NO IMPORTA, AGOTA KRISTOF

“Sábelo: los muertos devoran a los vivos”

Esquilo

Personalmente, no creo que corresponda preguntarse para qué leer. No creo que se trate de obtener algo que no sea la lectura misma: ni aprender de los entresijos de un bufete de abogados o de paisajes polares, ni tampoco obtener una moraleja o algún mensaje para la vida, ni necesariamente entretenerse.

Uno lee para leer. Porque es acercarse a otras personas, que es como decir otros mundos. Y algunos de ellos te repelerán, y hacia otros te sentirás atraído. A veces esos mundos te harán sentir cómodo y abrigadito, y otras veces te pondrán inquieto, con una sensación desagradable en el estómago. Y los brevísimos cuentos de No importa, de Agota Kristof, son un vistazo al mundo de la desazón.

Son una serie de relatos de entre un par de párrafos hasta tres o cuatro páginas, relatos poblados de sombras, de recuerdos que no dejan en paz a la gente, o de sueños que al cumplirse se vuelven pesadillas, o de fantasmas que recorren una vieja ciudad sin que nadie los note. Junto a ellas, aparecen historias con un tono humorístico -como la de ese hombre que quiso escapar de la ciudad, compró una pequeña cabañita en el bosque, y a los pocos años se encontró prácticamente viviendo en una zona urbanizada, mientras que en su antiguo barrio habían construido un parque para los niños. El humor de Kristof no consigue hacernos reír ni un poco, y sólo aumenta la desazón y el sinsentido que viven en este libro.

En otras historias encontramos situaciones abusivas vividas por mujeres, que más que el valor de la denuncia son otra manera de compartirnos su mundo, un mundo en el que los niños no pueden confiar en los adultos, y en que los adultos no saben de qué afirmarse. En el que un hombre que decide abandonar a su perro termina atrapado por éste, y por su recuerdo, o en el que un huérfano que siempre ha deseado encontrar a su familia recibe una carta de su padre y, horrorizado, planea escapar de éste para nunca verlo.

En estos cuentos aparece el peso de aquello que no controlamos sobre nuestras vidas: los recuerdos, el tiempo, los detalles que estropean los planes que hacemos, la muerte, la locura. La culpa no; en este mundo la culpa no es importante, quizá debido justamente a que los personajes no son capaces de controlar su realidad.

Al final, un libro un poco atroz, pero fascinante, que con un estilo parco y desemocionalizado, pero que se vuelve emotivo precisamente porque narra una historia de incomunicación tras otra, porque no parece haber esperanzas para el encuentro gratificante y amoroso para nadie.

CÓMO ACABAR DE UNA VEZ POR TODAS CON LA CULTURA, WOODY ALLEN

A Woody Allen le ofrecieron escribir una columna semanal en el diario The New Yorker. Y entonces decidió que era un buen momento para ridiculizarlo todo: el cine, la educación, la literatura, la religión. Todo. Una vez por semana escribía una sátira sobre algún producto cultural prestigioso y asentado: para burlarse de las biografías, nos presentaba una ridícula biografía del conde de Sandwich, en la que mostraba los esfuerzos del gran inventor preparándose durante años, sus intentos infructuosos y fracasos sonados, poniendo el jamón afuera del pan, o tres rebanadas de pavo una encima de la otra, sufriendo hasta dar -tras una vida de búsqueda- con la fórmula de dos rebanadas de pan y una de carne al medio, su legado a la civilización occidental.

O para poner en ridículo a las películas de terror, decide contarnos la historia del tenebroso conde Drácula… esa vez que por despiste, sale a la calle durante un eclipse solar. Y luego intenta esconderse en un armario hasta la noche, cuando el eclipse acaba, mientras sus anfitriones tratan de convencer al Conde de que deje de actuar como un niño y se sirva unas galletitas…

O mi preferida: la historia de un detective de película. Un tipo duro, de gabardina y sombrero de ala ancha, al que le gustan las chicas y las balas. Y cómo un bombón en minifalda llega a su oficina… desesperada, con los ojos húmedos, dispuesta a pagar lo que sea si el detective consigue encontrar a alguien.

A Dios.

Así, una serie de cuentitos en los que Woody Allen se divierte tirándole la cola a nuestra cultura: el autor recurre constantemente a un humor absurdo, donde conocemos mafiosos que se apodan El Carnicero, El Herpetólogo y El Positivista Lógico. O la historia de un lector de Dostoievski, que en su ansia de buscar a Dios, y acosado por las dudas, tiene una sola certeza: Dios está en todas partes. En la comida, por ejemplo… así que se vuelve un obeso mórbido de tanto buscar comer más y más de Su presencia… chocolates, chuletas y cocacolas: si Dios está en todas partes, me lo tragaré, hasta la obesidad mórbida (pero santa).

