ANTÍGONA, SÓFOCLES

Antígona es una tragedia universal, una obra que ha sobrevivido desde la Grecia clásica hasta nuestros días, convirtiéndose en una de las piezas que construyen nuestra forma de ver el mundo, nuestra relación con la justicia, con el Estado y con la rebelión.

Es la tercera de una trilogía que nos cuenta la maldición de Edipo: en las dos primeras tragedias (Edipo Rey y Edipo en Colono) conocemos la historia del hijo de los reyes de Tebas, al que los dioses habían dado el cruel destino de matar a su padre y casarse con su madre. Aunque los reyes intentan burlar al destino, éste se abre paso y Edipo cumple su triste suerte sin saberlo, matando a su padre en una discusión de carretera y engendrando cuatro hijos con su propia madre: dos varones y dos mujeres. Cuando se entera de lo que ha hecho, Edipo se arranca los ojos y se destierra a sí mismo.

Y los dos hijos varones siguen distintos caminos, que se encontrarán al final: Polinices viaja lejos de su patria, y vuelve a ella comandando a un ejército, dispuesto a invadir Tebas, mientras el otro, Eteocles, es quien lidera al ejército defensor. El destino es cruel e inflexible, y tal como había sido dicho, los dos hermanos se dan muerte entre sí.

Y recién en este punto nos encontramos en el inicio de Antígona: ya los dos hermanos han muerto, y Creonte, el rey de Tebas, decide que el hermano defensor, sea enterrado con honores de héroe, mientras que el traidor a la patria, no sea enterrado sino dejado para las fieras (para los antiguos griegos éste era el peor castigo posible, porque quienes no eran enterrados no encontrarían la paz por toda la eternidad).

Creonte no es un mal rey, pero es duro e inflexible: sus argumentos son los del orden, el respeto a la autoridad y lo que hoy llamaríamos “razones de Estado”, la gobernabilidad, la seguridad, el respeto máximo por la polis.

Y a él se opone Antígona, una de las hijas de Edipo. Antígona insiste en darle sepultura a su hermano, aunque la pena por ello sea ser sepultada viva. Alega que las leyes del amor familiar son mayores y más antiguas que las del Estado, puesto que son leyes eternas, nacidas de los dioses, y que ella debe hacer lo que es justo, aunque contradiga las órdenes de los poderosos.

De este modo, la tragedia queda dispuesta: Creonte, empecinado en el respeto a la autoridad y en que nadie está por sobre la ley, no va a mostrar compasión, mientras que Antígona no va a dejar de lado sus deberes de hermana. Aquí Sófocles, el más clásico y equilibrado de los grandes trágicos, nos va presentando los temas fundamentales de su tragedia: la oposición entre las leyes y la justicia, la obediencia a los dioses, el buen gobierno, incluso el germen de lo que hoy llamamos desobediencia civil, van apareciendo en las voces de Anígona, Creonte y los demás personajes, quienes van señalando, por ejemplo, que las decisiones de un gobernante deben tomar en cuenta la voz de la ciudad.

El destino, tema fundamental de las tragedias griegas, no perdonará a nadie, y volverá a mostrar que, por más planes y discusiones que los hombres planteen, al final aquel a quien los dioses quieren perder, se perderá. Sin embargo, en esa diversidad de estrategias con las que las personas intentan cambiar su destino es donde aparece la riqueza de la discusión, y lo que nos llega hoy: el amor por la justicia, la rebeldía y la lealtad son las herramientas con las que Antígona defenderá lo que, siglos después, llamaremos la construcción de un mundo mejor.

¿Por qué Antígona es una tragedia universal? Pues por la sobriedad y elegancia de la trama, que es perfecta: el nudo de la tragedia se va cerrando de manera natural pero inexorable. Por la hondura de la discusión: aquí tenemos una problemática filosófica, profunda y muy bien planteada, donde Sófocles, aunque toma partido, no ignora los argumentos contrarios sino que los presenta de forma ecuánime. Por la propia Antígona, un personaje inolvidable: una mujer valiente, lúcida, que lo mismo se opone a un rey que acepta la muerte por honrar a su familia: la presencia y el peso que Sófocles le otorga a un personaje femenino resulta admirable.

