobiernos y de los revolucionarios, de los blancos, negros, judíos, franceses y árabes, de las ilusiones y de nuestros sueños de un mundo mejor.

Y todo ello sin dejar de creer ciegamente en el amor, por sobre todas las cosas.

SOLEDADES:LA ISLA DE PROMETEO, ELVIRA ABALLÍ MORELL

Elvira Aballí es una mujer valiente, que se animó a escribir un libro de cuentos y poemas, y a publicarlo por sus propios medios. Y en Amazon, esa leonera donde conviven estupendas obras menospreciadas por los editores junto a desastres que jamás debieron haber visto la luz. Allí donde cada autor está solo, escribiendo, editando, compaginando, promoviendo, distribuyendo y haciendo su propia contabilidad. La más solitaria de las aventuras en que un escritor puede embarcarse: de espaldas a la crítica, a la publicidad costosa, a los premios, a los profesionales de la elaboración y venta de libros. En soledad, con su alma y su capacidad de trabajo.

Y además, es lo bastante valiente como para enviarme su libro, y pedirme que lo reseñe, confianza que agradezco infinitamente, y la cual –creo- no hay mejor manera de honrar que tratar a la autora y su libro en serio: con la amabilidad que merece la gente amable, pero con la honestidad que merece una escritora seria, así como las personas que tengan a bien leer esto.

Ahora, a este libro llegué con una idea errada: al ver la portada, y al leer el prólogo, en el que Ulises Padrón no le teme a hablarnos de la vagina de la autora, y de lo vaginal y sensual que es este volumen, yo entré en él esperando sumergirme en una colección de cuentos lúbricos, de alto voltaje erótico. Cuentos para viajar, de la mano de una guía experta, por los deliciosos caminos de la sensualidad tropical. Sin embargo, la verdad me hallé con una serie de relatos no tan carnales como esperaba, a pesar del evidente interés (y regocijo) de la autora al hablarnos de la cama y sus alrededores. Más bien me encontré una desencantada reflexión acerca de la identidad de Cuba. Una reflexión muy cruzada por lo erótico, sí, como si el sexo fuese la gran metáfora para entender la vida de los cubanos y cubanas. Un libro que mira a Cuba con los ojos vidriosos, por la compasión, y turbios por el deseo.

Me encontré con historias de parejas, muchas historias de parejas, todas muy sexuales, pero muy poco amor. De hecho, poco placer: muchas historias destinadas a terminar mal, parejas truncas, polvos fantásticos pero que te dejan un mal sabor una vez pasados. Romances antiguos que luego no llegan a buen puerto. Una isla hermosa, caliente y placentera, pero llena de ilusiones que no se han cumplido. Y también, llegado el caso, una isla prostituida, en la que los dólares pueden comprar el orgullo.

A la autora Cuba le duele, y no tanto por consideraciones políticas como por la tristeza de sus habitantes, que sueñan con emigrar de un país hermoso, que maquinan y llevan a cabo planes locos para escapar de un paraíso. Hay una visión desesperanzada y triste, que sólo puede ser sofocada con gemidos amargos y sexo muchas veces vacío o frustrante.

En lo que corresponde a la calidad de los textos, la verdad es que éstos son muy desiguales, y me parece que en este punto se nota la falta de una edición profesional. Por un lado, hay diversidad de voces, como si la autora se hubiese querido probar diferentes trajes sin terminar de decidirse por uno, desde el poema lírico hasta el relato en una prosa muy poética e incluso hasta la pura y simple narración. A veces intenta mostrarnos un símbolo, como en “El sueño”, y acudir al mundo onírico para rescatar a una mujer de una relación horrible y una vida sin futuro, y a veces intenta contarnos una historia de intriga policial, como en “La historia de Pedro”, el cuento de Rowan y su hijito perdido. Quizá sea una idea interesante separar el material y publicarlo en volúmenes diferentes, o separarlos por capítulos, porque si bien aparece Cuba como un elemento unificador –todos los cuentos empiezan y acaban con la mirada en la Isla-, no parece tan clara la unidad estilística.