A pesar de que el autor usa siempre el mismo recurso (tomar un tema y revolverlo hasta el absurdo), la colección de cuentos no llega a cansarnos, por la variedad de temas y sobretodo por la desbordante y algo perversa imaginación de Allen, quien encuentra una y otra vez una vuelta de tuerca para tirarle un pastel en la cara a Freud, a Ingmar Bergman, al ajedrez, a la tradición judaica y a lo que se le ponga por delante.

No es un libro que te vaya a cambiar la vida, no. Pero te vas a reír como idiota un par de semanas después de haberlo leído, y eso para mí es más que suficiente.

EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS, NAGUIB MAHFUZ

Voy a partir con un juicio demasiado amplio, generalizador y seguramente incorrecto, pero entretenido: las novelas y narradores encantadores, tienden a ser conservadores, aunque no necesariamente en un sentido político. Daudet, Dickens, El principito, las Aventuras de Pinocho, los Cronopios y las Famas, todos ellos tienden a los valores de toda la vida, a separar los buenos de los malos, a proclamar el triunfo o la superioridad de la virtud, a decirnos que en esta vida hay que ser buenos y escuchar aquellas verdades que siempre supimos en nuestro corazón, pero que no queremos escuchar. Siempre la vuelta a un tiempo ideal, y ahí creo que está la clave: las novelas y narradores encantadores lo son porque refuerzan ideas y sueños que mamamos siendo muy niños, y amamos volverlos a ver.

Beckett, en cambio, no es encantador. Ni El Aleph, ni Sartre, ni Dante ni Virginia Woolf. Quizá el Quijote sea una medio excepción, porque juega con el equívoco y la ironía: el triunfo del caballero es siempre su derrota. Si Don Quijote triunfara en sus empresas, ya no sería tan encantador, sino un Amadís de Gaula cualquiera. La única excepción real que se me ocurre es García Márquez, que resulta encantador porque su lenguaje lo es, por su imaginación portentosa, y no porque nos conduzca a un lugar más hermoso y feliz.

Y toda esta larga y quizá tonta introducción es para hablarles de El callejón de los milagros, una hermosa novela del egipcio Naguib Mahfuz. En ella el autor nos lleva a la década de los ’40 en una barriada de El Cairo, que supo tener lustre en su tiempo, pero ahora es un callejón miserable en el que cada quien se salva como mejor puede. Una vecindad en la que no hay secretos y es comidilla de todos si al panadero lo golpea su esposa o si el dueño del café anda por ahí enredándose con jovencitos. En una tierra hermosa, que supo ser un gran imperio cuando el resto del mundo era poblado por bandas de cazadores, hoy malviven un puñado de egipcios, en pequeños negocios o trabajos imposibles, como el compositor de lisiados, que toma a un pobre, lo lastima sabiamente y lo convierte en un mendigo digno de compasión, por un porcentaje de sus ganancias.

Y con jóvenes que aspiran a salir de allí, incorporándose al ejército y yendo a pelear en la II Guerra Mundial, o una bella y ambiciosa muchacha que decide pasarse al otro ejército, el de las prostitutas que han librado batalla desde siempre, sufriendo baja tras baja y complaciendo a hombres que nunca se arriesgarán por ellas. Todo eso en un ambiente muy religioso, en el que se nombra a Alá a cada momento, pero luego, en la vida real, es más difícil seguir sus preceptos y virtudes. Igual que en los países cristianos.

En este micromundo, Mafhuz nos presentará una serie de personajes, muchos de ellos entrañables y tiernos, otros amargos o ambiciosos. Pero siempre su prosa hará el milagro de que les tomemos afecto, o al menos simpatía. No nos pueden caer mal, porque el autor los quiere, nos los muestra con el corazón y hace que nosotros los podamos ver como él lo hace: como animalitos que luchan por un poco de felicidad, a veces equivocándose, haciendo cosas innobles o dañando a los suyos, pero todos dolientes y humanos. No todos terminarán bien su andadura -en esto el autor no es ningún ingenuo-, y algunos sufrirán terriblemente. Pero la novela, como un padre bondadoso, nos lo puede explicar todo, y entendemos por qué esos hombres y mujeres se golpean contra el muro una y otra vez. Mahfuz se toma todo el tiempo necesario para entrar en sus cabezas y contarnos qué les sucede, por qué actúan de tal o cual manera y que aunque no estemos de acuerdo con ellos, les podamos entender.

