CÓMO MUEREN LAS DEMOCRACIAS, STEVEN LEVITSKY y DANIEL ZIBLATT

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt eran dos politólogos asustados. Asustados por el ascenso de Donald Trump a la presidencia de su país, y que decidieron reflexionar sobre los peligros que afronta una democracia: cuándo se debilita, cuándo corre riesgo de descomponerse desde adentro, y cuándo termina convirtiéndose en una mascarada, una farsa dictatorial con fachada democrática.

Y aunque se trata de un libro centrado en los peligros que acechan a la democracia estadounidense, es también útil para cualquier lector interesado en la salud y el futuro de las democracias. Nos recuerda, en primer lugar, que a día de hoy una dictadura no suele llegar de la mano de un golpe de estado y un general bigotudo, ni de una revuelta hecha por guerrilleros. Hoy, los mayores peligros para la democracia están en gobernantes legítimamente electos, que tuercen las reglas hasta romperlas, que empiezan a apropiarse de determinadas parcelas del poder público, hasta terminar secuestrando la democracia e imponiendo gobiernos tiránicos a la población.

Los populistas y los antidemócratas siempre están ahí, nos dicen los autores, y es un deber del sistema político mantenerlos a raya. Sin embargo a veces eso no ocurre, por debilidad del sistema que deslegitima las alternativas democráticas y abre camino a alternativas peligrosas, o por un error de cálculo que hace que los políticos democráticos se alíen con candidatos de posiciones extremas. Aquí los autores ofrecen abundancia de ejemplos, tanto de gobernantes que llegan al poder por vía democrática y luego cambian su modo de acción como de países cuyos partidos fueron lo bastante fuertes como para aislar a los candidatos y movimientos que se ponían fuera de la legitimidad democrática, aún a costa de perder votos o incluso de apoyar a sus contrarios ideológicos.

Muy útiles resultan un par de clasificaciones propuestas en el libro: la primera es cómo reconocer a un candidato poco demócrata, el cual puede poseer alguna de estas cuatro características: 1) Rechaza, o acepta con dificultad, las reglas de la democracia. Es decir, amenaza con impugnar una elección argumentando fraude con pocos motivos, anuncia que él representa la voluntad del pueblo así que se impondrá queramos o no, etc. 2) Niega la legitimidad de sus oponentes: los acusa de traidores, criminales, acusa que no deberían ser parte de una elección, anuncia que los encarcelará si gana, etc. 3) Tolera o alienta la violencia. O sea, aprueba a otros gobernantes autoritarios, o no marca distancias con seguidores suyos que son violentos. y 4) Se muestra dispuesto a restringir las libertades de los opositores, incluidos medios de comunicación. Aquí valen las amenazas a los medios, las acusaciones infundadas, los amedrentamientos, las persecuciones políticas. Según los autores, si el candidato que usted apoya cumple una de estas características, debería usted preocuparse. Y Donald Trump cumplía las cuatro.

La otra clasificación que me gusta es la que nos señala el esquema de acción de un gobierno autoritario, representada como un partido de fútbol amañado: Paso 1, atacar a los árbitros. Se destituyen jueces contrarios a uno, o miembros del Tribunal Constitucional. O se amplían esos tribunales, llenándolos con jueces afines al propio goierno. Paso 2: compra o anula al mejor jugador de tu adversario. Se amenaza, extorsiona o coopta a los políticos rivales, figuras culturales admiradas o intelectuales de peso que no sean adeptos a uno. Se les busca un defecto (¿recuerdan los Vladivideos en el Perú fujimorista?) o se les ofrece apoyo, hasta que guarden silencio o se vuelvan amigos de uno. Y Paso 3: reescribir las reglas para que a uno lo favorezcan. Reelecciones indefinidas, modificación del padrón electoral, Constituciones aprobadas de manera ilegítima… el cielo es el límite!

Los autores dedican gran parte de su obra a analizar el por qué la democracia estadounidense ha resultado tan estable en el tiempo, y por qué ha aceptado la aparición de un presidente tan peligroso para ella misma. Y concluyen que, más que la Constitución yanqui, o sus leyes, ha resultado fundamental la cultura política de sus partidos, que después de un período tormentoso aprendieron a tratarse respetuosamente, a evitar ganar a toda costa, sino que le han permitido a sus rivales mantenerse lo bastante fuertes como para que no quisieran intentar saltarse las reglas democráticas con tal de ganar. Los partidos, nos dirán Levitsky y Ziblatt, han preferido victorias parciales con un adversario respetable a victorias totales con un adversario desesperado y dispuesto a poner en jaque todo el sistema. Han aprendido a negociar.

Sin embargo, en las últimas décadas eso cambió: han aparecido estrategias mucho más agresivas -en especial, pero no en exclusiva, por parte del partido Republicano-, que han puesto en entredicho esas reglas no escritas, y la política interna estadounidense ha entrado en un estado de guerra total, donde es normal acusar a Obama de musulmán, antiamericano y de haber nacido fuera de EEUU (Trump ha dicho cosas así públicamente), o de negarle el apoyo al presidente electo en cualquier ley o nombramiento, por nimio que sea. En un clima así, postulan los autores, la democracia se vuelve frágil, y el partido gobernante se siente tentado a adquirir más y más poder, pisoteando a sus rivales y de paso a toda la nación.

Un libro que aporta una reflexión interesante, apoyada por ejemplos de todo el mundo, y en una consistente revisión histórica de la tradición democrática norteamericana, con sus crisis y sus carencias. Un texto que nos recuerda que la democracia que a veces damos por sentada no es nada segura, y que puede caer en la medida en que no seamos firmes a la hora de defenderla.

A mí, en lo personal, me parece que los autores ponen demasiado énfasis en el rol que los partidos deben jugar en la defensa de la democracia, y faltaría hablar del rol que la propia ciudadanía, el pueblo, juega en esta lucha. Las organizaciones medias, los sindicatos, las iglesias, la cultura democrática. Pero eso es una cuestión de miradas nada más, y no quita ni pone a que Cómo mueren las democracias es un valioso esfuerzo por entender uno de los fenómenos más preocupantes de nuestro tiempo.

