MORIRÁS LEJOS, JOSÉ EMILIO PACHECO

A Morirás lejos se la considera una especie de novela experimental, y no sin razón. Se alternan en ella historias, voces, registros, intereses. José Emilio Pacheco se solaza añadiendo capas de complejidad a esta breve novela.

Y el inicio de la historia “principal”, la que es el eje del libro, no puede ser más simple: tras las persianas de una casa un hombre espía a otro, el cual está sentado en una plazoleta leyendo el diario, y no ocurre nada más. Pacheco gasta un sinnúmero de capítulos (no numerados, sino que agrupados bajo un ideograma y el nombre de “Salónica”) en conjeturar que es lo que hace el hombre sentado en el banco: si es un obrero desempleado, un pedófilo a la caza de niños, un detective que creyó que iba a ser Dick Tracy y ahora persigue infieles por departamentos ruinosos, si un dramaturgo aficionado que prefiere componer su obra en la placita porque en casa sus hijos meten mucho ruido, si acaso es una alucinación y en realidad no hay un hombre sobre ese banco. O si viene a espiar a eme; eme es el hombre que lo mira abriendo sólo un poquito las persianas.

Y alternando esta morosa enumeración de las posibilidades de existencia de ese hombre (a quien llamaremos Alguien), aparecen otros capítulos, con nombre e ideograma propios, en los que se relatan diferentes masacres de judíos, desde la toma de Jerusalén por las huestes de Tito Flavio Vespasiano hasta los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Distintas formas del horror, de la resistencia de un pueblo y su implacable aplastamiento, como una pesadilla que alterna con la enormemente racional búsqueda de una explicación para un hombre sentado en una plaza.

Después de eso seguirán los capítulos llamados Salónica, pero esta vez alternándose con capítulos con otros nombres e ideogramas, en los que se nos darán diversas explicaciones acerca de la identidad de eme, con especial énfasis en la posibilidad de que sea un criminal de guerra nazi, un oficial a cargo de un campo de concentración, o un médico experimentando con los prisioneros, o un empleado personal de Hitler que llora amargamente la derrota. Los crímenes son presentados y enumerados minuciosamente mientras, en Salónica, vemos a eme preocuparse, imaginar escenarios posibles, conocemos su vida actual, refugiado en México junto a su hermana, que nada sabe de su historia. Cuando por fin llegue el desenlace de la historia, Pacheco aún tendrá tiempo para divertirse, y nos dará varios finales posibles, sin decantarse por uno de ellos en particular. Es una novela que pide ser armada por el lector, al final.

Y no solo eso: para aumentar la confusión, el autor agrega trozos de discusión metaliteraria, en los que un hablante externo increpa al autor, le hace exigencias y cuestiona la historia que está escribiendo. Le recuerda que es un mexicano hablando de nazis, le critica su tendencia a poetizar el horror, es como una voz mirando el texto por sobre el hombro y haciendo observaciones severas. Y junto a eso Pacheco cada cierto tiempo nos recuerda que, mientras nosotros cometemos los peores atropellos, en un mundo infinitamente más pequeño un comando de hormigas se lleva prisionero a un gorgojo, para someterlo a horrores adecuados a su pequeña escala.

Da la impresión de que José Emilio Pacheco estuviera probándose los más distintos trajes para contar una historia, como si no supiera desde qué perspectiva asomarse, o cuál de todas las posibles historias es la verdadera, o al menos cuál debería elegir. Hay muchas historias posibles, cada una de ellas con el mismo derecho de ser contada que las demás, y el autor nos las muestra todas, como un mazo de naipes. Seremos los lectores quienes sintamos la llamada de una u otra, que deseemos sentarnos a escuchar la voz de Flavio Josefo contándonos la antigua masacre de Jerusalén, o que elijamos ver preso a eme, capturado por antiguas víctimas de los campos. O no, quizá nos enteremos que Alguien no era más que un esposo esperando a su mujer a la salida del trabajo, o quedemos fascinados con las pequeñas e industriosas hormigas y la desesperación de un gorgojo que ya no puede ser salvado.

Para mí tanta irrealidad, tantas opciones, tantos jueguecitos mentales sólo significan una cosa. Que tienes permitido dudar de todo, menos del mal. El horror sí existe, contemos la historia como la contemos.

Si no me creen, pregúntenle al gorgojo.

KIT DE SUPERVIVENCIA PARA EL FIN DEL MUNDO, GABRIELA WIENER

Kit de supervivencia para el fin del mundo es un librito muy breve, que contiene nada más tres cuentos y se lee en un suspiro. Además, es una lectura agradable, con una autora que nos muestra mucho oficio y que es capaz de escribir frases y párrafos muy bellos.