Para mi gusto, y esto es ya un asunto personal, los cuentos más narrativos tienden a funcionar mejor. Por un lado, puedo conectar con ellos y lo que quieren decir, cuestión que está más relacionada con mis propias deficiencias como lector que con el texto mismo, y por otro lado porque la autora tiende a ser inexacta cuando quiere ganar altura poética. Elvira cede a la tentación de escribir frases que suenan bien pero que no significan nada, o significan cosas diferentes de las que quiere decir. En cambio, cuando modula esta tendencia a poetizar las cosas, y opta por una narración en la que los elementos poéticos tienen un espacio en el cuento sin  devorárselo, la prosa de la autora gana muchos enteros.

De todos modos, este volumen es una experiencia en sí mismo. Nos sumergimos en un universo esencialmente femenino, que un escritor varón jamás habría podido crear. Es un viaje intenso, que nos pasea por los sueños, placeres, evocaciones y rencores de una autora de corazón ardiente. Desde un punto de vista literario, yo habría podado unos cuantos cuentos, y repensado muchas cosas en lo que refiere a la escritura y a la estructuración del volumen. Pero los autores independientes sacan la voz sin pedir permiso, y a veces hay que aceptarlos como ellos son.

Por último, dos palabras sobre las ilustraciones: la propia Elvira y Mike Quiñones ilustraron cada texto. Cada cuento y poema incluyen un dibujito, y la verdad es que la mayoría de ellos son pequeños aciertos: se nota en ellos el amor que les dedicaron los ilustradores, y la voluntad de ampliar la comprensión del cuento o del poema. Yo no soy amigo de los libros ilustrados, pero aquí se complementan con el texto, en vez de ser una intromisión.

Si quieren apoyar a una autora independiente, y comprar su interesante libro, se lo puede encontrar aquí.

LAS BRUJAS, ROALD DAHL

Gloria y loor a Roald Dahl, por supuesto.

¿Un escritor infantil que gana el Gran Premio del Humor Negro? Sí ¿Un narrador para niños escribiendo guiones para películas de James Bond? También. Pero, sobre todo, un escritor que se tomó a los niños en serio, y les (nos) ofreció historias complejas, divertidas aunque para nada tópicas, historias que no tienen moraleja, pero que nos enseñan a vivir. Historias con niños y adultos terribles, con monstruos verdaderamente peligrosos, con aventuras y finales felices… que no se parecen a los finales felices a que estamos acostumbrados.

Quizá lo más importante que podamos destacar de la novelística infantil de Roald Dahl sea la complejidad. Que se trate de relatos para niños ni implica que deban ser historias simplonas, lineales y predecibles. Podemos encontrar niños horribles, adultos que ignoran a los otros, y algunos que parecen muy amables, pero no lo son.

Y en Las brujas, justamente, nos deberemos enfrentar a un terrible peligro que acecha a los niños del mundo: señoras amables, dulces y encantadoras en apariencia, pero que son capaces de convertir a un niño en pavo y hacer que sus propios padres lo cocinen, trinchen y devoren. Debemos olvidarnos de escobas, verrugas y sombreros puntiagudos; si las brujas son tan peligrosas, es porque no las podemos distinguir de las mujeres normales.

Esto es lo que aprenderá un niño al compartir con su abuela noruega. Y Noruega es el país de las brujas, de modo que todos están acostumbrados a convivir con ellas. Sin embargo, esa abuela y su nieto deberán viajar a Gran Bretaña, y allí van a caer en medio de la Convención de Brujas de Inglaterra, que está presidida por la Gran Bruja Mundial, nada menos. Y nuestros protagonistas intentarán derrotar a ese temible adversario, salvando la piel en el proceso.