MERIENDA DE NEGROS, EVELYN WAUGH

Pese a ostentar el gracioso nombre de Evelyn, Mr. Arthur Evelyn Waugh es todo un caballero inglés. Y uno dotado de humor satírico, además, que ha dirigido aquí su atención al colonialismo, y nos ha contado una historia en la que dispara contra todo lo que se mueve, como tiene que ser. Nada de discriminaciones aquí: blancos, negros, árabes, pobres, ricos, hombres y mujeres, todos serán ridiculizados por igual.

Su novela está ambientada en el solemne Imperio de Azania, una minúscula nación africana, que viene saliendo de una tumultuosa guerra civil tras la muerte de su emperador, un líder respetado por todos (y divinizado por las tribus locales). Con mucha suerte (y la maña de su general, un irlandés práctico, cruel y corrupto que está dispuesto a hacer lo que sea necesario), el joven emperador Seth consigue ahogar el levantamiento y mantener su cuello indemne, en medio de funcionarios solícitos, ceremoniosos y traidores, que ya tenían todo listo para desaparecer con todo el oro al que pudieran echar mano, dejando a Su Alteza en la estacada. Por supuesto, cuando se enteran de que los hombres de Seth han vencido, todo vuelve a ser sonrisas y reverencias, mientras el joven emperador, que no se entera de nada, hace ahorcar a alguno que no le sonrió lo suficiente o algo así.

El joven Seth pudo educarse en Europa, y ahora viene con ínfulas modernizadoras: es uno de esos que creen que su propio pueblo es atrasado e inferior, y que debe a toda costa europeizarse, modernizarse y dejar atrás la barbarie nativa. De decolonialismo no sabe nada el buen Seth. Y, como le sobra poder y pajaritos en la cabeza, se decide a poner en práctica un montón de ideas impracticables, dirigidas a una población que cree en la magia y en los rituales, y que no tiene nada, pero nada, que ver con la cultura occidental. Su estilo de vida es cruel y sufrido, y su vida cultural la gobiernan temores y opiniones ancestrales. Sin embargo, todo eso a Seth le parece simplemente atraso, y ahí va proponiendo la planificación familiar a un pueblo eminentemente agrario, que depende de tener muchos hijos para sobrevivir. Y más aún, lo hace con pancartas como “por la esterilización a la cultura”, que los nativos apennas entienden (y nosotros tampoco, la verdad).

Todo esto lo logra con la ayuda del joven Basil, un inglés irresponsable y que ha dilapidado su fortuna y buen nombre en su país, pero que en Azania es un caballero elegante y moderno. Como tal, será nombrado Ministro de Modernización, y asumirá un montón de tareas que los otros Ministros prefieren dejarle a él. Basil ve toda la locura que está a su alrededor, pero no tiene fuerza ni carácter para cambiarla, y prefiere dejarse llevar, entre la falta de seso del rey y la corrupción ambiente de los mandos medios.

Y, por otra parte, también están las potencias europeas, representadas por los embajadores de Francia e Inglaterra, y por el obispo cristiano. Ellos desprecian a Seth, y a Azania, y viven intentando mantenerse alejados de los locales, a quienes prestan atención cuando necesitan algo de ellos. Sin embargo, también ellos son unos incompetentes, incapaces de manejar sus propios asuntos, unos perezozos que no pueden impedir el desastre que está ocurriendo en Azania -y que de hecho ayudan a que se produzca con su accionar- pero que, una vez que ha estallado una nueva revuelta, sólo piensan en salvarse y que los negros se maten entre ellos. Autoridades coloniales de lado a lado.

El embajador inglés, Mr Samson, es un tipo que vive preocupado de sus lirios y su billar romano, que no entiende los asuntos locales ni quiere hacerlo, y que se desentiende de toda responsabilidad para vivir bien a costa de la Reina de Inglaterra y de ciertos negocios turbios que tolera. Su hija está intentando escribir una obra de sabiduría adolescente, Perspectiva de vida, y no tiene idea donde está parada, y su mano derecha dedica su tiempo a jugar ajedrez por telégrafo. La embajada francesa captura las señales telegráficas, y se quiebra la cabeza pensando en qué código secreto será la notación ajedrecística, y admirando el genio criptográfico de Samson…

Mientras eso ocurre, la población empieza a incubar un sordo resentimiento contra Seth, el emperador modernista, y sólo confía en él porque es el Emperador y es mágico. Sin embargo, las creencias son modificables… ¿y qué pasaría si otro aspirante al trono apareciera, con la promesa de mejor magia? Cuando esto suceda, veremos de qué están hechos los líderes de Azania. Y Evelyn Waugh no tendrá piedad de ninguno de ellos.

Una novela cáustica, que a cada momento muestra su incredulidad ante la estupidez, la molicie y la traicionera cobardía de los hombres. Publicada en 1932, nos sitúa en el contexto del colonialismo británico, y ello le permite ver los lugares en que ese barniz de buenos modales y costumbres adquiridas que llamamos “ser civilizado” es mucho más fino, y donde emergen desembozadas la codicia, el egoísmo y la traición. Y además, lo hace mirándolo con distancia irónica, observando y señalando las consecuencias de los actos de cada quien. Sin juzgar, sin bajar al barro, sólo constatando los hechos, con lo cual no podemos evitar sonreír con ella.

Una pequeña joya: pronto, muy pronto, volveré a Waugh.

CINDER Y ELLA, KELLY ORAM

Hay un par de preguntas que me interesan de los best sellers, de las novelas de evasión:

1) ¿Qué es lo que hacen bien? Digo, un escritor que emociona a millones de personas, que las hace querer gastar su dinero, y luego recomendarle a otros que hagan lo mismo, es un escritor que algo debe haber hecho bien… ¿qué podemos aprender, de hecho, de un libro así?

2) ¿Qué es lo que hacen mal? ¿Dónde están los trucos y las baratijas, si las hay? ¿Qué cosas podemos aprender, para saber lo que no debe hacerse?