No obstante, después de haber pasado por los cuentitos, uno se pregunta ¿De qué se trataban? ¿Podría reconstruir la historia de estos cuentos, podría contárselos a alguien? Y no, porque estos cuentos se tratan de nada. Son una intensa, dedicada y morosa exploración en torno al ombligo de su autora, una delicada revisión de sus rollitos mentales, de sus dificultades y su interesantísimo mundo interior, que tanto nos apasiona y nos interesaba tanto conocer.

Y hay que ver lo difícil que es hacer esto cuando te propones hablar de la muerte, eh? La muerte, uno de los grandes temas de la literatura universal. Pero la autora no nos ofrece nada: ni su pena, como García Lorca o Jorge Manrique, ni una reflexión sobre el sentido, a la manera de Camus o Gabriel Marcel, ni nada. Nos ofrece su bonita prosa, y la glosa de algunas de sus lecturas sobre el tema.

Por otra parte, los puntos de partida de sus cuentos son interesantísimos: el primero trata de un cursillo de desarrollo espiritual en el que cada participante debe “previvir” su propia muerte. Fantástico. Una oportunidad para indagar sobre qué se siente la muerte en primera persona, tanto para la narradora como para los otros participantes del taller. Una oportunidad para sacar al pizarrón a los coaches y gurús que imparten estos talleres, preguntándonos por el valor real de estas experiencias. Y una oportunidad para plantear preguntas sobre una sociedad asustada y gelatinosa, que necesita controlarlo todo, hasta la propia muerte. Pero Gabriela Wiener no nos ofrece nada de esto, sino que sobrevuela por los temas anteriormente mencionados, dejándonos alguna observación más o menos astuta (“La educación emocional es un bien de lujo, pero hay quienes podemos permitírnoslo”) que -se supone- justifica que se hable de la ironía de la autora.

Además de eso, tenemos la historia de los achaques de la narradora, su crisis personal porque la declararon hipertensa y no puede comer sal (!), o esa vez que se sintió tan cerca del cáncer pero resultó ser una mastitis (!!). Eso, y que deberíamos tener pena por ella, porque no se le ha muerto nadie a quien haya amado, así que no sabe lo que es la muerte (!!!). Una insulsa exploración por el ombligo, pero bien escrita.

El siguiente cuento también parte muy bien: “Pongamos que hoy es el fin del mundo, que me levanto como en los días festivos, con la sensación de que tengo que ir a trabajar, pero entonces recuerdo que no, menos mal, y me alegro aunque sea brevemente de que sea el fin del mundo y no otro esperpéntico día en la oficina. Pongamos que hoy vamos a morir todos.” Vibrante inicio, y dan ganas de leer lo que sigue. Pero lo que sigue es, otra vez, el rollito del narrador. Una descripción detallada de tonterías -que si la ropa está en el cordel, que si me levanto a mear a oscuras o con la luz prendida, que si el refrigerador está lleno y lo que hice una vez que me fui de viaje y el refri estaba lleno…- en fin, eso y eso, mil tonterías mientras afuera ocurre nada menos que el fin del mundo. ¡El fin del mundo, y en vez de contárnoslo, Gabriela prefiere las naderías que se le pasan por la cabeza! Dios santo, lo que es no saber qué contar.

El último cuento también tiene una premisa interesante, como lo son las sectas que aseguran estar preparándose para el fin del mundo. Aquí nos volvemos a encontrar con una prosa lucida, amable, y con descripciones breves pero muy precisas de diferentes sectas. Se nota que la autora tiene muchos talleres literarios en el cuerpo, porque las descripciones son espléndidas. Pero también nos encontramos con una autora que parece que no sabe de qué hablar, y que cierra su cuento con una especie de chiste/reflexión sobre lo que haría ella si fuera líder de una secta. Otra vez un cuento en que no se cuenta nada.

La verdad, para ser escritor no basta con saber escribir. Es imprescindible tener algo que contar, y Gabriela Wiener pareciera que sólo tiene su propio ego para contarnos, y las lecturas con que lo ha aderezado. Resulta increíble que, escribiendo tan bien y con tanto oficio, nos termine aburriendo, pero eso es lo que pasa cuando uno intenta contar algo, pero no hay nada qué contar.

EL OCASO DE LOS DIOSES DE LA ESTEPA, ISMAÍL KADARÉ

¿Qué sabemos de Albania, en realidad? Prácticamente nada. Sabemos que es un pequeño país del centro de Europa, que la capital se llama Tirana, y que fue uno de los países de la órbita socialista durante el siglo XX. Y casi nada más: nos pondrían en problemas si nos hicieran nombrar a tres albaneses famosos, por ejemplo.

