EL CRUCERO YARARÁ, LEO MASLÍAH

Leo Maslíah en un reconocido cantautor, músico, escritor, ñoño y chiflado integral. Y su humor se ha situado, en buena medida, en los equívocos del lenguaje, los deslices del sentido, las ambigüedades, los sonidos que se solapan entre sí y dan origen a cualquier otra cosa. A la manera de Oliverio Girondo, pero sin tomarse en serio ni por un minuto.

Y en esta novela eso no cambiará: se trata de una enorme sucesión de equívocos, situaciones extrañas y sorpresas en las que el sentido parece irse de paseo, aunque siempre hay un hilo manteniéndolo todo en su lugar: Maslíah es un loco suelto, pero sabe muy bien dónde está parado.

Estamos frente a la historia de Simbad Geigy, de quien apenas sabemos nada ni obtendremos demasiados datos confiables posteriormente. Lo vemos en una librería, enfrentado a diferentes personajes (y cuando digo enfrentado, es literalmente: los personajes de Maslíah casi nunca se muestran colaborativos ante los equívocos del lenguaje, sino que se insultan y agreden con ligereza y bárbaramente), y también a una realidad que se niega a permanecer estable: el dueño de la librería se irá por ahí, y la puerta del baño a veces va a transformarse en una puerta que da a un sótano, o en una puerta que se abre a los más escalofriantes experimentos. Los personajes a veces se sumarán alegremente a esta comedia loca y a veces manifestarán su extrañeza de las maneras más insólitas.

Cuando Simbad se decide a dejar la extraña librería, comienzan sus aventuras, que no tienen nada que envidiar en extrañeza a las de su remoto antepasado espiritual, el Simbad de las Mil y una noches. Lo veremos intentar entregar una cartera perdida a una mujer que va cambiando de apariencia y ocupación, probar a ser detective, paciente siquiátrico y embarcarse en un crucero que a veces parece que va a Japón, a veces a Sumatra y a veces al espacio exterior. Lo veremos enfrentar un extraño caso de muertos vivientes, renacidos por un sujeto que afirma ser médico, aunque sus propios zombies dudan de él. Veremos la violencia más brutal, desatada y luego inocente, como si se transformara en humo y efectos especiales. O como en los cuentos clásicos en que un lobo se come a una abuela y su nieta, y éstas salen de su barriga intactas.

En esta historia todo puede ocurrir, y efectivamente ocurre, en un relato que por momentos parece perder la unicidad, aunque terminamos volviendo constantemente a los mismos lugares y personajes, quienes insisten en cambiarse de nombres, ocupaciones y personalidades, mientras revolotea la sombra de la esquizofrenia en el relato. Se habla de ella, los personajes se acusan mutuamente de esquizofrénicos, se nos muestra a una mujer que pudo hacer a otra mujer, materialmente, a partir de su segunda personalidad, y cómo sería al menos posible que un grupo de gemelos vivan todos juntos, incapaces de distinguirse, con una personalidad para compartir.

Al final, en esta novela los límites entre la realidad y la ficción son lábiles, plásticos y hasta cremosos: todo puede ocurrir aquí, porque a Leo Maslíah no le importa tanto la realidad como divertirse. Y esta novela es todo lo que al autor le divierte, en el mismo plato. No se priva de ningún juego de palabras extraño, ni de ofrecernos personajes imposibles, como el terapeuta sexual del crucero, que aparece misteriosamente en tu camarote cuando vas a tener alguna acción triple X, para enseñarte, pero en realidad se escandaliza muy rápido y no sabe controlarse. O el buen marinero que ya no quiere ayudar a nadie, pero su corazón es muy dulce y siempre ayuda a todos.

Y tampoco le importa meter reflexiones torcidas sobre la salud mental, los viajes, la industria editorial y todo lo que pase por su cabeza, reflexiones tajantes e irrefutables, principalmente porque no se atienen a un marco lógico conocido. Porque esta novela, repetimos, no está hecha para tomarse en serio. A lo sumo, para tomarte el pelo.

HISTORIA DE UN IDIOTA CONTADA POR ÉL MISMO, FÉLIX DE AZÚA

Hoy traemos una noveleta muy breve, y llena de humanidad en el, quizá, más doloroso de los sentidos. Porque está llena de contradicción, que es la parte más incompresible de la naturaleza humana.

Si el título es una ofensa autoinflingida, el subtítulo ya nos propone la primera contradicción, porque reza «o el contenido de la felicidad». Insultarse a sí mismo no parece la mejor manera de acercarse a ningún tipo de felicidad, la verdad sea dicha…

Pero para Félix de Azúa parece estar bien. De hecho, toda la novelita trata de los diferentes caminos seguidos por un hombre en busca de la felicidad. La busca en la militancia política, en el sexo, en el amor, en la sabiduría, en el arte. Y una y otra vez va fracasando, porque siente que, llegado un punto, el camino elegido agota sus posibilidades y se revela como una farsa, un juego que sólo sirve para entretenernos, pero no puede dar contenido a una verdadera felicidad. Por ejemplo, cuando nos cuenta acerca del amor, nos dice que es un muy buen camino, una búsqueda de la felicidad que nos permite creer que dos se vuelven uno, y que por lo mismo nos deja conciliar la felicidad individual y hedonista con la felicidad comunitaria, compartida con otros. Sin embargo, nos advertirá que este camino es otra calle sin salida: después de la fascinación inicial por el otro, en algún momento de la relación va a suceder que los papeles se trastocan, y cada miembro de la pareja va a adquirir las cualidades del otro. Y cuando esto suceda, la fascinación dará paso al hastío, a ver nuestras cualidades en el espejo deforme de la otra persona, a descubrir cuán desagradables somos en realidad, y empieza la cuesta abajo que termina en una secretaria 20 años menor, en una oferta de trabajo en Tokio o en cualquier otra salida para ocultarnos que el amor no era la felicidad que buscábamos.