Con estos elementos Roald Dahl nos cuenta una historia muy divertida, que avanza a ritmo rápido, y que está contada desde la perspectiva del nieto (de quien no sabemos el nombre). Nos entrega su visión de las brujas, de los adultos y, en general, de las personas: en Las brujas abunda la gente desagradable, egoísta y antipática -como en el mundo real, en todo caso-, mientras que, por otra parte, hay personas como la abuela, un personaje expeditivo, directo, que sabe lo que quiere y lo que nunca va a querer. Capaz de desobedecer las órdenes médicas, extorsionar a un gerente de hotel o recomendar, como medida juiciosa, que un niño se bañe una vez al mes. Y es, por lejos, la persona más empática y protectora que pueda estar a cargo de un niño. No es una abuelita de cuento, no: es algo mucho mejor.

Las brujas es una novela que nos muestra un mundo creado por el autor en el que los peligros existen, en el que los monstruos viven entre nosotros, y en el que no todos los adultos tienen interés en ayudarte, ni todos los niños son encantadores y buenos. Existe el desprecio, el desinterés, existe el egoísmo, y es en ese mundo en el que un niño debe moverse, siendo capaz de protegerse, de dar y recibir amor de las personas que se preocupan por él.

Un mundo como el nuestro, pero más divertido.

LA HORA VEINTICINCO, C. VIRGIL GHEORGHIU

La hora veinticino fue publicada en París, en 1949. Y fue un best seller en su tiempo, por allá por los años 50, recibiendo la bendición de la crítica y el amor del público, con prólogo de Gabriel Marcel -nada menos- incluído. Pero luego cayó en desgracia, y ya nadie la menciona, aunque bien que lo merecería.

Como muchas novelas de su época, intenta reflexionar sobre la locura que fue la II Guerra Mundial. Y aunque fue un bombazo editorial, en algún momento se descubrió que antes de emigrar a Francia el autor había publicado escritos antisemitas en su país natal, y desde entonces recibió el escarnio público: la crítica lo destruyó, Gabriel Marcel pidió que retiraran el prólogo de esta novela, y desde ese momento todos decidieron ignorarlo educadamente. Por su parte, el propio Gheurghiu tampoco se dio muy por enterado: nunca renegó de esos escritos (aunque hacia el final de su vida declaró estar avergonzado de sí mismo), insistió en publicar una novela tras otra, de calidad irregular, y se acercó a los sectores más conservadores del catolicismo ortodoxo.

No obstante lo anterior, la novela es magnífica. Es la historia de Ion Moritz, un campesino rumano que cae por un error de la autoridad en un campo de judíos en Rumania (que por entonces era aliada del Eje, recordemos), y que cuando consigue huir, cae prisionero a un campo de rumanos en Hungría. Y luego es enviado a Alemania, en calidad de húngaro. Y en Alemania gozará del favor de los jefes, quienes lo consideran miembro de un grupo ario de la mayor pureza y lo harán entrar al ejército, aunque Moritz no dispara ni una bala, e incluso ayuda a otros presos a escapar del campo de prisioneros. Pero cuando termina el conflicto, es juzgado como criminal de guerra, por haber sido oficial del ejército alemán…

la historia de Moritz sirve para ilustrar la tesis del autor: estamos en la hora 25, aquella que se sitúa después de terminado el día, y en la que ya no hay esperanzas para ninguna persona. Y no las hay porque el mundo ha sido dominado por los “ciudadanos”, una especie que es una cruza entre la máquina, de la cual conserva la ausencia de sentimientos y compulsión por el orden, y el animal, de quien conserva la crueldad. De este modo, los hombres y las mujeres se encuentran en una situación en la que no existe un lugar para vivir libremente, porque serán perseguidos por la maquinaria burocrática, allá donde vayan, al igual que Moritz es encarcelado por diferentes regímenes, sin que nadie le pregunte su nombre ni el delito que ha cometido.

Sociológicamente, La hora veinticinco es la novela de la burocracia, de la “jaula de hierro” a la que se refería Max Weber, que atrapa y regula los actos de las personas, ya sea en sus versiones autoritarias o democráticas: a Gheorghiu le interesa más señalar un problema que trasciende a la discusión acerca de la democracia versus el totalitarismo, sino que es un asunto de nuestro tiempo. Quizá solamente Kafka haya tenido esa sensibilidad para interpretar el horror de la máquina impersonal del Estado moderno.