Pues, gracias a El ocaso de los dioses de la estepa, de Imaíl Kadaré, tengo un retrato de los albaneses. Y ese retrato me habla de un pueblo que cuenta con el orgullo de ser una tierra homérica, vinculada a los viejos mitos de la cultura griega, pero también balcánica, lo que los vuelve parte de una tradición muy rica también. Un pueblo que adora la palabra entregada por sobre todas las cosas, y que se sostiene en su orgullo, el orgullo de no faltar jamás a sus promesas. Un pueblo sentimental y efusivo, como eslavos que son, y en quienes aún resuena el eco de la antigua sabiduría de los griegos.

Ah, y algo mas: a ese pequeño y orgulloso pueblo no lo conoce nadie. Es parte del mundo socialista, uno más de los países satélites de la URSS, y nadie sabe casi que existe. Cualquier república soviética es más grande que Albania, y posiblemente más importante. De modo que, entre los satélites, Albania es el más pequeño de todos.

Y El ocaso de los dioses de la estepa es la historia de un joven escritor albanés que reside en el Instituto Gorki, hogar de los pichones de literatos soviéticos. Un lugar en el que se estudia literatura, y en el que se respira dictadura. Donde el arte oficial es el realismo socialista, ese que habla de campesinas enamoradas y blancos abedules, o cede a la adoración de las hazañas de trabajadores heroicos que en realidad nunca existieron. Y que descarga toda su munición contra autores como Boris Pasternak, a quien no pueden perdonar no plegarse a las directrices artísticas del régimen, y contar una historia sobre personas que buscaban su propia felicidad, en lugar de sacrificarse en pro de la felicidad de todos.

En este contexto, el joven albanés sólo cuenta con su fantasía, que lo lleva a adorar antiguos mitos balcánicos, aunque desprecia y teme a antiguos mitos rusos, con su amigo Anteo, un griego desplazado a Albania tras una guerra civil, y que comparte residencia con él, y con su noviecita, y más ampliamente con la presencia femenina, que representa para él una especie de alivio, de remanso, en un mundo opresivo y traicionero, en que la egolatría y envidia de los escritores funciona igual que en las democracias burguesas, pero además hay que andarse con cuidado, adorar a los líderes del momento y despreciar a los grupos y políticos adecuados.

Nuestro muchacho, entonces, dotado de una sensibilidad y emotividad propias, afrontará el amor (y el amor perdido), la vida en el instituto y la relación con la autoridad siendo él mismo un extranjero de un país diminuto en el corazón de la gigantesca Unión Soviética. Animándose a despreciar la falta de grandeza del Kremlin, o de los antiguos dioses de la estepa, y admitiendo a la vez que será devorado por todos ellos. Por el Kremlin, por los dioses, por la enorme Unión Soviética por el amor.

Una novela breve y muy hermosa, en la que no falta el humor ácido del que ve al emperador desfilar desnudo, ni tampoco falta lirismo, una poesía que nace naturalmente de una visión triste y desengañada de la realidad. Una novelita de gran belleza, que se va convirtiendo con toda justicia en una obra importante de la segunda mitad del siglo XX.

EN LA COLONIA PENITENCIARIA, FRANZ KAFKA

franz Kafka es uno de los narradores fundamentales del siglo XX. Y eso no se debe a ninguna pirotecnia literaria de las que sobrepueblan las estanterías: ni a que sus personajes nos permitan identificarnos con ellos, ni a sus giros en la trama, ni a que juegue con el lector, ni siquiera a cómo nos haga sentir. de hecho, su prosa no es atrapante ni espectacular. Sin embargo, es un autor que una vez leído, no se puede olvidar.

En la colonia penitenciaria es un cuento largo, o novela corta, en la que un experto jurídico es conducido a una pequeña isla, en la que se utiliza un método de castigo especialmente bárbaro, que consiste en una tortura de varios días, durante los cuales una inscripción se va tatuando en la espalda del condenado, hasta atravesarlo completamente. Y al experto no sólo le explican el método, sino que un oficial tiene la intención de mostrárselo directamente, aprovechando que un penado cometió una falta leve, y que sin juicio ni defensa ha sido condenado.

Kafka nos muestra el mecanismo con detalle, en todo su horror, pero su prosa no intenta ser espeluznante. El autor no intenta manipular nuestras emociones, y el relato parece frío y anodino a primera vista, como corresponde a un experto jurídico que examina los asuntos que le han propuesto de manera desapasionada. Vamos conociendo los detalles de la ejecución, y de las brutales ideas del oficial acerca de la justicia (afirma que su principio es uno solo: que la culpa es indudable), así como su admiración por el antiguo comandante, quien fue el creador de este artefacto y su uso.

Mientras avanza la ejecución, el observador externo va convenciéndose del horror de este método, y de que es necesario detenerlo, a pesar de la honesta convicción con que el oficial lo emplea. El oficial, quien confía absolutamente en su método y la justicia que subyace a éste, al saber que su método es desaprobado da una brutal muestra de su sentido de la justicia, y él mismo se somete a su máquina: pase lo que pase en el mundo, alguien debe pagar, porque la culpa permanece.