De esta manera, el autor va despreciando todo: si la política revolucionaria es lo bastante falsa como para que todos los revolucionarios terminen comprando la mercancía de la competencia y quedándose con un puestito en un ministerio neoliberal, el sexo no es más que una repetición mecánica, fascinante un ratito y luego muy aburrida. Y la sabiduría no conduce más que a la muerte, mientras que el don de crear arte es una especie de malformación congénita glorificada, un show de fenómenos para esnobs afrancesados. Qué carácter el de Félix de Azúa, oye, nada le viene bien.

Y, hacia el final de la novela, nos descubre el truco: él mismo reconoce su fundamental incapacidad para ser feliz. Su hambre de infinito, el romanticismo de «si no va a ser eterno y perfecto entonces no quiero nada». Su tragedia, la de ser un hombre que sólo sabe mirar las estrellas, y que por eso mismo nunca aprende a bailar un foxtrot, como Harry Haller. O un perreo hasta el suelo.

Como texto de cariz filosófico es entretenido, pero llega 60 años tarde: El lobo estepario ya expuso lo mismo y mejor. Sin embargo, al menos para mí, hay otra cosa que lo salva: el humor. La lengua del autor es afiladísima y tiene para repartirle a todos. A la crianza de la burguesía catalana, tan cómplice del franquismo, a las escuelas católicas, a las que sólo les importaba el dinero y el derecho de doblegar espíritus jóvenes para moldearles a su antojo, de los revolucionarios que nada más querían sacrificar a unas pocas generaciones con el fin de llegar a una sociedad justa y equilibrada, pero que corrieron a acomodarse en cuanto les fue posible, de los artistas insuflados por el ego y su mediocridad bañada en gestos altivos, del alegre infantilismo militar, que repite una y otra vez gestos inútiles, maquinalmente, llenándose la cabecita con el honor pero actuando como burócratas. De Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Hegel y los demás, servidores de cualquier tirano real o imaginario que les permitiera un puesto en una universidad y algo de honor. De nuestra civilización, que parece tan sofisticada, pero que si la miras bien no es más que un juego de monos.

Como ven, don Félix de Azúa ha decidido liberar un rato a su adolescente interior, negarse a ver los hermosos ropajes del emperador y señalarnos a todos con el dedo, acusándonos de hipócritas y cobardes, de ser unos cagones que llamamos «felicidad» a lo que no es más que vil comodidad, y que además estamos dispuestos a cualquier porquería por mantener esa ilusión.

Por supuesto, no le falta razón.

EL VIENTO COMENZÓ A MECER LA HIERBA, EMILY DICKINSON

Hoy volvemos a la poesía, y lo hacemos con una autora muy clásica. Clásica porque es un nombre consagrado en todos los cánones, y nadie puede prescindir de ella si hablamos de poesía moderna. Pero clásica también por el sabor que deja su obra tras haberla leído: no es una autora que se deleite con novedades formales o con temáticas sorprendentes, sino que capaz de condensar muchísimo significado en pocos trazos, a partir de motivos sencillos y tradicionales y con una poesía que en su mayor parte está al alcance de cualquier lector, aunque los estudiosos admiten que Dickinson también acepta lecturas complejas e intelectuales. Muy pocos autores son capaces de tanto partiendo con tan poco, y la mayor parte de ellos son antiguos griegos y latinos.

Emily Dickinson disfrutaba el aislamiento, y por su propio carácter no se sentía cómoda en contacto con muchas personas. De modo que pasó gran parte de su vida encerrada en su casa (incluso largas temporadas en su habitación), siendo más feliz al comunicarse por carta con personas afines a ella, antes que en las ciudades, alternando cara a cara con desconocidos. Y de este eremismo particular de ella surgió una obra abundante, que en su práctica totalidad fue conocida después de su muerte. Algunos de estos textos han sido recogidos por Editorial Nórdica, en una edición muy cuidada y con unas melancólicas ilustraciones de Kike de la Rubia, que combinan perfecto con los poemas que encontramos.

Se trata de textos breves, sencillos y sentenciosos, en los que Emily condensa, agudamente, sus observaciones sobre su propia vida, y la nuestra también. Pequeños textos perfectos, como «No es que morir nos duela tanto/ es la vida la que nos duele», podrían haber sido escritos por Teócrito o por Horacio. Aunque no estoy seguro que ellos hubieran seguido con la delicada imagen de la muerte como «la costumbre del pájaro de ir al Sur», y luego con el recuerdo, estremecedor, de «Nosotros somos los pájaros que se quedan./ Los temblorosos, rondando la puerta del granjero,/ mendigando su ocasional migaja/ hasta que las compasivas nieves/ convencen a nuestras plumas para ir a casa». Esto es lo que hace la autora con un tema universal: lo condensa, lo destila y luego nos ofrece el elixir solamente, como si fuera algo sencillo que se hace en un instante. Que aprendan Cabaliere y Defreds, acá no se trata de escribir la primera simpleza que se te pase por la mente y hacer que parezca profundo, sino de ser de verdad profundo y conseguir que sea lo bastante sencillo como para que cualquiera lo pueda disfrutar.

Siendo la obra de una solitaria, no puede menos que ser altamente subjetiva y personal, y por lo mismo se centra muchas veces en pequeñas observaciones del campo («Nadie conoce esta pequeña rosa… sólo una abeja la echará de menos», o el poema que da título al libro, que puede leerse como la descripción de una tormenta), o en pequeñas historias con base campesina, como el poema en que la autora pregunta por las flores que están esperando a abrirse, como si fueran pequeñas camas de los colores que animan el bosque.