Así que aquí estamos, con Cinder y Ella. Se trata de una novela romántica juvenil, por lo que el lector debe asumir ciertas convenciones propias del subgénero: la pareja que se prefigura en el primer capítulo terminará quedándose junta en el capítulo final, habrá obstáculos que los protagonistas deberán superar juntos, puede que haya un maloso intentando entorpecer el amor de puro malo que es… una serie de lugares comunes que ayudan a constituir las novelas y que son asimismo lo que el público espera.

Este libro presenta, de hecho, sus propios clichés: es un retelling de La Cenicienta (y van…), a través de la historia de Ellamara, una bloguera de libros y películas que establece una amistad con un usuario del blog que usa el nombre de Cinder (ese nombre se debe al protagonista de una saga de libros fantásticos de la cual ambos son fanáticos). Entre ambos se forjará una amistad profunda, quizá incluso más que las amistades de carne y hueso, porque en el anonimato de internet ambos se permiten ser tal como son, sin máscaras ni barreras, ni roles sociales.

Y los roles sociales son muy importantes acá, porque Cinder en realidad es Brian, un actor de comedias adolescentes guapísimo, admirado por todas las chicas, y que de hecho protagonizará la película del libro de Cinder… pero además es un chico amable e inteligente, más profundo de lo que se esperaría de una estrellita juvenil. Un perfecto príncipe azul para la chica intelectual, lectora y sarcástica que es Ella.

Ella, por su parte, también tiene algo que ocultar: sufrió un terrible accidente, en el que perdió a su madre, y en el que además su cuerpo recibió terribles quemaduras, que son claramente visibles, y hacen que se sienta pésimo. Si alguna vez hubiera querido conocer a Cinder, ahora no se atrevería a presentarse ante él. Por si fuera poco, su padre (que la abandonó siendo pequeña), se hace cargo de ella, llevándosela a California, con su bellísima esposa e hijastras, y la matriculará en un colegio exclusivo, donde son todos tremendamente competitivos, y Ella será víctima de bullying. Su relación con las hermanastras será horrible, y Ella estará cerca de la depresión. Sin amigos, incapaz de salir de una casa que detesta y con una familia de la que no es parte, sólo su relación con Cinder le permitirá algo de normalidad. Y Cinder tiene sus propios problemas: quisiera tener control de su vida, pero ser una superestrella juvenil significa tener mucha presión sobre él, incluida una novia por contrato.

Se debe valorar positivamente que la autora toque temas como el bullying, la depresión, la necesidad de contar con redes de apoyo, la familia, y cómo todos debemos poner de nuestra parte si queremos hacer una relación funcionar, sea con tus hermanastras o con tu amigo de internet, del cual estás enamorada. En general, los problemas de Ella están tratados con seriedad, y es ése personaje y su lectura de las tragedias adolescentes lo que le dan valor al libro. De pronto se trata de una historia en la que una chica joven puede sentirse identificada, y puede encontrar algunas respuestas.

Por otra parte, los personajes resultan dispares, existiendo algunos que parecen mejor dibujados que otros. Dejando aparte a la pareja protagonista (que es la que recibe mayor atención y que está destinada a atraer a las lectoras), sea Juliette la más interesante, la hermanastra que va cambiando durante la novela, y que puede decirnos lo que le pasa y por qué, y su cambio durante la novela no resulta para nada forzado.

Por contrapartida, hay otros personajes que son deficitarios: Rob resulta muy problemático, por ejemplo. Se supone que es un atleta lleno de confianza en sí mismo, aunque algo callado. Y que está interesado en Ella. Pero, en ese caso, ¿de verdad creeremos que se conformará así sin más en ser un lejano admirador de Ella, y que se terminará convirtiendo en uno de sus mejores amigos? Nah, pareciera que Kelly Oram necesitaba demostrar que Ella podría ser atractiva incluso así, con sus quemaduras, pero también quería un amigo varón para Ella, y decidió mezclar los dos personajes en este Rob, atractivo pero dulce, que rebosa confianza en sí mismo, pero termina como celestino de la chica que él quería…

A mí me hubiera gustado una prosa más elegante y cuidada: el hecho de que escribamos una novela juvenil no debiera ser excusa para producir una prosa correcta y nada más: la belleza debe alcanzar para todos. Acepto que la protagonista sea una bloguera (como para que las lectoras se identifiquen, claro está). Acepto la premisa absurda de que el amigo por internet y cibernovio termine siendo el actor de moda de Hollywood. Acepto que, desde el capítulo uno, sepamos quiénes van a terminar juntos. Acepto las brujastras, y la madrastra que al final termina volviéndose buena. Pero no tenemos por qué aceptar los personajes inconsistentes (¿de verdad la madrastra puede decir las burradas que dice sin intención de herir?), ni que los escritores de romance juvenil no se esfuercen por escribir mejor, por hacer algo más que contarnos una historia funcionalmente.

Al final, si algo hay que valorar en este libro, es que Kelly Oram es que trata de respetar a sus lectoras, al menos desde la historia. Sí, les da clichés, pero intenta al mismo tiempo ofrecerles algo más que emocionalidad básica: intenta ayudarlas a entender sus problemas, intenta contar una historia que les puede servir para mirarse a sí mismas, sin caer en la moralina o en la fábula directa. Lo que me hubiera encantado es que, además, fuera capaz de respetarlas también desde la literatura y el lenguaje. Por ejemplo, La cenicienta es una historia en la cual una chica considerada inferior accede a un estatus más alto casándose con un príncipe, y eso lo vemos también aquí, con una chica con la cara quemada de novia con una estrella de cine. Pero, en ambas, la única validación posible está en su capacidad de atraer hombres con valor social: Cinder, Rob o algún otro. Quizá Kelly Oram hubiese podido tomar la estructura del cuento y hacer otra cosa con él.

EDUCACIÓN SIBERIANA, NICOLAI LILIN

La lectura de Educación siberiana es una experiencia sorprendente, es un libro distinto a lo que te puedes encontrar de forma habitual. Lo primero es el tema: se trata de la novela de un ruso, pero publicada en Italia, que incluye elementos autobiográficos pertenecientes a un muchachito criado en un pueblo de delincuentes, que aprende con orgullo a romper la ley debidamente, con respeto y seriedad, a convertirse en un criminal como Dios manda, un criminal honesto.