Una novela sencilla y hermosa, que se toma su tiempo para recrear un universo entero en una callejuela. Mahfuz sabe que no necesita historias grandilocuentes, y que aquel que acierta a mostrarnos el alma de un solo hombre, es como si nos mostrara el mundo entero. Porque sabe que lo esencial es invisible a los ojos.

HERRY SOTTER Y LA MALDICIÓN VEGETAL, CLAUDIO COMINI

Para acercarse a este libro se requiere una disposición especial, porque no sería justo tomarlo en serio. No sería justo porque no estamos ante un libro serio: se trata de una evidente parodia, y lo que debemos esperar es una tomadura de pelo a Harry Potter y a su universo.

Sin embargo, por supuesto, eso no significa que todo vale. Una parodia también puede ser mejor o peor, puede ser ingeniosa o aburrida, puede ser profunda y cáustica o superficial y juguetona.

Claudio Comini ha optado por una parodia muy respetuosa del original, en la que juega mucho con los nombres de los personajes y las situaciones, pero elige no ir más allá. Ha intentado hacernos pasar un buen rato nada más, con una historia livianita y desenfadada, pero que no toque ninguno de los temas que la propia historia de Potter sí que desarrolla: el bien y el mal, la injusticia, la discriminación.

Esta es la historia de Herry Sotter, un buen muchacho con anteojos y una cicatriz en la frente (por un accidente doméstico) y sin una gota de magia en sus venas: Herry vive con sus tíos, que lo adoran tanto como desprecian a su propio hijo. Y de pronto, ambos se verán en medio de una escuela de magia en la que todos esperan que él haga cosas maravillosas… aunque Herry preferiría estar con sus amigos jugando fútbol.

Un libro que sigue bastante a la primera novela de Harry Potter. Conoceremos a un oso enorme llamado Hungry, quien cuida casi paternalmente de los chicos, los veremos calzarse la bota que te dice a qué casa de magos perteneces (igual era más higiénico el sombrero…), Herry recibirá su mascota -no es un halcón, les adelanto- y jugará una extraña y ridícula versión del quidditch. También los muchachos (a quienes se sumará Germania Ginger, claro) deberán resolver un misterio… aunque con un líder que no es capaz de coserse un botón de la camisa con magia. de hecho, puede que no sea capaz de coserse un botón incluso de la manera habitual.

Una obra para fanáticos. Un librito que a veces es divertido, con un humor ingenuo y amable, que a nadie debería molestar. Los fans reconocerán mil detalles que de seguro a mí se me escapan: nombres, características de los personajes, situaciones que vieron en las películas o novelas y que aquí aparecen algo distorsionadas. Un libro que sigue muy de cerca a su fuente, que lo parodia con cariño y simpatía, y que como tal debe ser tomado.

Una lectura para el verano.

LAS INFANTAS, LINA MERUANE

Los cuentos infantiles clásicos nos fascinan. Nos fascinan porque alguna vez nos relacionamos con ellos como niños, y los amamos sin preguntar nada. Luego, como adolescentes, los cuestionamos y nos rebelamos contra ellos, al ver toda la oscuridad que ocultaban, y las formas en que habían servido para controlarnos. Y a veces, decidimos relacionarnos con ellos como adultos y construir nuestros propios cuentos, ser creadores de nuevas historias con los antiguos elementos.

Lina Meruane ha jugado a barajar el naipe de los cuentos clásicos de Perrault y los Grimm, y mostrarnos el reverso opaco de las cartas coloreadas. Se ha decidido a contarnos la historia de dos infantas, hijas del Rey, que deben huir de su casa porque su padre las usará para pagar deudas de juego. Si los cuentos clásicos ofrecían a los niños un mundo lleno de violencia y de peligros horribles, cuyas pruebas los niños debían superar, y las amenazas sexuales quedaban sublimadas en la figura de un Lobo feroz, pero encantador, nuestra autora se ha decidido por exponer esos peligros abiertamente, mostrándonos un mundo peligroso, en el que las dos niñas deben desconfiar de todo el mundo, y en el que el ejercicio de la sexualidad todo lo toca y transforma.

Las dos infantas de Lina Meruane (Blanca y Greta) aprenderán a ser crueles en un mundo hostil: no serán malas ni buenas, sino que devolverán la maldad que reciban. Podrán preparar un cocido con los huesos de una vieja bruja, utilizar a su compañero como a un animal o descalabrar a un cura intruso, pero no son “villanas” como en una novela habitual, porque acá no caben esas categorías. El bien y el mal quedan suspendidos en este relato, y sólo importan los impulsos, como en el salvaje mundo que está detrás de la buena educación y bonhomía de los siete enanitos, o de las casitas de paja, madera y piedra de los tres chanchitos.