Se trata de una obra que, sin ser alegre ni estar cubierta de oropel, no es una pieza triste en su conjunto, sino reflexiva y honda. Emily Dickinson piensa en todos nosotros, nos pone contra la luz que entra por su ventana y nos trae verdades. contempla con cierta distancia irónica la vida, la muerte y las adversidades, y a veces se permite una nota de humor, como cuando nos habla de la satisfacción de estar a solas con su biblioteca: «Doy gracias a estos Parientes del Estante./ Sus caras apergaminadas/ nos enamoran mientras esperamos/ y nos satisfacen al alcanzarlas». No obstante, hay momentos de tristeza muy profunda, una tristeza que casi se puede tocar con las manos, como «Tú no eres tan hermosa, Medianoche./ Yo elegí el Día,/ pero acoge, por favor, a una Niña/ a la que él rechazó».

Es un lugar común decir que los poetas abren su alma en sus obras, y además casi nunca es cierto. Encontramos proclamas, ideas, emociones sobreactuadas o fingidas, elaboraciones complejas (a veces magníficas) sobre lo que deberíamos pensar o sentir. Casi siempre abrir un poemario es entrar a una casa más o menos fastuosa, que el o la poeta ha alhajado para recibir visitas. A algunos les gusta el fasto y el oro, a otros la decoración negra y depresiva. Pero casi nunca nos ofrecen la verdad. Y Emily Dickinson sí que lo ha hecho: nos abre la portada del libro, diciendo «esto es lo que yo he hecho, no sé si es mucho o poco. Pero ojalá lo disfruten». Y miren, ya sólo eso sería un logro enorme. Pero es que además, cuando entramos, es una casa perfecta, ni tan adornada ni tan pulcra, pero una casa en la que a todos nos gustaría vivir.

INTACHABLE:30 AÑOS DE CORRUPCIÓN, VÍCTOR SANTOS

Víctor Santos quiso escribir y dibujar la historia del ascenso de un político inescrupuloso en el contexto de la crisis económica española. Le terminó saliendo un poco un policial, un poco una de gángsters, un poco un thriller político, un poco una reflexión sobre los mecanismos del poder. Y en realidad no podemos culparlo a él: contar el ascenso de un político inescrupuloso es hablar de todo eso.

Intachable es la historia de César Garrido, un muchacho de clase acomodada en una ciudad de la costa del sur de España, contada por su amigo Gabriel. Gabriel no es ambicioso ni carismático, como su amigo, pero es listo. Y violento. Así que está dispuesto a golpear a alguien si es necesario, cosa que hará con cierta regularidad para apuntalar la carrera de la joven estrella que es César.

Aliados con una banda de narcotraficantes rusos, César consigue dinero fresco del tráfico de drogas, y lo lava en enormes obras públicas que ni siquiera se sabe para qué sirven. Todos consiguen beneficiarse un poco: figuritas culturales, empresarios, políticos, el regente de un club de estriptís como Gabriel, o mafiosos rusos protegidos. Y todo avalado por la sonrisa y el carisma de César Garrido, el joven encargado de las construcciones del Ayuntamiento.

César proseguirá con su carrera hacia el estrellato, casándose con la nieta del fundador de su partido, y llegando a las grandes ligas de la política española. Pero la policía antidrogas sigue la pista de los traficantes rusos, a través del agente Unamuno, quien se empecina con encontrar a los responsables. Unamuno es un policía de la vieja escuela, recio y justo, pero no tiene problemas con el alcohol, ni es divorciado ni arrastra un pasado tormentoso, lo que es de agradecer. Y su pareja en el caso es una mujer joven, pero no es una friki ni una genio de las computadoras o de alguna disciplina científica, no tiene dificultades sociales y no sabemos si tiene novio PORQUE NO NOS IMPORTA. Gracias por eso, Víctor, en serio.

Como es de esperar, la historia se irá tensando en la medida en que César vaya ascendiendo: se establece en Madrid, pero sigue teniendo la base de su poder en la costa. Su dinero, y las personas en las que confía (o sea Gabriel, que siempre anda metido en asuntos turbios) proceden de allí. Pero lo que podía pasarse por alto en un concejal de provincia, ya no sirve para un líder con aspiraciones presidenciales, y mientras Unamuno desenreda la madeja de los rusos y termina llegando a César, éste debe decidir qué hará con quienes le han sido leales desde el principio, pero ya no le sirven.

Un cómic atractivo, que nos cuenta una historia que en el fondo, ya conocemos: políticos corruptos, grandes empresarios adueñándose de todo, el crimen y la política elegante comunicados íntimamente. Como reflexión sobre el poder se queda un poco corta, y termina estableciéndose en unos pocos lugares comunes. Pero entendemos también que fue publicada en 2012, y me imagino que para el autor tuvo un valor catártico, y le sirvió para sacarse el hartazgo monumental que debía tener con la clase política de su país.

MUERTE DE UN VIAJANTE, ARTHUR MILLER

Según el célebre aforismo de Marx, en el capitalismo la desvalorización del mundo de las personas es proporcional a la valorización del mundo de las cosas. Los objetos, que esconden en sí el valor agregado por los trabajadores, empiezan a robar el valor de éstos, su trabajo y creatividad, para convertirlo todo en ganancias que se puedan transar en el mercado. Y el obrero queda despojado de todo, mientras las mercancías dirigen el trabajo de todos hacia el patrón.

Y de esto habla Arthur Miller en la que es considerada su obra cumbre, la Muerte de un viajante, una obra de teatro en la que nos muestra a Willy, un vendedor viajero entrado en años, que ha recorrido las rutas de su país durante décadas ofreciendo sus productos. Willy siempre ha creído que un hombre que le caiga bien a los demás tiene al mundo en sus manos, y ha decidido ser el mejor vendedor, caerle bien a todos y cubrirse de éxito, siendo conocido y respetado por todos.