Y luego, va sorprendiéndonos la historia de ese pueblo: se trata de los urcas, una comunidad de bandidos deportados por Stalin desde su natural Siberia hacia la zona de Transinistria (actual Moldavia), convirtiéndose en los únicos deportados siberianos de la Unión Soviética. Incluso hoy, Transinistria es un poco tierra de nadie; oficialmente pertenece a Moldavia, pero bajo una patente influencia militar rusa, tierra fértil para actividades ilegales de todo tipo, donde la ley no llega a castigar a nadie, y que además ha declarado su independencia sin que la reconozcan más que un par de micronaciones locales. El pueblo urca se las arregló durante décadas para mantenerse independiente, de los zares, de los comunistas y de la globalización (aunque ahora están en trance de perder esta última batalla, y las nuevas generaciones aspiran a parecerse a los gángsters de la pantalla).

Y, si la historia general en la que se ambienta la novela nos sorprende, aún más lo hace el entrar a las características del pueblo urca, los criminales honestos. Se rigen por un código moral rígido, aunque muy distinto al nuestro. El robo y el asesinato están bien, pero la mentira y la falta de respeto son inaceptables. A la autoridad se la desprecia al punto de que un criminal honesto no habla a un policía, y en caso de extrema necesidad recurre a un intermediario, pero la solidaridad con los desvalidos es obligación, y punto de honor: abusar de un enfermo mental es el peor crimen que pueda imaginarse entre los urcas, y el respeto y veneración a los mayores es sagrada. Aceptan la cárcel como natural en la vida de un urca, y la muerte violenta como una posibilidad siempre real, pero no tienen el fatalismo de otros delincuentes, sino que intentan evitarla constantemente, luchan contra la desgracia, sin tenerle miedo. Es una sociedad profundamente religiosa y amiga de los símbolos, como los tatuajes, que son utilizados para contar la historia de su portador, y para que todos los criminales honestos sepan a quién se enfrentan desde el primer momento. Y es que el orgullo es un pilar en la vida de un criminal honesto, aunque vistan con humildad y eviten toda jactancia: son como esos millonarios de quince generaciones, austeros y amables, que desprecian a los nuevos ricos llenos de joyas, altanería y autos último modelo.

Y, tras la historia de un muchachito que crece en este mundo tan singular, quizá la mayor sorpresa: el lenguaje. Educación siberiana no es un libro escrito con pulcritud, el autor es amigo de las divagaciones y a veces nos da lecciones de la cultura de su pueblo en medio de la historia que nos está contando. Parte por un asunto, y nos cuenta tres o cuatro historias más entremedio, porque las va recordando mientras habla. En todo momento, Educación siberiana nos recuerda la literatura oral, y parece un relato escuchado en torno al fuego, bebiendo mate, o mejor, té negro de Siberia, mientras un anciano nos refiere sus andanzas, mezclándolas, quizá inventándoselas un poco, pero creando un fresco vital, en el que los personajes de cada escena parece que se fueran a salir del cuadro y hablarnos en cualquier momento.

Dicen los buenos narradores orales que el secreto de un cuento es conseguir que sea como un viaje, que el público haga el viaje con nosotros, que vea y sienta lo que le estamos contando. Y Nicolai Lilin consigue eso, a pesar de sus ripios como escritor. Este libro no es un alarde técnico ni mucho menos, pero la vida bulle en él, y podemos sentir a un pueblo en vías de extinción, que aprendió a sobrevivir rompiendo las leyes, porque vió desde el principio que las leyes eran emitidas por hombres con poder, que no respetaban a nadie y que imponían a los demás obligaciones crueles. Quizá esto sea lo que nos fascina: esta voluntad anarquista, que se sitúa contra toda autoridad, y que cuida a los suyos con el mayor de los celos, este pueblo que aprende desde pequeño a dominar sus emociones (quien pierde el control por un partido de fútbol, mucho más lo perderá con un arma en las manos) y que mantiene su armonía poniendo a sus ancianos en los puestos de máxima responsabilidad.

Y que choca tanto con nuestras democracias burocráticas e impersonales como con los delincuentes globalizados, mafiosos hambrientos de poder. Los urcas no ambicionan poder, solo quieren vivir bien. Y están dispuestos a defender eso a navajazos, con la brutal naturalidad del tigre siberiano.

(Para terminar, digamos que han aparecido muchas dudas acerca de la veracidad del relato de Lilin, y que incluso éste se ha visto forzado a llamar a su libro “falsas memorias”. No sabemos hasta dónde dice la verdad, y cuánto refiere a historias que el oyó pero no vivió, o cuánto hay de fantasía pura y dura. Quede esa discusión para historiadores de la literatura, y para nosotros el placer de la lectura).

LOS HIJOS DE ANANSI, NEIL GAIMAN

Neil Gaiman es estupendo, incluso cuando no lo es.

El autor de joyas como Sandman, o novelas magníficas como American Gods o Buenos presagios (a dúo con Terry Pratchett) es sumamente prolífico, y naturalmente no toda su producción es del mismo nivel. Pero si algo tiene Gaiman es oficio, muchísimo oficio, y es capaz de contarte la misma historia todas las veces que quiera, y que siempre parezca diferente.

Y con eso de “la misma historia” me refiero a que Gaiman mantiene unas pocas ideas, tenazmente, en gran parte de sus obras: la idea de que estamos todos construidos a partir de historias, y que nuestro mundo es también una gran historia, o muchas que siguen contándose y reescribiéndose en nuestras vidas, como un naipe que se baraja de diferentes maneras, pero con las mismas pintas de siempre.

Y, desde ahí, los dioses: todos los dioses que hemos adorado existieron, y existen aún. Porque son la expresión de nuestros deseos, de nuestro amor y nuestras esperanzas. Cuando pierden a todos sus adoradores, como los dioses antiguos, van sobreviviendo como mejor pueden: en Sandman vemos a Astarté bailando en un local de topless, y en American Gods vemos a Odín como un estafador de poca monta. Aquí contamos la historia de la familia de Anansi, el fascinante dios africano de los engaños.