Esta larga historia es trufada por una serie cuentos, que al parecer ocurren en nuestra época y que no tienen relación con la narración principal. Tampoco hay relación temática entre ellos, aunque sí habrá una recurrente vuelta a la infancia (y a la infancia abusada y maltratada), a la memoria y a la falta de compasión. En todo el libro la compasión brilla por su ausencia, y podemos encontrarnos a una muchachita que asesina ancianas envenenándolas, o a una mujer obsesionada con elaborar un papel resistente, perfecto, en el que plasmar dibujos, y que trate a sus colaboradores como objetos. Del mismo modo que encontraremos un padre abusador y abandonador, como el Rey con sus dos infantas lo es en la historia principal.

Este mundo opresivo y cruel, en el que no hay mejor alternativa que tomar lo que sea posible, nos es contado con un lenguaje muy cuidado, que toma prestado el estilo de los cuentos tradicionales, pero sitúa en ellos a giros modernos y muy pedestres (“pucha” es una locución recurrente de la princesa Blanca, por ejemplo), así como un ambiente decadente y turbio, lleno de habitaciones descuidadas y personas enredándose en relaciones sexuales insatisfactorias y sin sentido, sin que importe en ellas ni el tabú del incesto ni el de la mayoría de edad. Tanto la deshilvanada estructura de la novela, como una serie de cuentos más o menos inconexos, como el lenguaje que mezcla cuentos infantiles, cajas de vino, enanos tartamudos y carne humana hirviendo en una olla contribuyen a la sensación de extrañeza, de estar en un bosque encantado en el que se ocultan flores carnívoras gigantes listas para comerte.

Un libro más interesante por lo que sugiere que por lo que dice, más valioso por lo que oculta que por lo que muestra. Un libro que remite constantemente a las heridas y al sufrimiento, que explora lugares oscuros de nuestra propia alma, y del alma de nuestras sociedades. Una especie de casa de los espejos deformes para los cuentos clásicos, y para nosotros también.

LA SOCIEDAD JULIETTE, SASHA GREY

Cuando este libro apareció, generó una andanada de críticas en blogs y sitios similares. Y en su mayoría demoledoras, además, aunque sospecho que en buena medida por razones ajenas al mismo libro. A la mayoría La sociedad Juliette les hastió, no le encontraron sentido sentido, les asqueó el vocabulario soez, y además Sasha Grey… y aquí llegamos al primer problema. Sasha Grey, una ex actriz porno que quiso ser escritora. Si este libro lo firmara Rosita González sería una novela subidita de tono y punto… pero no es Rosita, sino una actriz porno queriendo ser escritora. Y eso es un problema.

Por otra parte, resulta que se vendió como “novela erótica”, y eso hoy en día significa un subgénero de la romántica con una serie de convenciones preestablecidas, que las lectoras (en abrumadora mayoría mujeres) aceptan y esperan. Y entre esas convenciones están el final feliz (¡importantísimo!), el sexo nunca explícito, sino descrito con cierta distancia y con un lenguaje menos directo y claro, y ojalá con poco humor, que en este tipo de novelas el sexo va más con el amor o la pasión desenfrenada. Luego resulta que este libro está lleno de lenguaje malsonante, pornográfico a ratos, casi no tiene amor y termina mal. Por supuesto no es lo que el público esperaba.

Y, ojo, que no por eso vamos a hablar bien de este libro: La sociedad Juliette no es una buena novela. Es demasiado ambiciosa, intenta mezclar erotismo brutal y explícito con una historia de conspiraciones a escala mundial, y cerrarlo con una reflexión sobre el poder; y evidentemente la autora se queda corta. Era mucho proyecto para una primera novela. Además, es excesivamente notoria la influencia de la película “Ojos bien cerrados”: como es natural, esperaríamos que las influencias en una novela fueran menos obvias. Y el final (como en la película, curiosamente), resulta decepcionante.

Y entonces, ¿qué podemos decir a favor de debut literario de Sasha Grey? Que es ambicioso, para empezar. No es la novela de una celebrity, falsa y hueca, intentando ganar dinero a como dé lugar. No, es una verdadera novela de autor, con sus limitaciones y todo. Está llena -demasiado llena, incluso- de referencias cinematográficas, supongo que en parte porque Sasha desea dejar en claro su vocación artística e intelectual, pero también porque simplemente ama el cine, y La sociedad Juliette es una novela muy cinematográfica, tanto en su historia como en el modo de contar de la autora, que intenta permanentemente mostrarnos lo que está pasando, encuadrar las escenas en nuestra cabeza.