Lamentablemente para él, Willy no ha cumplido todas sus metas: está agotado, envejecido y su salud mental es inestable. Y además sus hijos, esos pequeños cachorros de león que él crió para que fueran triunfadores igual que él, ya son adultos y tampoco han triunfado: uno de ellos, Biff, ha pasado sin éxito por un puñado de empleos y de ciudades, sin conseguir imponerse y adquiriendo el vicio de robar en sus empleos, mientras que el otro, llamado Happy, se ha convertido en un mujeriego y poco más. El padre rechaza a estos hijos, sobre todo a Biff, al paso que vive soñando para ellos los triunfos y maravillas que él mismo no alcanzó, imponiéndoles una mochila demasiado pesada para ellos.

Willy desprecia, alardeando, a sus vecinos y amigos, los trata como a inferiores, a incapaces, al mismo tiempo que es duro con su esposa y sus hijos. Les habla como si él mismo fuera un gran triunfador, un hombre hecho a sí mismo, de ésos que salen a la calle sin nada y vuelven hechos unos millonarios. En un mundo dominado por las cosas, Willy es severo con sus cercanos, para rendirle mejor pleitesía a los objetos, a las señales de éxito y al dinero.

Y, sin embargo, él mismo pasa estrecheces, tiene deudas y ha pensado en el suicidio. Y el día en que él mismo y Biff, cada uno por su cuenta, intentan levantar sus sueños, negociar con hombres exitosos y conseguir un pedazo de éxito y dinero, ambos fracasan estrepitosamente. Willy es despedido, porque ya no es joven y no puede sostener su ritmo de ventas: ya no tiene más para dar, y la empresa no requiere de sus servicios. Biff, por su parte, visita a un antiguo conocido con la esperanza de proponerle un negocio, pero el tal conocido no lo recuerda, no sabe quién es y no tiene tiempo para un muchacho pedigüeño.

Fracasados, Biff al menos aún tiene tiempo de cambiar, de reconocer que él no necesita los sueños ajenos y que puede plantearse una vida al gusto suyo y no de los valores de otros. Pero para Willy es demasiado tarde: ha dedicado toda su vida a cumplir su propio sueño americano, y al darse cuenta de que ese sueño no funciona para todos, no tiene opciones, salvo una. Se convirtió en un mal marido, un mal padre, abandonó a todos por servir a un dios que lo ha abandonado, y que ni siquiera está dispuesto a compartir la culpa con él: los sueños fueron cosa del dinero y el éxito, pero el fracaso es todo suyo.

Arthur Miller nos ha regalado una mirada muy dura acerca del capitalismo norteamericano de mediados de siglo XX, con sus sueños dorados y su realidad de tristeza y explotación. Y no ha elegido un lenguaje realista y austero, sino que lo ha hecho a través de una obra en la que se mezclan los momentos realistas con las ensoñaciones de Willy, recuerdos y alucinaciones compartiendo escenario con los hechos presentes, para que podamos entender no solamente el presente de un Willy viejo y su familia, sino también cómo hemos llegado a este punto, qué ideas e imágenes han poblado sus fantasías, y cómo ha roto él mismo los vínculos con su familia.

Veremos, para cerrar con otra cita célebre, que no se puede servir a dos señores, porque se amará a uno y se despreciará al otro. Y Willy ha amado justo al señor que lo desprecia a él.

ISLA DECEPCIÓN, PAULINA FLORES

Llegué a Isla decepción a partir del estupendo volumen de cuentos llamado Qué vergüenza, que está reseñado acá. La autora es una mujer joven, y dejó una excelente impresión con su primer libro, de modo que abordé su siguiente publicación -y primera novela- con muchísima ilusión.

Y, además, lo que sabía de la novela era para entusiasmarse más aún: Paulina Flores asegura haber dedicado muchísimo tiempo a investigar la situación de los marinos navegando en barcos pesqueros chinos, en condiciones de esclavitud o semiesclavitud, algunos de los cuales huyen lanzándose al mar. Una narradora muy seria, abordando un tema muy serio, con atrevimiento y la mano firme que la autora ya ha mostrado para decir lo que quiere sin confundirse, a pesar de que mantenga otros intereses en el mismo texto, parecían una apuesta muy prometedora.

Sin embargo, el resultado me gustó muy poco, y creo que hay motivos que tienen que ver conmigo como lector, y otros motivos que son problema del mismo texto. De lo primero, confieso que me cuesta seguir el arte que no puedo entender (Mallarmé, el cubismo, el heavy metal…), y que me siento más cómodo con los relatos que tienen algo que decir, que empiezan por el principio y terminan por el final, y que apuestan por la coherencia. Y en este punto, Paulina Flores ha optado por una arquitectura más compleja, en la que se mezclan la historia de Lee, un marinero coreano que escapa de este régimen de semiesclavitud del que hablábamos, Miguel, un santiaguino radicado en Punta Arenas, quien lo rescata y oculta de las autoridades, y Marcela, la protagonista, hija de Miguel, que ha abandonado un trabajo sin futuro y ha terminado su relación amorosa, y decide ir a pasar unos días con su padre, encontrándose con el joven refugiado. De ahí discurre una historia en la que nos saltamos sin avisar desde Punta Arenas hasta el barco chino, desde la cabeza de Marcela hasta los pensamientos de Lee, nos metemos en un ritual mapuche casi mágicamente, para despertar en una comisaría muy real, y en repetidas ocasiones no tenemos muy claro quién está hablando o pensando o por qué marineros de un buque oriental se expresan como gurús. Al parecer, Paulina Flores decidió coquetear con una narrativa un poco más experimental, y yo como lector tiendo a marearme cuando el libro se mueve mucho.