Este relato casi absurdo, que no nos da nombres de lugares ni personas, que no está pensado para ser atractivo y que ni siquiera se puede entender, es valioso porque es incómodo, porque nos provoca una comezón debajo de la piel, porque nos conmueve, y nos da una visión del infierno: un infierno burocrático y cruel, en el que la justicia se ha pervertido hasta convertirse en una máquina de moler carne.

Kafka no nos interesa por sus aventuras: nos interesa porque su prosa, ajustada y poco espectacular, está diseñada para crear mundos opresivos, inquietantes, en las que no sabemos exactamente qué está sucediendo ni por qué, pero sabemos que en cualquier momento podemos ser víctimas de fuerzas que ignoramos, y que según su propia lógica, tienen razón y es justo que nos destruyan.

Cualquier parecido con la realidad es mérito de Franz Kafka.

MEDEA, EURÍPIDES

Medea es una de las tragedias fundamentales que nos dejó la Grecia clásica. Y también una de las más sorprendentemente modernas, y cercanas a la sensibilidad actual. Alejándose de la resignación ante el destino de la saga de Edipo, por ejemplo, o de la Orestíada, en Medea se encuentra a un personaje que lucha contra su destino y no le importa desafiar a hombres y a dioses, ni mancharse las manos con sangre para cumplir sus objetivos.

Ah, y algo más: ese personaje no es un hombre de acción, un Rambo de la antigua Grecia. No es un guerrero implacable, ni un gran héroe. Es una mujer, histérica y bruja para más señas. Y no es una mujer abnegada que persigue fines nobles tampoco: busca venganza personal, sabe perfectamente que hará daño a inocentes, pero le han herido mucho y siente que eso la autoriza para herir. Es Medea, una princesa que traicionó a su familia y a su país por amor y que, tras escapar de su patria como una criminal, asesinó con sus artes mágicas a los enemigos de su esposo y tuvo dos hijos con él. Medea, que afrontó la vergüenza y la deshonra para estar con su amado Jasón, y que al llegar a Corinto, se encuentra con que Jasón la ha despreciado para casarse con la hija del rey de la ciudad, sin explicaciones ni nada. Y aún más: Medea lanza amenazas al viento, indignada (tiene un carácter terrible Medea, y no mide sus palabras cuando está enojada), hasta que Creonte, el rey y padre de la novia, decide desterrarla a ella y a sus hijos, por precaución.

De este modo, Medea se ve arrinconada: víctima de traición, y condenada a vagar por tierras extranjeras sin amigos y con dos niños pequeños (porque, ¿dónde va a volver? ¿a su tierra paterna, donde la detestan, acaso?). Y por si fuera poco, llega a verla el propio Jasón, ofreciendo una dádiva para acallar su conciencia, y asegurándole que todo había sido parte de un plan maestro para asegurar el futuro de los niños, pero que la propia Medea lo ha estropeado todo por bocona, y tiene la culpa de lo que le pase. Sí, claro…

De este modo, rota de dolor y furia, deseando venganza, Medea comete el crimen que no se le perdona a una mujer: mata aquello que Jasón más ama, sus dos pequeños hijos. Ansía castigarlo así, después de haber dado muerte a la joven novia (recordemos que Medea es hechicera, y nada le cuesta envenenar a la muchachita). Es Medea la mala madre, la que asume el crimen más monstruoso que una mujer pueda cometer en una sociedad patriarcal. Y lo hace con dolor, pero sin vergüenza: no es una crápula de risa siniestra, sino una mujer sin salida y que prefiere la venganza al oprobio de verse derrotada por sus enemigos.

Y en este punto, Eurípides no teme ponerse del lado de su protagonista. Eurípides compadece a Medea, y gracias a su arte todos lo hacemos. Sabemos que es un monstruo… pero no nos atrevemos a juzgarla. Habría que estar en su lugar, habría que afrontar el exilio con dos niños, mientras la persona que has amado y por la que has sacrificado todo disfruta de su nueva posición, la que consiguió traicionándote. Medea es la potencia temible de lo femenino descontrolado: estamos muy acostumbrados a ver la potencia masculina entregada a la destrucción, desde Atila a Lex Luthor, pero una mujer villana nos sorprende, sobretodo si no le teme al castigo de los jueces ni a la desaprobación de las gentes.

El propio Eurípides no tiene corazón para castigarla, aunque sus crímenes han sido terribles, y le permite escapar con el auxilio de los dioses, que la rescatan en un carro alado (dicho sea de paso, este carro es el origen de la expresión “deus ex machina”, la máquina de los dioses, que se usa para referirse a esos recursos que a veces los narradores se sacan de la manga para resolver una historia. Como en la serie Lost, por ejemplo). Medea es una furia terrible, un azote, pero también es la parte oscura que vive en todos nosotros.