Y emotivamente… es el gran libro de la piedad. De la piedad infinita hacia nosotros, hacia todos nosotros los locos que vivimos en una era en la que nuestra propia inteligencia ha construido máquinas que se vuelven contra nosotros. Máquinas de metal, o de registros sin los cuales no es posible encontrar aire para respirar.

EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA, H. P. LOVECRAFT

H. P. Lovecraft es inspirador de la más terrible de las maneras. Porque lo que inspira son pesadillas.

Una especie de friki, solitario y que ni siquiera se interesaba por la opinión de sus lectores, Lovecraft siempre escribió para sí mismo, para darle lugar a su fantasía. Es que su fantasía necesitaba mucho espacio. Creador de una mitología propia, sus historias despliegan una imaginación morbosa y desbocada, que viaja a zonas ajenas en todo a la humanidad: Lovecraft sueña con razas diferentes a la humana, anteriores y superiores a ella, con capacidades, historia, materialidad, estética y cultura totalmente distintas a la nuestra, y amenazantes, además. Capaces de destruirnos en el momento como a insectos si algún día llegaran a despertar.

En las montañas de la locura se presenta como el relato de un científico sobre su viaje a la Antártida. Nos da detalles sobre la expedición, con un tono pretendidamente objetivo y que da preferencia a los hechos, aunque el autor va ofreciéndonos sus impresiones, los estados de ánimos que le va sugiriendo su expedición, y los recuerdos vinculados a cultos arcanos. prehumanos y monstruosos que le asaltan al ver la naturaleza inhumana del continente helado. Eso, y las constantes advertencias para que nadie, pero nadie. se anime a repetir su travesía, so pena de un horror que no puede nombrarse.

En un estilo seudocientífico, nos cuenta de los inicios de su expedición con fines geológicos, y luego de unos inauditos descubrimientos: algunos ejemplares de una especie congelada, que desafía todo lo que sabemos de biología, imposible de saber si es animal o vegetal, pero sorprendentemente desarrollada y evolucionada a pesar de ser extraordinariamente antigua, a la cual dan el nombre de Primordiales por algunas antiquísimas leyendas paganas.

Y los descubrimientos no terminan ahí: vamos enterándonos de que esos seres tenían una cultura sumamente refinada, y que dominaron la Tierra cuando el planeta aún era joven. Asistimos al aterrado descubrimiento de su ciudad oculta al interior de las montañas antárticas, e incluso a una visión de lo que no debe existir, pero aún existe y es la razón por la que los seres humanos no deberían hurgar en las desoladas montañas de la locura.

H. P. Lovecraft no es un gran estilista de la literatura. En esta novela abundan los párrafos interminables, llenos de terminología técnica, a ratos agotadora. El autor se solaza en contarnos la historia y cultura de los Primordiales, y gastamos casi la mitad del relato en una especie de costumbrismo intergaláctico. La adjetivación en Lovecraft resulta rebuscada y cursi, aunque esto también se debe al hecho de que las realidades que viven en sus historias se mantienen en el mundo de lo que no puede expresarse con palabras: por eso las descripciones ultradetallistas, o la repetición de adjetivos como horrible, horrendo, demoníaco, innombrable, malsano o una infinidad de averbios terminados en mente, usados con el fin de adjetivar. Se entiende que son la herramienta a la que acudió el autor para describirnos lo que no puede ser descrito, pero la verdad es que sólo provocan terror a quien está buscando ser asustado.

Pero, pese a todo lo anterior, Lovecraft nos inspira, porque su fantasía es demasiado grande y juega con nuestros temores más profundos. Porque apela a nuestra sensación de indefensión, a nuestra ignorancia cósmica y porque nos permite dar un vistazo a mundos que están mucho más allá de nuestro alcance, en una especie de hipérbole del terror.

Nos fascina, porque sus relatos están hechos del material de las pesadillas.

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