Por otra parte, la autora abre muchas puertas, pero no tiene interés en cerrar ninguna. Ni la historia de Lee, que esconde un secreto pero luego la autora decide que no le importa demasiado ni el secreto ni Lee, y lo deja abandonado a su suerte, ni los problemas familiares, asunto que se toca y explicita, pero nunca se desarrolla, ni el problema de las condiciones laborales inhumanas de los buques pesqueros, con el que no se hace nada en realidad, ni la homosexualidad esbozada en Lee, que queda dibujada tan solo de refilón. Supongo que ésa es una decisión de la autora, dejar todos los nudos sin cerrar, dejarnos en el desamparo, con un futuro que no tenemos idea como es, pero seguro que nos zarandeará de lo lindo.

Sin embargo, la propia prosa de Isla decepción termina de abotagarme. Por un lado, los momentos poéticos del texto terminan siendo sencillamente intransitables, como el sueño de Lee casi al final de la obra, pero por otro está el problema de que la misma subjetividad de Marcela -algo exhibicionista de sus propias emociones, una millenial asustada que no se siente capaz de lidiar con su vida ni con sus relaciones- se termina colando en todo. En la sorprendentemente rica y delicada y sensible vida interior de Lee, que es capaz de fijarse en los matices de una mirada en medio de una pelea masiva dentro del buque, pero también en el cinismo cool con el que Miguel afronta su relación con su jefe, y también la decisión de acoger a un marinero coreano en su casa y ocultarlo. O en giros culturales totalmente extemporáneos para todos, menos para una santiaguina de visita en el campo, que nos cuenta una fiesta rural con música ranchera y vino tinto, pero nos recuerda que una de sus tías tiene el pelo de ese color rojo «que no le queda bien a nadie a excepción de Rihanna». Da la impresión de que la autora no consigue despegarse de sí misma a veces, y termina cubriéndolo todo con su propia sombra.

Sí, por supuesto que eso es lo que hace Kafka o Dostoievski, leer el mundo desde su propia subjetividad. Pero una cosa es describirnos un mundo como el de El proceso y otra es que todos los semiesclavos de un barco pesquero chino parezcan salidos de un taller literario de Ñuñoa. Personalmente, creo que Paulina Flores ha mostrado sus logros y sus limitaciones: es una observadora profunda, es muy sensible y certera para ir a la caza de la emoción precisa a cada momento y mostrárnosla, pero ha caído en la tentación de mostrarnos demasiado su rollito, su mundo interior.

Por último, y estando totalmente en contra de la brutalidad policial y militar en el Wallmapu, ¿qué diablos hace ahí la escena de la ceremonia mapuche? ¿no es totalmente innecesaria y extemporánea? Y además, si a la autora le interesa el tema (que es muy valioso de por sí), ¿por qué no lo desarrolla, ni antes ni después, y lo deja suspendido como un paréntesis?

ALATRISTE, ARTURO PÉREZ-REVERTE

En esta reseña nos referiremos a los cinco primeros volúmenes de la saga Alatriste, aunque en especial al primero de ellos. Los demás no, porque llegado al quinto dejé de leerlos y no creo que vuelva por ahí.

Pero partamos por el principio: El Capitán Alatriste es un libro entretenidísimo, que se lee en un suspiro. Una novela de capa y espada a la antigua, donde brillan los lances, las estocadas y la bizarría del Capitán, hombre valiente, de pocas palabras y muchas acciones.

La novela nos sitúa en pleno Siglo de Oro español, y el autor aprovecha de hablarnos algo de literatura -convenientemente, Alatriste es un hombre también de espíritu, y buen amigo de Francisco de Quevedo, a través del cual accedemos a las indecentes y divertidísimas discusiones literarias de su tiempo- y a plantearnos su cuerpo de ideas sobre la época: según él, un siglo de mierda, lleno de curas oscurantistas y de reyes incompetentes, que permitieron a una nación volverse enemiga del trabajo por puro y tonto orgullo, y que mientras los industriosos ingleses, holandeses y alemanes preparaban su futuro industrial, despilfarraba el oro de América en pavadas, en guerras idiotas y en pompas sin sentido alguno. Siglo de mierda al que sólo salva su excelso arte y literatura, la más grande que se haya visto en España.

Toda esa negra filosofía en medio de duelos en callejones, personajes hieráticos y atrevidos, amistad de hombres, bronca y cumplidora, y el amplio y oportuno vocabulario de Pérez-Reverte, que tiene un oficio enorme y es capaz de hacerte disfrutar hasta cuando te cuenta qué tipo de sombreros le gustan. Además, una frase inicial deliciosa, un acierto que invita de inmediato a seguir leyendo.

Si sólo fuese una novela, yo estaría fascinado. Me divertí de cabo a rabo y estaría dispuesto a perdonar lo plano de los personajes, porque una novela de aventuras tiene sus propios códigos, y muchas veces basta con que los personajes sean carismáticos. Lo malo es que no es una, sino que son siete.

Y cada una de ellas es una copia de la anterior. Es la misma novela escrita muchas veces (ya lo digo, yo llegué hasta la cinco). En cada novela vemos a Alatriste en diferentes lances… pero en el fondo da lo mismo, siempre es igual. Provisto de un rígido código de honor, apelando a sus amigos (todos leales a él: Alatriste es un héroe donde vaya, y todos lo admiran y están dispuestos a jugarse el pescuezo por él), Alatriste va, enfrenta a sus adversarios y siempre triunfa.

Pérez Reverte ha afirmado alguna vez que se ha inventado un personaje de moral dudosa, un antihéroe. Porque Alatriste es una espada de alquiler, que presta su fuerza para cualquiera sin preguntar si la causa es justa o injusta… pero luego, en la primera novela, lo vemos incumplir sus órdenes por motivos de caballerosidad. Y más adelante lo veremos en el sucio oficio de torturador… pero eligiendo inflingirse dolor a sí mismo. Y siempre justo con los débiles, correcto con mujeres y niños, adoptando al hijo de un camarada muerto. Lo veremos despreciar el vino de sus superiores, por respeto a sus compañeros que bebían barro en las trincheras.