Y quien jamás haya tomado decisiones terribles en un momento de furia, que lance la primera piedra.

MARTÍN FIERRO, JOSÉ HERNÁNDEZ

El libro que nos ocupa es un clásico de la literatura argentina, y un ejemplo de cómo un poema también puede definir a una nación. Lo que pudo ser la Ilíada para los antiguos griegos, o las Hojas de hierba para unos norteamericanos que empezaban a convertirse en potencia, puede que lo sea el Martín Fierro para los argentinos de los siglos XIX y XX.

Y es que es un poema extenso, dividido en dos partes (la “Ida” y la “Vuelta”), en el que se narran las vicisitudes del gaucho Martín Fierro, el cual vivía feliz, disfrutando su trabajo, la vida campesina, y tenía en casa a su mujer y sus dos hijos, pero es enviado, en cumplimiento de la ley, a servir al ejército en la frontera. Ahí Martín conoce mil privaciones, y sobretodo el desprecio con el que se trata al gaucho. A nadie le importa lo que come, con qué se viste o se cubre los pies, o si recibe su sueldo a tiempo. Para arriesgar la piel a nombre de otros, en cambio, un campesino siempre es útil.

Harto de todo esto, y sabiendo que su esposa buscó a otro hombre y se fue con sus hijos, Martín huye y se convierte en prófugo. Aquí José Hernández nos presenta al gaucho como valiente y sufrido, pero también violento e irresponsable: por una tonta riña, Martín mata a un hombre y es buscado por un crimen mayor. Enfrentado a la policía, él y su amigo Cruz (un amigo de ésos que te acompañan hasta el final) deciden escapar a territorio de los indios. Aquí los indios serán vistos como fuera de la civilización y de la cristiandad: son retratados como crueles, inmorales y capaces de las peores atrocidades, cuestión que calza con las ideas que dominaban su época. De hecho, será por intentar impedir un acto de crueldad de los indios que deberá también escapar de esa tierra, en la que vivía junto a Cruz.

Si “La ida” es un reclamo ante las injusticias, y un retrato del gaucho, “La vuelta” nos cuenta el escape de Martín de la tierra de indios y la vuelta a su pueblo: nos encontraremos a los hijos de Martín Fierro, que cuentan sus propias historias -también aparece la queja contra las injusticias que sufren los pobres, esta vez en forma de una condena a prisión injusta-, así como también conoceremos al hijo de Cruz y al hermano del hombre que mató antes Martín. En esta parte abundan los consejos nacidos de la sabiduría popular, y Martín se muestra más sabio y sentencioso. Lo que en la primera parte es fuerza desatada, y el gaucho es casi como parte de la naturaleza, en la segunda lo vemos mesurado y conocedor.

Haciendo uso del lenguaje propio de los campesinos de su tiempo, José Hernández no tiene empacho a la hora de cortar las palabras o acudir a modismos locales. Nos ofrece un retrato vibrante del mundo rural, de sus costumbres, moral y penurias. Y una defensa del gaucho como portador de la verdad, del conocimiento real de las cosas, frente a una autoridad que no respeta a los pobres, sea la autoridad del conocimiento que no sabe cómo son las cosas, y se le puede oponer una humilde vihuela, sea la autoridad del Estado que no respeta a sus compatriotas, sino que simplemente los usa, castiga y reprime.

DIEZ GRANDES CUENTOS CHINOS, VV AA

¿Qué sabemos de la literatura china? Casi nada, claro. Conocemos algún que otro poeta clásico (como Po Chu I y el consabido Mientras bebo, solo, a la luz de la luna), algunos cuentos míticos y poco más. Y se trata de una cultura milenaria, con una tradición artística y cultural tan amplia como la nuestra. Pero no sabemos nada en realidad.

Por ejemplo, es muy poco lo que podemos decir acerca de la literatura escrita en China del siglo XX. Las traducciones escasean, y no siempre entendemos el particular mundo cultural chino, las ideas y supuestos que subyacen, y el tono emocional que predomina en ellas. Más aún en un país cuyo siglo XX fue, además, tan cambiante en materia política: de un Imperio casi feudal a una república socialista con censura y pensamiento único, revolución mediante, y luego a una progresiva apertura a Occidente, siempre a la especial manera de los chinos, que conservan tradiciones antiguas y les van sumando ideas modernas.

De modo que este libro representan un aporte por sí mismos: un acercamiento a un mundo cultural desconocido. Y su historia comienza en 1959, cuando el escritor chileno Poli Délano se fue a trabajar a Pekín, para la Editorial de Lenguas Extranjeras de China. Y una vez allí descubrió el torrente de literatura existente en ese país -él mismo reconoce que su China literaria consistía mayoritariamente en las novelas de Pearl S. Buck…-, y decidió ir seleccionando los mejores, para traducirlos (no directamente del chino, pero sí de versiones en inglés o francés) junto a su padre, el también escritor Luis Enrque Délano. Y luego, en 1971, esa selección de cuentos traducidos encontró casa en la editorial Quimantú, un esfuerzo del gobierno de Salvador Allende por llevar la cultura a los trabajadores, con libros de calidad en un formato económico.