La historia es la de una estudiante de cine (¡cómo no!) llamada Catherine, que va descubriendo turbios secretos sobre el sexo, sobre el poder y sobre ella misma de la mano de Anna, una compañera de estudios por la que Catherine no puede evitar sentirse atraída. Funciona bien y el viaje de Catherine resulta creíble y bien llevado. de hecho, la protagonista es una mujer que toma las riendas de su vida, que se adentra en terrenos pantanosos sin miedo, lo que es de agradecer entre tantas heroínas dulces, delicadas e insípidas que pueblan las novelas románticas y eróticas.

Sobre la prosa de Sasha Grey hay que decir que es directa, limpia y desembozada. Escribe como uno hablaría, aunque sus reflexiones (como el capítulo dedicado al semen, por ejemplo) tienen poco vuelo y son más bien chatas. Las múltiples descripciones de actos sexuales son desenfadadas, directas y muy gráficas: la autora no le tiene miedo a las peores depravaciones (las cuales conoce a cabalidad, por otra parte). Personalmente me gusta que sean así: sin gota de cursilería, con una autora mostrándonos lo que excita a las personas, incluso aquello que nos resulta raro o nos provoca rechazo. No es una autora profunda, pero es ingeniosa y le sobra sentido común, lo que vuelve muy cómoda la lectura: algo me dice que Sasha Grey debe ser una estupenda conversadora.

Sumando y restando, una mala novela, pero no porque la autora no tenga talento (al menos si la comparamos con otros libros horribles que circulan por ahí), ni porque esté mal escrita. La sociedad Juliette es más bien un intento fallido: una novela que, por querer decir mucho, acabó quedándose en poco. Es una oportunidad para mejorar.

GRAMÁTICA DE LA FANTASÍA, GIANNI RODARI

Giovanni Rodari es un intelectual brillante que decidió dedicarse a los niños. Y no me refiero a que se dedicó estudiar a los niños, no. Me refiero a dedicarse a los niños. Como educador, pero también como escritor de literatura infantil y como persona interesada en los mecanismos del arte de contar historias, su afán siempre es ponerse al servicio de los más pequeños, antes que al servicio de las academias o de las escuelas.

Y es de eso que se trata esta Gramática de la Fantasía: el esfuerzo por compartir algunas estrategias que al mismo Rodari le han funcionado para estimular la imaginación y la creatividad de niños y niñas a través de la creación de cuentos. Habida cuenta de que existen estudios acerca de los mecanismos del pensamiento lógico, pero no sobre los pasos que sigue el pensamiento fantástico, Rodari se declara incapaz de abordar semejante tema, pero sí de contarnos cómo lo ha aprendido a hacer él, en su propia experiencia como educador en Reggio Emilia.

Y sí, por supuesto que nos encontramos con un montón de ideas para trabajar con los más pequeños: desde el famoso “binomio fantástico”, que consiste en dos palabras sin relación aparente entre sí, pero que una vez invocadas deberán unirse en un cuento, regalándonos historias tan deliciosas como la de los perros en los armarios, unos simpáticos chuchos que vivían en los diferentes cajones, anaqueles y roperos de una casa, y que terminaban metiendo en problemas a su dueño, que termina bajo el ojo de la Policía porque compraba mucha comida para perros, pero nunca los sacaba a pasear…

O un delicado análisis de las adivinanzas, su estructura y cómo un grupo de niños puede crear las suyas propias, una vez que aprende el mecanismo. O el arte de revolver los cuentos y hacer aparecer al Gato con Botas en la choza del bosque de Blancanieves (o en la Baticueva, por qué no. O en la Casa Blanca, ya que estamos). Incluso conoceremos un complejo juego de naipes, con las funciones del cuento tradicional según la clásica taxonomía de Propp, para que uno a uno los niños saquen una carta (o varias) y deban construir un cuento a partir de ella.

Sin embargo, el presente volumen no es un recetario de dinámicas, sino algo mucho mayor. Es una indagación en la mente infantil, y un alegato en favor de la fantasía. Pero no es una indagación sistemática: a Rodari no le interesa demasiado convertirse en investigador. Es más bien un esfuerzo por ayudar a soñar a niños y niñas, por entender cómo acercarse a las mentes infantiles y ofrecerles nuevos medios para viajar. Desde ahí el autor indaga en los rituales para hacer comer a un niño pequeño, que generalmente incluyen un latiguillo o un cuento muy simplificado (“ésta por la mamá…”), o en el espacio de narración de historias entre madre e hijo, o en un análisis de los juegos infantiles y su significado.

O quizá, a un nivel más complejo, decida contarnos el análisis de un cuento clásico por parte de un grupo de adolescentes, que cuestionan los valores de una historia antigua y se plantean sus propias versiones de la historia, con un nuevo contenido político, nacido de sus propias experiencias y no de las ideas de un narrador progre que quiere contarles cuentos de “antiprincesas” o alguna otra mormoneada semejante.