Al final, el Capitán Alatriste es un buenazo. Es como una versión idealizada de Arturo Pérez Reverte: fuerte, viril, admirado por sus pares y temido por sus enemigos. Y aunque habla poco de eso, un tremendo seductor.

Aquí otro punto: en las cinco novelas, no hay un personaje femenino. Ninguno. Caridad la Lebrijana sería un estupendo personaje de Pérez: valiente, realista, una mujer que ha dado guerra a la vida, que ha ganado batallas y las ha perdido. Pero lo único que hace en toda la saga es coserle las camisas a Alatriste, cocinarle y a veces, follar con él. Sólo sirve para resolverle los quehaceres domésticos, y para que no sospechemos que el buen Capitán es del otro bando…

Angélica tampoco es un personaje, no: es un arquetipo. Es la representación del misterio de lo femenino, es la certeza de que nunca entenderemos a las mujeres. Ya desde niña lo fue: pase lo que pase y haga lo que haga, Angélica nunca se sale de su corsé: hace cosas atractivas, de verdad ama, pero al mismo tiempo es una fuente de peligros mortales. Es capaz de la mayor generosidad y de la mayor traición, porque es mujer, y nadie puede predecir lo que hará una mujer.

De hecho… ¡creo que el problema es que a Pérez Reverte no le gustan las mujeres! Literariamente, claro está. No le gustan, no las entiende. le gustan los hombres: bien fuertes, bien machos. Leales, valientes, silenciosos. le gustan los hombres porque son confiables, porque puede escribir sobre ellos y sabe lo que harán. Puede darles un código, y ellos lo van a seguir hasta la muerte. Una mujer, en cambio… quién sabe, son una caja de sorpresas.

En fin. Cinco novelas planas, iguales, divertidas y repetitivas. Llenas de muletillas (el silbido de Malatesta, por ejemplo), con una reflexión sobre España repetida hasta la náusea, quizá porque el autor no tiene más ideas sobre el tema, con personajes planos y aventuras predecibles. Leer una está bien. Dos, vaya y pase. Más de tres, es un acto de valor, y yo me detuve en el límite del masoquismo.

BARBAZUL, KURT VONNEGUT

Kurt Vonnegut ve. No habla de lo que inventa, habla de lo que ve. Cuando nos habla de un campo de batalla no es un campo de lucha lo que él está viendo, sino otra cosa. Un matadero, quizá. O la imagen de la locura. O la extrañeza, esa sensación que te deja sin palabras: el lugar ante el que un niño, viéndolo, no podría decirle a su padre que quiere ir al baño. No ante semejante horror.

Y si nos cuenta que viajó en limusina, nos cuenta que es un dulce ataúd con ruedas, con espacio para dos personas, aislado del exterior y con minibar. Y algo más: nos apunta que deberíamos ser enterrados en equipo, para no estar tan solos en la otra limusina, la que va bajo tierra.

Vonnegut lleva siempre puestos unos anteojos deformantes, que muestran la realidad como solo él la ve. Y nos cuenta lo que hay allí. Por supuesto, eso es lo que hace cualquier artista verdadero: Kafka, Homero o García Márquez retuercen la realidad porque sólo así pueden contarla. Sin embargo, los lentes de don Kurt son especialmente perversos, o especialmente inocentes quizá, y se placen en mostrarnos todas las mentiras con que justificamos actos horribles. Y, de paso, están siempre diciéndonos cómo deberían ser las cosas, qué tan sencillas y buenas podrían ser. Dicho sea de paso, supongo que su estilo, de frases y capítulos muy breves, que intercalan observaciones agudas y ferozmente críticas de la forma en que vemos las cosas con el relato principal, le permite adaptarse literariamente a esa forma tan específicamente suya de ver el mundo.

Por otra parte, Vonnegut termina volviendo siempre a los mismos temas, como un obseso: la guerra, la locura, el futuro de la humanidad, el amor, son motivos recurrentes, partan por donde partan sus novelas. Barbazul, por ejemplo, habla de la vejez. La vejez de un pintor de origen armenio, sin el suficiente talento ni espíritu, pero con la suficiente suerte como para convivir con los mejores representantes del Expresionismo Abstracto y para reunir la mayor colección de arte de esa corriente que exista en el mundo. Habiendo fracasado como esposo y padre, habiendo fracasado cuando una mujer generosa le ofreció una oportunidad de conocer el amor, habiendo fracasado como artista, pero teniendo mucho éxito como soldado, terminará sus días como un ermitaño, recluido en una casona, y con una bodega en desuso cerrada a cal y canto, con un secreto que nadie puede descubrir.

Este Barba Azul armenio ha partido como un hijo de inmigrantes pobres, y ha ascendido gracias a su talento para el dibujo comercial, su capacidad militar (recibió diversas medallas por su heroísmo) y a que fue un buen amigo con los Expresionistas, quienes le terminaron regalando un montón de cuadros. Podría estar orgulloso de sí mismo, pero en verdad no es más que un viejo con el alma rota. ¿De qué va a presumir, a ver? ¿De su carrera como pintor, que es un pie de página chistoso en la historia de la pintura, después de que la marca de pintura que eligió empezó a desprenderse de los lienzos? ¿De su esposa e hijos que lo odian? ¿De las muchas mujeres con las que se acostó, pobres desgraciadas la mayoría, dispuestas a cualquier cosa para salir bien libradas de la guerra? ¿De su heroica participación en una carnicería internacional? Pues bien, ¡tres hurras por el muchacho armenio!