Anansi es una divinidad que muchos pueblos africanos adoraron, identificándolo con las arañas, y es el engañador: a veces se muestra simpático y travieso, y a veces agresivo y hasta cruel. Y esta novela se centrará en Gordo Charlie, el hijo de Anansi. Se trata de un hombre que es más objeto de burlas que bromista: un tipo que tiene un trabajo tan humorístico como el de contador, que tiene un noviazgo aburrido y una suegra que lo odia, no sabe cantar en público (aunque canta muy bien) y, además, tiene los peores recuerdos de su padre.

Sin embargo, en el funeral de su padre (un dios como Anansi de vez en cuando elige morirse una temporadita, sí), Gordo Charlie descubre la verdadera identidad de su progenitor… y la existencia de un hermano suyo que desconocía. Ese hermano tiene algunos de los poderes de su padre, y es un tipo extrovertido, carismático, conquistador, engañador. Como su padre, a quien Charlie detesta.

Este hermano (que se llama simplemente Araña) se irá a vivir por un tiempo a la casa de Gordo Charlie, desestabilizándole la vida, el noviazgo y su fuente de empleo. Por supuesto que sin pedirle permiso a Gordo Charlie: todos saben que es incapaz de echar a su hermano de la casa. En su afán por sacarse al incómodo visitante de encima, Charlie irá aprendiendo cosas: Anansi es el dueño de todas las historias, y de las canciones, y se las ganó al Tigre: cuando las historias eran del Tigre eran todas de miedo y violencia, y cuando fueron de la Araña fueron de ingenio y diversión, y eso creó otro mundo. Sabrá que los pájaros son los enemigos naturales de las arañas, y que lo son por una vieja jugarreta que Anansi le hizo a la diosa de las aves.

Se verá involucrado en líos cada vez mayores, en su trabajo, en su relación amorosa, y también con los viejos dioses. Y, aunque lo deteste, quizá deba recurrir a su parte divina para solucionarlo.

Una novela ágil, divertida, estupendamente armada y documentada, para leer y disfrutar sin exigirle mucho tampoco. Una novela que quizá recurre en demasía a la fórmula Gaiman: el mismo humor, los mismos temas, los dioses, los cuentos. Personajes torpes y patosos que sabemos desde el primer capítulo que terminarán encontrando su lugar en el mundo. Un poquito predecible… pero Neil Gaiman es estupendo incluso cuando no lo es.

EL PODER, UNA BESTIA MAGNÍFICA. MICHEL FOUCAULT

El gato piensa “Bestia magnífica, la puta que te parió”. Y bue, si bautizas a tu gato como Insanity, te lo mereces también.

El volumen que nos ocupa hoy es una recopilación de entrevistas, proclamas y charlas emitidas por Michel Focuault, la mayor parte de las cuales no estaban disponibles en español. Por lo tanto, se trata de un libro que nos permite un acercamiento a la obra del pensador de una manera asequible para cualquier persona que, sin ser especialista en filosofía o ciencias sociales, tenga interés por la obra y el pensamiento foucaultianos.

El libro está estructurado en tres partes: El poder, La cárcel y La ciencia, y en cada uno de ellos se incluyen documentos en los que Foucault discute preferentemente acerca de estos temas. Preferentemente, porque en realidad temas e ideas se entrelazan, conversan entre sí, se van potenciando unas con otras, sin nunca formar un corpus unívoco de ideas, una teoría cohesionada que permita explicarlo todo, a la manera de un Marx o un Luhmann. Más bien se trata de reflexiones que, partiendo desde lugares muy disímiles, vayan ayudándonos a pintar un cuadro más amplio, a darnos una perspectiva mayor para acercarnos a nuestra realidad.

Y quizá un buen lugar para empezar a conversar acerca de eso sea la pregunta ‘¿Qué es el poder?’, o mejor aún ‘¿Cómo actúa el poder en las relaciones reales?’. Y ante esto Foucault no imaginará al poder como una especie de monstruo dispuesto a obligarnos a hacer o pensar, ni tampoco va a vincularlo exclusivamente al poder político y del Estado, sino que lo imaginará en términos de relaciones de poder, de intercambios entre personas y/o instituciones, que presionan cada quien hacia sus intereses, y que van sosteniendo una lucha constante, significando y resignificando los distintos lugares y actos de la vida.

De este modo, el poder lo ejercen los gobiernos, claro. Pero también los padres y madres que intentan gobernar a sus hijos, y los maestros que se esmeran en dar una formación (darles forma) a sus estudiantes, y el sistema jurídico y policial que intenta controlar el delito, o el gremio médico que intenta definir la salud y la enfermedad, y convencernos de que actuemos de tales o cuales maneras. Todos los actores antes mencionados realizan sus tareas a partir de una justificación práctica o moral, o ambas: pero al mismo tiempo sirven a la tarea de mantener el control sobre la sociedad, de definir sus límites y separar lo aceptable de lo inaceptable, castigando y reprimiendo lo que no es aceptable. Y además sin que, por cierto, la justificación moral o práctica pierda validez: la sociedad sigue necesitando transmitir el conocimiento, mantenerse saludable y defenderse del delito. No obstante, la manera en que se elige hacer todas esas cosas está también al servicio del poder.