Aquí Rodari nos da una lección enorme: él mismo es un hombre políticamente comprometido, miembro del Partido Comunista italiano y que aspira a la transformación social. Pero constantemente se niega a imponer a los niños un contenido para los cuentos: es consciente de que muchas veces las historias creados por los más pequeños tendrán un contenido reaccionario y moralista, sea porque los niños necesitan orden y estabilidad, sea porque quieren complacer a los adultos. Pero no le importa, sino que constantemente echa combustible a la imaginación, busca liberar las mentes y no encauzarlas, y además es consciente también de que si al nivel del contenido los cuentos pueden ser reaccionarios, les ofrecen a los niños satisfacciones personales, existenciales o explicaciones míticas que son mucho más valiosas que una concepción valórica al gusto del adulto. Porque en la Gramática de la Fantasía no se viene a resolver las necesidades del adulto.

Un libro de muy sencilla lectura, y que parece escrito con liviandad, pero que oculta mucho rigor intelectual. Gianni Rodari incluye hacia el final capítulos en los que hace dialogar a diferentes autores en temas de educación, de imaginación, de literatura o semiótica, siempre con buen tino y sentido común, aunque sin realizar un análisis al uso: el autor no busca alcanzar la verdad sobre estos temas, sino mostrarnos lo que él ha aprendido, y cómo, para ponerse a nuestro servicio, tal y como este libro se pone al servicio de la infancia.

Porque muy ensayo será, pero está lleno de corazón: cómo no vamos a estar agradecidos de poder leerlo.

CORREO LITERARIO, WISLAWA SZYMBORSKA

Wislawa Szymborska es una prestigiada poetisa polaca, ganadora del Nobel el año 1996. Sin embargo, este no es un libro de poesía, sino de crítica literaria: a saber, una recopilación de las respuestas que dio a la correspondencia que recibía la revista Vida literaria. A esa revista llegaban un montón de manuscritos, obra de escritores aficionados que pedían ser evaluados o publicados.

Y Wislawa respondía esas cartas. Estamos frente a un ejercicio a caballo entre la crítica literaria, la pedagogía y el humorismo: la autora intenta contestar a los entusiastas de la literatura de manera sencilla, clara y divertida, señalándoles los defectos más notorios de sus obras, y sugiriendo algunas soluciones. En sus respuestas vemos una lectora atenta, sensible, pero también lo bastante clara como para cantarte un par de verdades, y decirte bien clarito que tu cuento funciona bien como anécdota, para contárselo a tus amigotes entre cervezas, pero no para ser publicado. Y tus poemas, fantásticos para regalárselos a tu novia, pero no tienen nada que hacer dentro de un libro.

Quizá las ideas más importantes en este libro sean dos: por un lado, la importancia del talento en la literatura, sin el cual es imposible escribir algo que valga la pena ser compartido con el público. Muchas veces los aspirantes a escritores valoran más la sinceridad del sentimiento (sobre todo en poesía). Pero, como apunta Wislawa, si fuera por eso Petrarca sería un mal poeta al lado de mi vecino Pepito, que realmente enloqueció de amor; Petrarca, en cambio, se mantuvo cuerdo y escribió su obra.

Y, por otra parte, la siguiente idea que aparece constantemente en este Correo es que es muy necesario y conveniente reconocer la falta de talento. Decirnos una y otra vez que no pasa nada, que el talento literario no es más que uno entre muchísimos, y ni siquiera es el más importante. Que se puede nacer sin él, y ser una persona estupenda y un destacado especialista en otras áreas que le dé grandes satisfacciones a su pueblo; o quizá tener una pequeña dosis de talento, la suficiente para escribir lindas cartas, o rimas amables, o cuentitos para nuestros hijos, pero sin que ese talento signifique que debas publicar tu obra, porque sencillamente es buena para provocar sonrisas, pero nada más. A ver si le hubieran dado ese consejo a Defreds, o al 90% de los youtubers que escriben libros…

Durante toda la obra es así. Un constante ejercicio de sentido común, de entregarle herramientas simples pero útiles a los escritores nóveles: por ejemplo, a uno que pregunta si debe viajar para crecer como escritor, le responderá que viajar es una cosa buena, pero que si no es capaz de ir a algún poblacho perdido y descubrir algo que contar, de nada vale que viaje al otro lado del mundo. Con mucha más ternura de la que pudiera creerse, Szymborska va conduciendo a sus consultantes, divirtiéndose un poco, pero ofreciéndoles respuestas verdaderas.