Sin embargo, este viejo gruñón que se molesta si le cambian un cuadro de lugar, y que ha recibido la visita no solicitada de una mujer enérgica y encantadora, de esas a las que no se les puede decir que no, termina accediendo a revelarle el último secreto, aquello que otros no se atreverían siquiera a pedir. Rabo Karabekian, el viejo coleccionista armenio, abre la bodega para su visitante y muestra lo que debía ser su testamento. En ese almacén sellado veremos toda el alma que siempre nos escondió. Después de haber viajado del dibujo estrictamente figurativo al expresionismo abstracto, de la milicia a la paz del campo, de estar lleno de amigos a la soledad, el viejo Rabo será capaz de reunir su pasado y hacer las pases con él. Pedirá perdón, y nos mostrará que el futuro puede ser mejor, incluso si eres un anciano aferrado a sus viejas costumbres.

LOS TESTAMENTOS TRAICIONADOS, MILAN KUNDERA

Después de un muy largo receso, en el que pensé en dar por cerrada esta aventura de compartir lecturas con desconocidos que aman los libros tanto como yo, vuelvo. Pero va a ser a un ritmo más bajo: no creo que tengamos una entrada cada jueves y cada domingo, como antes, sino que será cuando me apetezca leer y compartir. Eso me evitará exigirme más de la cuenta, por un lado, y me ahorraré leer o comentar libros que no me interesan, pero que me siento obligado porque me puse a mí mismo una meta demasiado exigente. Esto es una conversación, o aspira a serlo; no es una carrera contra ningún reloj ni una jornada laboral con horarios fijos.

Y por eso también vamos a compartir libros que haya sido un placer para mí leer, o algunas veces esos libros que deberían ser evitados como la peste, o libros que por una u otra razón valga la pena compartir. El de hoy es un placer.

Se trata de una obra de pensamiento, pero construida por un narrador. Arbitraria y profunda al mismo tiempo, nos habla de… bueno, de lo que se le antoje a Milan Kundera. Se plantea como un ensayo acerca de la novela moderna, pero al autor no le importa desviarse en disgresiones acerca de la música docta, de las relaciones entre Kafka y Max Brod, de la forma de apreciar a los creadores de las pequeñas naciones, si en el marco de su pequeña historia y contexto nacional, o si en el marco de la historia universal de su arte. Kundera va y habla de lo que se le canta, y lo bien que hace: nosotros quedamos agradecidos de que sus reflexiones vayan paseando por ahí. Total, lo que se pierda en sistematicidad, lo ganamos en riqueza y en conexiones profundas entre temas aparentemente disímiles, pero que luego vemos que sí tenían que ver.

Si buscáramos una hipótesis fundamental, para vertebrar las reflexiones de Kundera, creo que sería la siguiente: la hsitoria de la novela moderna europea se inicia cuando la épica abandona el verso y se pasa a la prosa, al relato. Y en un principio, las novelas son simplemente una secuencia de historias hilvanadas por un personaje o por una situación. Los tertulianos que comparten historias en Chaucer o Bocaccio o las aventuras de Don Quijote, quien incluso se permite dejar la voz a otros durante su propia novela, y así asistimos a relatos que se instalan dentro de la historia principal sin afectarla. Continuadores de esta tendencia serán autores como Rabelais o Sterne, que construyen sus historias sin inicio ni final, tan sólo acumulando pequeños cuentos, como quien engarza cuentas en un collar. Es una literatura en la que aún pueden reconocerse los ecos de la literatura oral, las voces de ancianos contando historias, a veces disparatadas, al calor de una fogata.

Sin embargo, en algún punto la novela se empezará a convertir en un objeto cerrado en sí mismo, que empieza por el principio, desarrolla un conflicto y termina en el desenlace. Las novelas se convierten en artefactos destinados a indagar en el corazón de las personas, en la historia humana o en los conflictos sociales con las herramientas literarias. Se vuelve un arte consciente de sí mismo y de su lugar entre las artes. Balzac, Dostoievski y los demás clásicos dan su forma canónica a este «segundo tiempo» del desarrollo histórico de la novela.

Pero luego llegará el tercer tiempo: y se corresponde con la aparición de una serie de autores que exploran los límites impuestos por las novelas. Sea en la concepción del tiempo, en la historia, en la aparición de elementos absurdos y humorísticos, en muchos aspectos los autores que escriben novelas en este «tercer tiempo» recogen parte de la herencia de los viejos maestros, como Cervantes, Bocaccio o Rabelais. James Joyce, Faulkner, Kafka, y luego otros como Rushdie o García Márquez, que desde una realidad tercermundista prosiguen desarrollando un proyecto novelístico europeo, pero con un carácter propio.

A partir de aquí, Kundera nos deja reflexiones sobre el humor, el desvergonzado, saludable e indecente humor de Gargantúa y Pantragüel. O sobre el Kafka santificado de Max Brod, que termina siendo una especie de camisa de fuerza para el propio Kafka, obligado así a ser un alma demasiado sensible para su propio bien. O la música de Stravinski, compositor en apariencia desemocionalizado y poco sentimental, que en los claroscuros de sus melodías esconde una herida, la del desarraigo, que ningún «emotivo» entenderá, precisamente porque no tienen la sensibilidad necesaria para hacerlo. O Janacek, el compositor reducido por el poder, convertido en un músico de «color local», interpretado de mil maneras erróneas por directores de orquesta mediocres y demasiado ambiciosos que se creyeron capaces de enmendarle la plana al maestro.

Nos hablará de los juicios. Juicios a los que sometemos a los autores por sus apuestas artísticas, por sus juicios y posiciones políticas, por haber apoyado a las ideas que no nos gustan 30 o 40 años después. Igual que un comisario de la URSS, pero utilizando los prejuicios propios de la década. Y mira si eso no suena bestialmente actual en un libro publicado en 1993.