Un ejemplo bastante claro, y al que Foucault dedica todo el libro Vigilar y castigar, es el de la transformación del sistema penal: desde una Edad Media en la que el tormento público era usual para castigar a los delincuentes y disuadir a quienes se sintieran tentados, la modernidad pasa a un modelo carcelario, que encierra y mantiene controlados permanentemente a los reclusos. Por supuesto, se trata de una decisión humanitaria; es innecesariamente cruel torturar delincuentes. Sin embargo, e incluso más importante que eso (recordemos que en nuestra época no es que falten torturas) es que la cárcel es más eficaz para ejercer el poder: si el príncipe antiguo necesita reafirmar su poder activamente, y castigar de manera pública y violenta a los transgresores para que quede claro quién manda y quién tiene a Dios de su lado, el Estado moderno nace de un pacto entre iguales (en teoría), de un acuerdo entre ciudadanos, y por lo mismo la administración de justicia sólo encuentra justificación en la medida que sea racional y aceptable. Por lo cual, tener vigilados a los prisioneros es una forma en que el Estado puede mantener el control y el poder sin necesidad de espectáculos perversos. De hecho, las cárceles modernas son infaustas también, pero mientras mantengan una fachada institucional y eficiente, la ciudadanía acepta ignorar las mil y un iniquidades que se producen en ella, e incluso elige muchas veces culpar por ellas a los propios delincuentes.

Por otro lado, Foucault añadirá que la cárcel misma, y todo el sistema penal, funcionan para darle orden a las sociedades, para expurgar a los individuos que no se adaptan al funcionamiento capitalista y mantenerlos encerrados, alejados de los lugares de valor (¿o acaso un ex-presidiario va a conseguir un buen trabajo, salvo excepciones?) y mantenidos en los márgenes, al igual que los locos, quienes también resultan inaceptables para la mantención del orden y son mantenidos en recintos especiales para que no interrumpan a nadie.

De este modo, Foucault intenta mostrar las relaciones de poder como ellas funcionan en la realidad, en muchos casos acudiendo a la historia de las instituciones: de la cárcel moderna, del hospital psiquiátrico, de las reglas internas de la ciencia. Desde aquí obtendrá unas conclusiones muy críticas hacia el orden social, por supuesto, pero no se convertirá en un intelectual militante a la manera de un Jean Paul Sartre, por ejemplo, sino que su afán es producir un conocimiento que sea capaz de transformar la forma en que vemos la realidad, antes que ser un luchador político que convierte su conocimiento en herramienta de liberación.

En suma, una notable selección de entrevistas -con entrevistadores que son un gran aporte a la conversación la mayoría de las veces- conferencias ante diferentes públicos y declaraciones que dan cuenta de la faceta pública del autor, no tanto como activista político, pero sí como pensador que intenta, desde sus herramientas disciplinarias, plantear algunos de los problemas de su tiempo. Un libro que nos permite acercarnos y entender algo mejor a uno de los autores fundamentales del siglo XX, y a uno de los que mayor influencia han tenido sobre nosotros.

CARTAS A UN AMIGO ALEMÁN, ALBERT CAMUS

Los que amamos leer siempre tenemos un puñadito de autores -nunca más que los dedos de una mano- a los que volvemos constantemente, a los que acudimos en momentos de duda, y que podemos dejar sin leer mucho tiempo, pero nunca los olvidamos, como no se olvida al maestro que te enseñó a sumar.

Para mí, Albert Camus es uno de esos faros. Uno de esos autores que te ayudan a entender tiempos difíciles. Y las Cartas a un amigo alemán son un testimonio de tiempos muy, muy difíciles: son cartas publicadas en la época en que Camus trabajaba en la clandestinidad, en la Resistencia francesa de la Segunda Guerra Mundial. Son un documento brevísimo, que tenía sentido en un momento y en un lugar concretos, que sirvieron para inspirar y animar a los demócratas en una hora muy oscura.

Sin embargo, y aunque en un principio Camus no aceptó que estas cartas fueran publicadas en formato de libro, terminó accediendo, agregándole un prefacio para aclarar que, aunque en el fragor de la guerra era aceptable hablar de Alemania o Francia como enemigos, una vez terminada la lucha se hacía necesario dejar en claro que la verdadera enemistad era entre los nazis y los europeos libres. Que verdugos, víctimas y personas nobles hubo y habrá en todas partes.

En las cuatro breves cartas, Camus plantea las diferencias entre él y su antiguo amigo, a quien ya no puede aceptar. Nos cuenta cómo ambos partieron de un pensamiento común, aceptando el sinsentido de la vida humana. Pero, mientras el amigo alemán se refugiaba en el instinto, en la voluntad de dominio y en la parte más violenta de los hombres, buscando simplemente el poder, Camus pensaba, primero nada más como intuición y luego viéndolo ya más claro, que la injusticia no puede ser el ideal, que tiene que ser rechazada siempre. Que aunque la vida no tenga sentido “en abstracto”, sí que la tiene “en concreto”, para el Juan, Pedro o María que cruzamos en la calle. Y por eso, es necesario defender lo justo.

Esa diferencia, dirá Camus, es lo que le hizo a él y a los suyos dudar mucho antes de acometer la guerra. Es la ventaja de los verdugos, el paso adelante de los que aman destruir. Y es también su perdición: porque mientras los violentos y asesinos no tienen escrúpulos, aquellos que piensan antes de batallar tienen algo más que brutalidad. Tienen ideales, y un sueño que defender, cuestión que los verdugos nunca tendrán. Al fin, es la permanencia de la lucha entre el Bien y el Mal, en un mundo en que no puedan ser aceptadas sus justificaciones teológicas ni ultramundanas; es el fundamento de una moral pública, ciudadana y existencialista, fundada en la realidad del sufrimiento y de la esperanza de los hombres, única base que puede ser aceptada por Camus, pero que será defendida a ultranza, lo mismo en el El mito de Sísifo que en El hombre rebelde.

En fin, una obra amarga quizá. Quizá demasiado solemne y pontificante, quizá demasiado seria. Pero hay momentos -muy escasos, sí- en que la propia alegría resulta frívola, y la solemnidad es el único tono posible.

Y para momentos así, Albert Camus es el hombre indicado.

EL AÑO DEL JARDINERO, KAREL CAPEK

Mi gran descubrimiento lector de 2020 -y uno de las grandes lecturas de la vida- fue La guerra de las salamandras de Karel Capek, una obra maestra de lado a lado, que se lee con una sonrisa constante y que dice más verdades que el profeta Anuel. Yo al autor lo desconocía por completo (luego me enteré de detalles geniales, como que es el creador de la palabra “robot”, que viene de robota, que significa trabajo en checo, y que es la razón por la que en su tumba siempre hay robotitos de juguete dejados por los visitantes), y por lo mismo abrí este libro esperando con grandes expectativas, esperando al menos disfrutar muchísimo de su lectura. Y no he quedado para nada defraudado: El año del jardinero es una delicia.