En el presente volumen, los Délano nos presentan cuatro nombres relevantes de la primera mitad del siglo XX: Yu Ta-Fu, Lao Sheh, Lu sin y Mao Tun, escritores fuertemente influenciados por el movimiento del 4 de mayo de 1919, que fue una serie de protestas que catalizaban una serie de transformaciones en la sociedad china, y que fortalecieron al movimiento comunista y revolucionario que unas décadas después tomaría el poder. En ese contexto, los literatos participaron activamente, y para ellos también fue un período de muchas transformaciones, que criticaban a la sociedad tradicional china y su apuesta por un confucianismo unívoco para todo el país, en lugar de reconocer sus diferencias internas, y la apertura a Occidente como una oportunidad.

Los textos, en general, tienden a plantear una crítica profunda a la sociedad de su tiempo, a veces desde el realismo y la tristeza de la situación de los trabajadores (“La luna creciente” de Lao Sheh, es un relato tristísimo y descorazonador, y sorprende por su agudo y lúcido feminismo, de raíz totalmente distinta al pensamiento occidental). Pero otras veces es el humor la nota elegida, como en algunos cuentos de Lu Sin o de Mao Tun, quien nos muestra a un as de las finanzas, totalmente ciego para muchos asuntos cotidianos.

Estilísticamente, los cuentos elegidos son impecables, y algunos de ellos magistrales, como el Diario de un Loco, de Lu Sin, que ya habría querido escribirlo Dostoievski. Los textos elegidos fueron publicados entre los años ’20 y ’30 en su mayoría, y aunque sé que sus autores mayoritariamente se interesaron por la literatura extranjera, desconozco sus influencias. No obstante, no me extrañaría nada que hubieran leído la gran narrativa rusa prerrevolucionaria (Tolstoi, Chejov, Dostoievski & friends), considerando su interés por el realismo, los obreros y marginados, su tono desesperanzado y su interés por la psicología de los personajes. Por supuesto, esto último no es más que especulación.

En fin, sumando y restando, un hermoso acercamiento a una literatura de altos vuelos, de un carácter marcadamente nacional, pero al mismo tiempo abiertamente universal, que puede interesarnos a todos, y que nos habríamos quedado sin conocer, de no ser porque un colaborador de la Editorial de Lenguas Extranjeras decidió que era una pena el que sus amigos y compatriotas no pudieran leer a Yu Ta-Fu o a Mao Tun.

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES, STIEG LARSSON

Una novela negra que en realidad es otra cosa, un alegato en favor de las mujeres que no lo es tanto, una discusión sobre la prensa disfrazada de novela. Y una buena historia bien contada.

La novela inicia como piden los cánones de la novela negra: con un misterio imposible. En una pequeña isla sueca desapareció una joven hace cuarenta años, sin que se pudiera saber jamás de su paradero, ni se hallara su cuerpo tampoco. Pero hay más: la muchacha tenía por costumbre enviar a su tío una flor en su cumpleaños, y desde su desaparición, en cada cumpleaños, el tío sigue recibiendo una flor enmarcada, sin remitente ni firma sin que deje de pasar un solo año ¿Lo hace la misma chica desaparecida? Pero, si es así, ¿por qué no manda una carta, o llama, o algo? Y si es quien la hizo desaparecer, ¿para qué sigue torturando de esa manera a un anciano?

Pues bien, el tío, que es un viejo magnate de una empresa venida a menos, decide contratar a Mikael Blomqvist para que lo intente resolver. Se trata de un periodista sagaz e incorruptible, pero caído en desgracia por un juicio por calumnias que perdió. Blomqvist dirige una pequeña revista que navega fuera del sistema, criticando al mundo del poder y las finanzas. Es un tipo comprometido con su trabajo, inteligente y capaz: un poquito demasiado políticamente correcto incluso. Y un imán para las mujeres: él no las busca, sólo tiene que ser él mismo y ellas caen rendidas. En fin, si Harrison Ford fuera más joven, sería perfecto para el papel.

Y Blomqvist necesitará un asistente… la cual resulta ser Lisbeth Salander. Y Salander es un personaje fascinante, porque casi parece inhumana, excepto cuando es humanísima. Se trata de una chica de aspecto mucho más que desaliñado (¡muchísimo!), de carácter brutal, de modales casi inexistentes, y que ha conseguido batírselas sola a pesar de tener un tutor legal, por su incapacidad mental. Incapacidad mental, las pinzas: Lisbeth en realidad es una hacker de nivel mundial, pero le desagrada la gente y más aún los psicólogos y sus tests. de modo que, después de que su madre fuera declarada incapaz de cuidarla, decidió no contestar ningún test, ni hablar más que lo imprescindible, y el sistema la declaró incapaz mental.