Kundera, al final, nos hablará constantemente de traición. De la traición que hacemos a las obras de arte cuando no podemos entenderlas, cuando las interpretamos de manera egoísta y pequeña, cuando somos mezquinos con ellas. Cuando no somos capaces de ser agradecidos, o cuando ponemos demasiado de nosotros en una obra independiente. Kundera nos pone a nosotros en el banquillo de los acusados, y nos levanta cargos por leer y oír con unos ojos y oídos demasiado cargados de nuestros propios deseos y necesidades.

Arbitrario, quizás injusto, quizás demasiado identificado con los autores que ama, pero sabio y profundo. Vale totalmente la pena leer el extenso monólogo que este señor ha preparado para nosotros sobre aquello que ha llenado su corazón.

LAS NIEVES DEL KILIMANJARO, ERNEST HEMINGWAY

Ernest Hemingway era un tipo complicado; con él nada termina siendo lo que parece. Todos hemos visto sus fotos, en las que parece rebosar energía, incluso viejo y con la barba blanca. Lo hemos visto enfundado en un uniforme militar, enérgico y valiente, y sabemos que se casó varias veces, y tuvo amores por doquier. Bebedor, orgulloso, un machote de pelo en pecho.

También sabemos que participó en la Primera Guerra Mundial, como voluntario, que arriesgó su vida en África de safari, y que era un entusiasta del deporte. Sabemos que disfrutaba boxear, y que era un gran viajero. Un hombre de acción, de aventura.

Y sus historias son lo que podríamos esperar de un hombre así: secas, despojadas de adornos y de elucubraciones emocionales. Los hechos como fueron, sin adornos. Una literatura viril, para historias sencillas y directas. Nada de psicoanálisis ni jueguecitos mentales.

Pues bien, nada de eso es tan cierto. Debajo de esa superficie ruda, se esconde un artista de profunda sensibilidad, un tipo capaz de la mayor delicadeza. Un artista que, aunque hable de aventuras en África, vive para contarnos historias sentimentales. Y aunque fue un buscador de aventuras, resulta que escribió unas historias de mucho peso intelectual, en las que renovó la literatura del siglo XX y obligó a los lectores a ser partícipes de la historia. A ver cuantos nerds de la narrativa consiguen eso.

Y por último, esos relatos que parecen sencillos y naturales, pues no lo son: Hemingway apenas nos muestra una pequeña parte de lo que ocurre, y el resto queda por nuestra cuenta. Son cuentos en que gran parte de la historia no está contada, y dejan, al terminarlas, una sensación de extrañeza, de sentir que falta algo… porque en realidad falta: Ernest no nos ha querido mostrar la historia completa, y sólo nos ha dado pistas para que la descubramos.

En el cuento Las nieves del Kilimanjaro, Hemingway parte contándonos que el Kilimanjaro es la montaña más alta de África, que en lengua nativa significa «Casa de Dios» y que a una enorme altitud se ha encontrado el cadáver de un leopardo, aunque no sabemos qué haría un leopardo allí. Luego, nos habla de Harry, un escritor que fue de safari, pero debido a su propio descuido, dejó infectarse una pequeña herida, y ahora enfrenta una gangrena que está a punto de matarlo.

Harry fue a África con su mujer, una adinerada que lo admira y ama, pero él se desprecia a sí mismo. Sabe que no es el escritor que hubiera podido, que desperdició su talento y que terminó aburguesado, ablandado por los billetes y las comodidades. Harry piensa en los libros que no escribió y a veces, esa hiel de saber que la muerte se acerca y él no hizo nada de lo que se propuso lo hace maltratar a su mujer, que lo cuida, acompaña y se desvive por él.

Y ya está. Esa es la historia. Un escritor con sus recuerdos, amargado, contemplando a los buitres y hienas que rondan el campamento, esperando un aeroplano que quizá llegue a rescatarlo, divirtiéndose en atormentar a su mujer, en beber más de la cuenta y en fantasear con los libros que no escribirá por su dejación. Un moribundo haciendo balance de su propia vida, de sus intentos por convertirse en alguien mejor, en un hombre de verdad. Una mujer a la que le sobra amor, y sólo quiere compartirlo, tener a alguien para llenar su vida. Y la hermosa sabana africana, en la que se oculta la muerte.

No es una historia amable, y a Hemingway no le preocupa si termina bien. Una obra profundamente humana, que te permite bucear en ella, y descubrir qué es lo que resuena en tu propio corazón al leer el relato. Y qué carajos buscaría un leopardo congelado a cinco mil metros de altura.

La libreta de Irma

Entrevistas, reseñas, ensayos de literatura, música y más

La vida infinita (Libros y Lecturas)

blog de literatura. Novelas. Cuentos.

Sorpresa y suspense

Sobre el arte de contar historias. Blog del escritor Juan Gómez-Pintado

A través de otro espejo

Libros que podrían salvarte la vida

El lector espectador

Biblioteca del IES Severo Ochoa (San Juan de Aznalfarache)

Cajón de Historias

Libros que podrían salvarte la vida

El Chico de las Donas

Reseñas de libros, películas, videojuegos, donas y más...

Keren Verna

Libros que podrían salvarte la vida

Mariana lee

Libros que podrían salvarte la vida

La hora Barba!!!

El tiempo del fin... YA

Leyendo bajo la luz de la luna

Libros que podrían salvarte la vida

Descartes periódicos

Libros que podrían salvarte la vida

El Lector Estepario

Libros que podrían salvarte la vida

humildelector.wordpress.com/

HUMILDE LECTOR - Reseñas de libros

JCruz Servicios Lingüísticos

Traducción y corrección de estilo de textos literarios y académicos

Literatura de Japón

Tu portal de lectura asiática y mucho más.

Crea tu sitio web con WordPress.com
Comenzar