Se trata de una novelita planificada como un año calendario, que nos cuenta mes a mes las labores de un jardinero entregado a su jardín, el cual siempre le da tareas y lo mantiene absorbido, consumiendo todos sus esfuerzos y su voluntad. Parte Capek dibujándonos a los jardineros como dementes inofensivos, capaces de sacrificarlo todo por un brote de caléndula y de no solo esperar, sino considerar evidente que los demás deben hacer sacrificios similares, desalojar toda la casa para los sacos de tierra y levantarse a cualquier hora del día que las flores necesiten riego. Aunque sean tres horarios distintos a lo largo de la noche, para cada especie. Capek nos cuenta todos los esfuerzos que hace un jardinero, pero además nos muestra cómo se ve el mundo desde el punto de vista de quien vive para las flores: cómo algo tan natural como el tiempo se convierte en un enemigo que sólo sirve para trastocar nuestros planes.

En este punto Capek nos recuerda algunos cuentos de Mark Twain, que tiene una sensibilidad similar para caracterizar a algunos tipos humanos, y la incomprensión de los hombres cuando la realidad no quiere comportarse de acuerdo a nuestro deseo. Sin embargo, a medida que avanza el librito, va más allá y ya no es solamente una sátira contra los jardineros, sino que empieza Capek a mostrar su amor por esos hombres pacientes que trabajan no para hoy, sino para pasado mañana, que cultivan frenéticamente, poseídos por algo más grande que ellos mismos, y que apenas tienen tiempo para disfrutar su propio jardín cuando el invierno lo ha cubierto de nieve y no puede verse ninguna flor. El autor se muestra compasivo y amable, y nos recuerda que la naturaleza no para nunca, como los jardineros, y que el dulce sueño invernal de las flores no es más que la cara que oculta la frenética actividad de las raíces. Nos recuerda que aquello que no está listo ya empezando en invierno, no lo estará en la primavera.

Y esos hombrecitos ridículos, ansiosos por mostrarnos sus flores, pero que cuando vamos a verlas no nos prestan atención porque están demasiado ocupados en plantar un nuevo bulbo y sólo esperan que no le pisemos sus plantas, terminan apareciendo como soñadores, como los obreros de un ideal, que siempre están más allá del mundo porque no trabajan para nosotros, y ni siquiera para ellos mismos: trabajan para la Naturaleza.

Capek ha querido hacernos sonreír, pero ha terminado por regalarnos un hermoso ejercicio de empatía universal, y nos ha recordado una verdad tan simple como mal recordada. Que todos los hombres y mujeres tenemos un corazón muy parecido, y amamos con sencillez, porque no somos más que animalitos muy simples.

Por último, dos palabras sobre los dibujos de Josef Capek, el hermano del autor, que decoran el libro. Son dibujos muy simples, de trazo infantil, que complementan perfectamente la inocencia y el humor bondadoso del libro, volviendo al volumen mucho más querible y simpático de lo que ya era por el puro texto.

LAS AVES, ARISTÓFANES

Con Las aves estamos frente a un clásico en toda regla: se trata de una de las comedias fundamentales de Aristófanes, el autor cómico más relevante de la Grecia clásica.

Y en verdad, para el lector moderno puede resultar un poco difícil la lectura inicial, dado que se trata de una comedia muy contextual, que requiere conocer la antigua Grecia, y que de hecho contiene muchísimos chistes alusivos a personajes de la época, dueños de tiendas, dramaturgos mayores y menores, soldados o sabios que hoy nadie recuerda. A diferencia de los grandes trágicos, que escriben sobre temas universales, importantes en esa época, hoy y en el siglo XXX, Las Aves baja al barro para meterse de lleno en la discusión de su época, y lo hace burlándose de sus conciudadanos y sus costumbres. La primera tarea, entonces, será escudriñar en la obra y descubrir de qué modo nos interpela a los hombres y mujeres de hoy que, además, no somos especialistas en literatura clásica.

La historia parte con dos hombres maduros, Pistetero y Evélpides, quienes huyen de Atenas buscando una ciudad más cómoda y amable: están hartos de los juicios y pleitos propios de Atenas, y quieren pasar sus vidas en paz. Ya aquí aparece una crítica política: Aristófanes era un conservador, y probablemente resentía que su polis, tan demócrata, estuviera llena de gente hablando y discutiendo sobre todo, en vez de simplemente hacer lo que siempre estuvo bien.

Por otra parte, nuestros protagonistas pronto revelarán sus deseos de vivir sin trabajar: encontrándose con Tereo, un antiguo rey convertido en pájaro por los dioses, le pedirán que convoque a todas las aves, y les proponen construir una gran ciudad en el cielo, para que el humo de las ofrendas de los hombres a los dioses no llegue al Olimpo, y los humanos empiecen a darle ofrendas a las aves, y no a los viejos dioses. Los pájaros acogen con alegría esta propuesta, y comienzan a construir muros para la nueva ciudad.

Y, curiosamente, el absurdo proyecto tiene éxito: los dioses sufren allá arriba por la falta de ofrendas, y los humanos empiezan a servir a las aves. Las imitan, las siguen, cantan como ellas. Algunos incluso intentan acceder a la ciudad: un poeta, un adivino, un geómetra y un vendedor de edictos llegan ofreciendo sus servicios, y son despedidos rápidamente (ojo: la llegada del vendedor de edictos significa que Atenas intentaba imponer sus leyes, imperialistamente, como había actuado antes con otras naciones).

Otros hombres llegan a pedir alas: un asesino, un poeta sin inspiración y un delator profesional, que son también despedidos. Imagino que esto representa la clase de personas que intentaban vivir en el proyecto de las aves…

Y, por último, son los propios dioses quienes mandan una delegación a negociar. Es la prueba suprema para nuestros protagonistas y su idea de una ciudad en el cielo. Pero éstos, advertidos por Prometeo, son lo bastante listos y juegan al político de una manera sorprendentemente hábil.