Esta pareja improbable debe intentar resolver un misterio, y al intentarlo iremos levantando algunos trapos sucios: el colaboracionismo nazi en Suecia, el tráfico de mujeres (y lo fácil que es: vas al extranjero a buscar letonas o búlgaras en la pobreza, las pasas clandestinamente por la frontera, las vendes y voilá: descubrirás que el destino de las indocumentadas no le importa a nadie), la absurda adoración de “los empresarios” hecha por la prensa y la opinión pública, más absurda aún si consideramos que esos empresarios en realidad no dirigen empresas, sino que compran y venden acciones en un mercado de capitales que tiene más de religión que de economía.

Stieg Larsson se da espacio para reflexionar sobre todas las cosas que le interesan: en sus varios cientos de páginas, la novela se permite el lujo de no avanzar para contarnos historia de Suecia, cómo opera una empresa de seguridad, o la historia personal de Lisbeth Salander, sin que tenga relación directa con la historia principal. Todo esto funciona perfecto, y termina siendo uno de los atractivos de la novela. Quizá si el autor hubiera sido más experimentado (es su primera novela) hubiera quitado más cosas y nos hubiera entregado la historia principal más depurada, pero nos habríamos perdido algunas de las mejores partes del libro.

Y es que el conflicto principal es un poco aburrido: la investigación parece atascarse, parece que no hay cómo avanzar, y el lector no recibe pista alguna sobre quién puede ser el malvado… hasta que el malvado aparece en escena. Y en verdad que no había razón para sospechar de éste: Larsson simplemente se saca de la manga un sótano, instrumentos de tortura, mujeres compradas y vendidas, sin que haya razón ni justificación suficiente. Y el misterio de la chica desaparecida… pues lo mismo. La solución emerge mágicamente. Y también la reivindicación profesional de Blomqvist, que de periodista condenado por calumnia pasa a héroe del periodismo nacional.

Una novela negra que no es tan interesante como novela negra, pero funciona en otra clave: como un retrato de algunos problemas de la Europa desarrollada: los derechos de las personas en la globalización, la libertad personal, el cuestionamiento al verdadero poder de las corporaciones. Un intento de novela grande escrita por un autor bienpensante y progresista.

Y, por supuesto, Lisbeth Salander. Si ella no existiera, probablemente no estaríamos hablando de este libro.

MITOS NÓRDICOS, NEIL GAIMAN

Los dioses han sido hechos a nuestra imagen y semejanza. Y Neil Gaiman lo sabe perfectamente: a lo largo de toda su obra nos ha insistido en la idea de que los dioses viven entre nosotros, que son tan buenos y tan malos como les es posible. Que son falibles, frágiles, asustadizos o violentos. Más humanos de lo que ellos (y nosotros) hubiésemos querido.

Probablemente, Gaiman lo sabe porque es un buen conocedor de las mitologías. Y sabe que en todas ellas los dioses son como nosotros, pero con poderes: desde el celoso y doblevinculante Yahvé, que exige adoración, pero nos castiga hagamos lo que hagamos, hasta los divertidos dioses griegos que se lo pasaban en grande y hasta se ponían los cuernos entre ellos, igual que en mi vecindario. O los severos dioses egipcios, tan preocupados por el orden en el reino de la muerte.

Y sin duda, sin duda, los dioses del panteón nórdico, quizá los únicos de las grandes mitologías cuyo fin está escrito: sabemos cuando morirán y cómo, son dioses finitos. Dioses que deben cuidarse de los gigantes, que no son todopoderosos (para nada) y que a veces deben recurrir al engaño y a la astucia para salvar el pellejo. Dioses amigos del vino, la carne y el placer, pero que a veces deben aguantar crudos inviernos, o soportar el hambre igual que su pueblo en los malos tiempos.

Dioses que hacen lo necesario para vivir en un mundo difícil, y que no se caracterizan por una sabiduría pacífica y solemne, aunque sí por una astucia previsora. Deidades un poco egoístas, amigas de la diversión y ferozmente orgullosas. Dioses que saben que algún día morirán, y sólo aspiran a hacerlo honorablemente (quién sabe si el Dios cristiano sería más amable y comprensivo si tuviera noción de su propio fin, a todo esto).

Neil Gaiman ha ordenado para nosotros los principales mitos nórdicos. El inicio del mundo, Odín el padre de los dioses, Thor y Loki, el engañador, que lo mismo te da que te quita. Los gigantes, Yddgrasil el árbol del mundo, o mejor dicho de los nueve mundos: Asgard o la morada de los dioses, Alfheim, el hogar de los elfos, Nidavellir (donde viven los enanos), Midgard, que es nuestro hogar, Joturheim, morada delos gigantes de hielo, Vanaheim o el lugar de los dioses vanir, que respetan la paz con los dioses de Asgard, Miflheim el mundo de brumas, Musspell el mundo de fuego y Hel, el lugar donde descansan quienes no murieron con honor, o sea en batalla. Todos estos mundos son conectados por el árbol sagrado Yddgrasil.