Una buena ducha de sensatez, de una ironía suavemente malévola (que a veces le hace falta a los autores debutantes, enamorados de su propia obra), y de esa sabiduría sencilla y profunda, que no necesita citar escuelas ni hablar en jerga profesional para decir verdades. Un libro recomendadísimo a cualquier joven que quiere aprender a escribir, y ameno para todo lector.

PIZZERÍA KAMIKAZE Y OTROS RELATOS, ETGAR KERET

Desenfado. Esa es la palabra, creo, para empezar a hablar de los cuentos de Etgar Keret. Tanto por el alegre revoltijo que son sus historias -digamos, por ejemplo, tres amigos que van volviéndose locos por turnos, o un útero tan hermoso que se vuelve pieza de museo- como por el lenguaje sencillo, trufado de frases breves y puntos seguidos. Etgar Keret no se complica: él sabe que escribe para los bebés de las redes sociales, y que párrafo lento es párrafo no leído, de modo que elimina todos los ilativos que puede, y acumula frases sencillas, con mucha acción y verbos, uniéndolas con puntos seguidos. Las descripciones detalladas para Balzac, y las reflexiones densas, para Dostoievski.

Y no es que en estos cuentos no haya reflexión, o no se describa nada, no. Sólo que las ideas se cuelan en la historia, mezclándose con ellas y dichas casi al pasar, como si fuese un corolario de lo que los mismos personajes ven. Y claro, se trata de personajes y situaciones divertidas, sorprendentes, variopintas… y superficiales. Personajes con conflictos vinculados a su pequeña vida interior y sus rollitos personales, que convierten en asunto universal, como en Pizzería Kamikaze, el cuento más largo y que da título al volumen. En él, un muchacho ha perdido a su novia y decide buscarla aunque no sepa dónde está, así que emprende un lisérgico viaje junto a un amigo algo friki y una chica muy bella que conocieron haciendo autostop, sin más motivo que la improbable oportunidad de encontrar a la novia perdida (luego, cuando la encuentran, no será como el protagonista se lo había imaginado, pero veremos que nadie se esfuerza por cambiar eso). Y toda esta extraña historia, ambientada en una especie de limbo para suicidas, en el que los espíritus de los suicidados tienen que esperar la eternidad. Una historia divertida, sorprendente, tierna… y livianita. Una historia de amor para millenials.

Quizá éste sea justamente su mayor mérito y su mayor limitación. Etgar Keret ha logrado contarnos historias para la gente joven de hoy, historias imaginativas, que mezclan mil tradiciones literarias y culturales sin ningún complejo, que nos narran el rollito de personajes un poco narcisistas, que no mantienen vínculos firmes casi con nada (y por eso pueden largarse a buscar a la novia de otro, por ejemplo), y que están constantemente calculando si lo que van a hacer les conviene o no. Nos ha preparado un retrato de los vacíos existenciales en los sujetos de la globalización y el capitalismo tardío, ahítos de información y faltos de sentido, dispuestos a abalanzarse sobre fantasmas: la novia perdida, el útero de la abuela extraviado, un amante que sale una vez cada cien años del infierno con permiso especial para turistas. De hecho, quizá el único acto desinteresado de los cinco cuentos ocurre en el primero de ellos, cuando un chofer de bus espera unos segundos, para que un chico lento pueda alcanzar el vehículo… y eso es presentado como una gran victoria de la humanidad, habida cuenta de los rollitos del chico gordo, y del conductor.

Sumando y restando, una lectura entretenida, 100% disfrutable, algo lisérgica, con mucho humor, y que no sé hasta qué punto es consciente de que pone bombas en los pilares de su propio edificio. No sé si sea por eso que la crítica se ha atrevido a compararlo con Kafka(!), y tampoco por qué nos aseguran, muy serios, que en estos cuentos se reflexiona acerca de las relaciones palestino-israelíes, si en la única escena que eso ocurre, dos espíritus hablan del tema, con cierta distancia desapasionada, como si se tratara de algo que aún suena importante y ellos creen que debiera importarles, pero no consiguieran emocionarse realmente. Ahí está, el mayor logro y la mayor limitación del libro, al mismo tiempo.

ARTE DE MORIR, ÓSCAR HAHN

Óscar Hahn es un poeta muy singular, uno de los autores con una personalidad más fácilmente reconocible de la actualidad, de esos que tú lees un poema y piensas “esto parece de Óscar Hahn”, incluso aunque hayas leído poco del autor.

Y mira que Hahn es un autor que toca preferentemente los dos temas más universales que puedan existir: el amor y la muerte. Los dos temas más recurridos en el mundo entero, aquellos sobre los que más se ha escrito, va Hahn y los trata, una y otra vez. Desde diferentes perspectivas, va cambiando el ángulo, para volver siempre a las mismas preocupaciones.