Las aves es una comedia para que se rieran personas de hace 2.500 años, y no es una lectura para pasar un rato agradable. Es más bien un texto para conocer un poquito más las tradiciones políticas y culturales de una civilización clave en nuestro propio desarrollo, y un lindo ejemplo de sátira desvergonzada, irreverente y absurda: Aristófanes tiene munición para repartirles a todos, y se permite reír de los políticos, de la plebe, de los poetas, de los dioses… y hasta del jurado del certamen al que se estaba presentando, cuando el coro de pájaros los amenaza con que, si no les dan el primer premio, cagarán todos juntos sobre sus cabezas.

De hecho, Las aves es una comedia que se burla de “los tiempos modernos”, de esos jóvenes que no quieren trabajar duro como sus padres, que quieren vivir en Jauja, que persiguen sueños imposibles y enredan todo con su inagotable palabrería, en vez de respetar las normas y a sus mayores, como siempre debió ser. Es un humor que entronca con el del País de los juguetes de Pinocho, y que nos recuerda a esos amigos de las redes sociales que protestan contra “la ideología de género”, contra los hombres que se visten de mujer y contra todo lo que no es como antes, solo que sin el humor y la sofisticación de Aristófanes.

Supongo que el poder no se lleva bien con el humor, y es por eso que el mundo conservador no nos da grandes ejemplos de sátira; porque el poder siempre es conservador, siempre quiere mantener el pasado. Incluso en la URSS. Aristófanes vivió la época del auge de la democracia y la aparición de mil doctrinas novedosas, y como buen conservador (y genio de la comedia), lo resintió en sus obras. Y nos ha hecho un regalo invaluable: una sátira política y social del siglo V antes de Cristo.

PADRES, HIJOS Y PRIMATES, JON BILBAO

La de hoy es una novela breve, una especia de cuento largo, muy tenso y técnicamente impecable. Nos relata una sola historia, como en los cuentos, y va metiéndole presión a su protagonista, con toda la calma del mundo, para que veamos cómo reacciona. Bilbao no tiene apuro, y sólo va conduciéndonos a una situación límite, en la que no sabemos de qué manera terminará resolviéndose. Sin embargo, también funciona como una historia de masculinidades tóxicas fagocitándose entre sí.

La historia es la de Joanes, un ingeniero español que, aunque fue un destacado estudiante en la universidad y tenía un futuro promisorio, luego no ha conseguido ver cumplidas sus expectativas, y tiene que recibir la ayuda económica de su suegro. El suegro es un pintor famoso, y está forrado, y por supuesto que toda esa ayuda la cobra actuando con prepotencia, tratando a Joanes como un inútil y a su hija como una tonta. Es muy obvio que el viejo cree que Joanes no es suficiente para su niñita, y que él debe esforzarse por ayudar a estos idiotas, que quién sabe qué les pasaría si él no los protegiera. Joanes se ve a sí mismo como un proveedor fallido, como un tipo que tenía muchos sueños, pero a la hora de la verdad no vale lo suficiente. Ni para proveer a su familia, ni ante otros hombres: la empresa que mantenía con un amigo empezó a hundirse cuando su amigo salió de la sociedad… Hombre, ¿es que será que Joanes no es tan bueno?

Y la historia empieza a desencadenarse en México, donde el suegro va a casarse con un perfecto trofeo: un bombón 20 años menor que se interesa más por el horóscopo que por las Bellas Artes. La muñequita sueña con casarse en Acapulco, así que Joanes y su familia están invitados a la boda, viaje y estadía incluidos. Joanes no tiene peso en la decisión ni en el pago ni en nada, claro. Y la cosa se complica, porque en la costa mexicana se declara un temporal. Joanes, un poco harto de que su suegro tome todas las decisiones, elige quedarse un día más en vez de partir a un albergue con todos.

En ese proceso, encontrará a un viejo profesor suyo: un anciano implacable, desagradable y burlesco, que hizo la vida imposible a muchos a lo largo de su carrera, y a quien Joanes admiraba, al punto de leer los libros de su maestro, incluida una biografía de Turing, en la que el rpofesor eligió callar los aspectos de la vida de éste que menos le gustaban, para pintarnos a un matemático serio y concentrado, uno que no se desvía de su objetivo por pavadas. El profesor, que también es un hombre de esos que consiguen lo que quieren, ni siquiera reconoce a Joanes, pero necesita algo de él y no se detendrá ante nada. Joanes intenta resistirse, ser firme, actuar racionalmente, pero es una lucha de voluntades, y el otro no acepta un no por respuesta. En este punto, nuestro protagonista está siendo sometido a mucha tensión; no sabe mantener su dignidad (su hombría), sin ceder en algo que cada vez es menos importante en sí mismo y cada vez más importante como símbolo: si Joanes cede, ya no será un hombre a los ojos del profesor ni a los suyor propios. Y no puede permitirse una derrota más, su ego no lo soportaría.

En este punto, todos ya esperamos una resolución espectacular, una salida inesperada. Y Jon Bilbao no nos decepcionará: hará que su protagonista sea un Hombre, que se haga cargo de la situación y que su ego salga inmaculado del pantano en que se ha metido, no importa el precio. Si hay que convertirse en monstruo, pues sea, pero un hombre tiene límites y hay cosas que no puede aceptar. La autoimagen de Joanes es más importante, y él actuará en consecuencia. Luego, ya no importa que el suegro brame, que la esposa exija explicaciones, que la empresa se termine de ir al carajo. Joanes se ha graduado de macho alfa.

Como apuntábamos más arriba, Jon Bilbao ha dosificado la tensión como un maestro. Ésta es su primera novela, y antes había publicado unos cuantos libros de cuentos. Y se nota, porque esta novela es como un cuento de cien páginas, y el autor va, dosificadamente, entregándonos más y más elementos que vuelven tortuosa la historia, retorciéndola y presionando en todos los puntos sensibles.

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