Gaiman esta vez saca a lucir más bien poco su humor característico, a pesar de que la irreverente mitología nórdica lo permitiría fácilmente, burlona como es con sus divinidades. Más bien opta por simplemente contarnos lo que ocurrió, como un profesor, intentando guiarnos y hacernos comprender las relaciones entre todos esos seres y lugares de nombres arcanos. Muestra mucho respeto y cariño por estos mitos, y prefiere no añadir la sal de la burla a la ya pintoresca colección. Eso sí, para él los dioses no son solemnes y serios, ni viven en una Asgard de fantasía: al contrario, Gaiman elige mostrarnos a los dioses en problemas, conscientes de sus limitaciones, a veces incapaces de encontrar una respuesta, y de vez en cuando burlados.

No es una obra fundamental, ni mucho menos. Y no es tan graciosa como otras del autor. Pero sirve para acercarse a una de las mitologías que más han inspirado a la literatura de fantasía, con sus dioses guerreros y violentos, dispuestos a morir, y que saben cómo reinar en medio del hielo, con poco sol y páramos helados y tristes. Ellos no se engañan: saben que la primera tarea es sobrevivir. Y eso le han enseñado a su gente.

Eso, y que después del final de todo, siempre se puede volver a empezar.

AZUL, RUBÉN DARÍO

Un libro muy especial. Leer Azul es un poco como viajar a otra época, a una en que la caballerosidad era la norma, y la buena educación era sinónimo de exquisitez.

Estamos frente a uno de los textos que introduce el modernismo en América Latina, y es una colección de breves cuentos y algunos poemas (según la edición hay pequeñas variaciones, sobretodo en los poemas). Rubén, en los cuentos, toca muchas veces temas vinculados con su eterna obsesión: la belleza. Nos habla de artistas capaces de crear una belleza maravillosa, reducidos a empleadillos del Dinero, reducidos a pintar, a cantar, a narrar mediocridades, o a empobrecerse miserablemente por seguir sus sueños.

Nos lleva de viaje a lugares fantásticos, con un marcado gusto por la mitología clásica, a veces griega y a veces inventada por él, del mismo modo en que homenajea a los autores y artistas que él admiraba. En otros momentos, nos regala viñetas, breves textos que son una especie de retrato que incluso podría convertirse en un cuadro. Y es que Rubén escribía como si quisiera usar todas las artes: su prosa es sonora y musical, pero también pictórica, llena de descripciones tan precisas como si nos pusiera a mirar la escena que describe. Y literaria, con una enorme riqueza de vocabulario y una composición clásica.

De Azul, en apariencia, no deberíamos esperar cuestionamientos profundos, literatura social o intereses trascendentes. No esperaríamos ideas modernas, porque Rubén no mira tanto adelante como mira atrás: esperemos a un enamorado de las ideas y formas clásicas, de la belleza eterna. Esperamos ir a una fiesta, a leer cuentos para todos los sentidos, a la exaltación de lo exótico y lo hermoso, y el apetito por el arte y por los sueños.

No obstante, es el mismo autor que posteriormente escribirá A Roosevelt, y que tendrá una postura antiimperialista declarada, al tiempo que rescata historias indígenas despreciadas por otros poetas de su tiempo, como si fueran parte de una nueva mitología. No nos confundamos con Azul: es un libro que se posiciona desde la tierra, desde cierta concepción latinoamericana, y que cree firmemente en sus raíces, por más que su mirada llegue a Grecia y a los salones franceses.

Estamos ante un libro seminal, un libro que da inicio a una tradición literaria de gran alcance en el mundo de la literatura en español: gracias a Rubén, y en buena medida gracias a Azul, se acercarán a la estética, al preciosismo, ala herencia clásica, pero notablemente también al indigenismo y a las temáticas latinoamericanas. De alguna manera divide aguas, entre quienes abrazaron el modernismo y sus ideas, y quienes se alejaron de él, como Borges. Fue uno de los grandes padres de la poesía latinoamericana del siglo XX, y éste es su libro fundacional, al que luego seguirán otras obras fundamentales, como las Prosas profanas, y los Cantos de vida y esperanza. Pero todo nace aquí, en Valparaíso, donde Rubén escribirá este librito.

Es un libro como para aprender a escribir, para recordarnos los enormes recursos de nuestro lenguaje, y ante el cual algunas narraciones… es que parece que las hubiera escrito Tarzán, sencillamente. Una obra superior, ante la cual el único peligro es intentar imitarla.

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