Y a pesar de ello, la voz de Hahn es perfectamente distinguible y propia, sin perderse en juegos intelectuales y pretenciosos, y tampoco caer en el simplismo de una poesía que pretende ser conversacional y termina siendo básica. Creo, sin ser experto en lírica ni mucho menos, que la clave es doble. En primer lugar, la naturalidad con la que el autor mezcla diferentes lenguajes: en Arte de morir conviven la poesía medieval y el sentido del absurdo del siglo XX, los romances clásicos y la antipoesía. A veces parece elevarse a las alturas de la poesía espiritual y religiosa (Las bellísimas “Imágenes nucleares”, por ejemplo) y en otras recurre al habla más popular para hablarnos de hombres y mujeres sencillos (“Cafiche de la muerte” o “Canción de mis viejos zapatos”, entre otras); incluso hay oportunidades en que acude a modismos de origen urbano y juvenil, dotando de un habla natural y fresca a su poesía (“La muerte tiene un diente de oro”, o “La muerte está sentada a los pies de mi cama”). Hahn es como un glotón de palabras que, incapaz de decidirse por su plato favorito, va a un buffet gigante y pone en su plato un poquito de todo, sin que la mezcla sea indigesta jamás.

Y la segunda razón que permite que Óscar Hahn (y en particular este libro) posean una voz propia, está en la naturalidad con que el autor vive la métrica y el ritmo. El autor se siente evidentemente cómodo en las formas métricas más tradicionales, y lo mismo sonetea -con variaciones personales a veces, como en “Movimiento perpetuo”- que romancea, como en la “Canción de mis viejos zapatos”, o que simplemente juega con endecasílabos u octosílabos perfectos, como en el estremecedor “Correveidile del lustrabotas”, que es mi poema preferido de todo el libro. Incluso cuando acuden al verso libre, los poemas de Arte de morir pueden leerse con un ritmo propio, generalmente hecho de frases largas y que no pocas veces recuerdan a autores como San Juan de la Cruz.

Arte de morir, como es fácil suponer, es un libro de poemas vinculados a la muerte. En él, Hahn acude a veces al humor, ya sea desembozadamente (“Yo tuteo a la muerte. / ‘Hola, Flaca, le digo. ¿Cómo estai?’ / Porque todavía soy un diente de leche”), ya sea a través de imágenes absurdas dichas con toda seriedad (“Un ropavejero será tu pareja / tendrás que entregarle tu carne más vieja / y en puro esqueleto dar saltos tullidos”). Esta consideración festiva y carnavalesca de la muerte se repite, como una fiesta que siempre termina en llanto (“Y el vino con ropa de fraile / también es la muerte que espera / meterte borracho en el baile / que bailan allá en la huesera”, o “Se nos vació no más todo el prostíbulo / se vaciaron las camas y los bares / y todas las que estábamos de a pares / sollozamos de a una en el vestíbulo”).

Sin embargo, Hahn no vino aquí a contarnos chistes de velatorio. Él sabe perfectamente que su tema es la tragedia y el misterio, y que si puede permitirse bromear es sólo momentáneamente. Y entonces permite que sintamos la brisa provocada por las alas de la muerte, esas que siempre están entre nosotros, pero elegimos no sentir ( “Llegará. Siempre llega. Siempre llega puntual / el sin cesar ladrido del perro funerario”), o se permite la reflexión existencialista, sintiendo el absurdo de unos espermios locos de ganas de vivir, enamorados de todo lo que ocurre, para acabar llegando “A las aguas finales / de oscuros puertos / donde otra vez son niños / todos los muertos”).

Incluso más, no es posible olvidar que Arte de morir es un libro publicado en 1977, por un poeta chileno en el exilio. Y la reflexión sobre la muerte no escapa a la dimensión política de la muerte provocada, a las máquinas de matar, sean máquinas políticas o de metal. Hay solo una alusión directa a la dictadura de Pinochet (“Nochevieja 1973”, que abre y cierra con el inolvidable verso “Se terminó este año cabrón. Se fue a la cresta”), y luego otra más a su propia condición de exiliado (el hermoso “Hotel de las nostalgias”, que luego fue musicalizado por Mauricio Redolés, otro loco suelto). Sin embargo, en poemas como “Adolfo Hitler medita sobre el problema judío”, y más aún en el conjunto final de seis poemas llamado “Imágenes nucleares”, en las que el autor elige un todo casi profético para hablar de Hiroshima y Nagasaki, Hahn dedica tiempo a hablarnos de la muerte, recordándonos que el horror más horrible es siempre el que nosotros mismos hemos provocado.

Un poemario breve, encantador y sobrecogedor. Para reír a lágrima viva.

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