Y sobretodo porque, en tiempos de propaganda, fake news y de democracias cada vez más frágiles, tironeadas por todo tipo de predicadores fanáticos y de políticos corruptos, intentando convencernos de que les demos nuestros votos y nuestra fe, la rebeldía de Antígona sigue siendo un faro que nos ilumina a todos.

ZORBA EL GRIEGO, NIKOS KAZANTZAKIS

Publicado originalmente en Revista 17 Musas

En literatura, el gusto es algo muy especial. Algunos buscan de la belleza de la prosa, y están dispuestos a perdonarlo todo a una novela si está escrita con mano de ángel. Otros aspiran a la profundidad filosófica, a leer novelas intelectuales, capaces de plantear los Grandes Temas de la Humanidad. Hay quienes se solazan en los juegos intelectuales, intertextuales, interestelares, de las novelas que acuden a los recursos que ofrece trastocar la estructura de una novela. Y no faltan los fans de tal o cual género, autor o temática preferida.

Por mi parte, y admirando a los autores capaces de crear todas esas bellezas, personajes profundos, diálogos vivaces y descripciones perfectas, la verdad yo adoro dos cosas por sobre todas las demás en un libro: que posea verdadero humor y que esté escrito con el corazón. Si un libro está escrito con el corazón, si tiene sangre en las venas, le puedo perdonar casi todo lo demás. Exageraciones, grandilocuencia, personajes mal construidos, todo puede aceptarse, porque está dicho que el pecado contra el Padre y el Hijo será perdonado, pero nunca el pecado contra el Espíritu Santo.

Y creo que Alexis Zorba, el Griego, estaría de acuerdo conmigo. El héroe de la novela de Nikos Kazantzakis es uno de los personajes más entrañables de la literatura, un obrero que compensaba su falta de instrucción con un apetito voraz por nuevas experiencias, una vitalidad curiosa, como un niño que descubriera el mundo por primera vez, y una inteligencia despierta y vivaz, práctica, capaz de hacerse las preguntas más simples y las más complejas por igual. Un viejo que lo ha hecho todo, con pasión, bebiéndose el mundo a grandes sorbos: si soldado, el más valiente y más atrevido –y el más sanguinario, llegado el caso. Si obrero, el más esforzado y trabajador, ese que no termina hasta ver la tarea hecha. Si glotón, capaz de atiborrarse de manjares. Y siempre, siempre, amante, enamorado. Capaz de cualquier locura, cualquier atrevimiento, por una mujer.

Y este tipo vital, de hechos y no palabras, se unirá en un proyecto de explotación minera a un hombre bondadoso e intelectual. Uno de esos hombres sensibles, de manos suaves que lo ha leído todo, pero que en realidad no sabe nada. Y Zorba lo convencerá de tomarlo de asistente personal, capataz, cocinero y músico. Esta pareja dispareja se instalará en un pueblito griego, intentando explotar una mina de carbón, y se harán amigos: si Zorba guarda cariño a su patrón, lo trata como un niño que no ha vivido lo suficiente, lo cuida y mima, el patrón admirará el carácter, la energía y la áspera sabiduría vital de su nuevo subordinado.

Los dos hombres se instalarán en la pensión de una vieja actriz, cantante, vedette o vaya a saber qué, una abuela que antes supo ser hermosa, y ahora apenas puede con su cuerpo. Y Zorba, que sabe bien que no hay pecado más grande que negar el amor, se volverá su amante, una especie de recordatorio de que ella, la vieja Bubulina, supo ser hermosa y codiciada de joven, y aún hoy tiene un hombre a su lado. Cuando Zorba no está con ella (a quien quiere compasivamente, y mima como si fuera una diva todavía, por complacerla y hacerla feliz), conversa de los más diferentes temas con su patrón, discutiendo desde los modos de hallar a Dios hasta las artes de conquista de Zorba, pasando por el patriotismo, el sentido de la vida, las edades del hombre, la vejez y el baile. Sí, el baile, que Zorba usa para expresarse cuando no tiene palabras a mano y necesita nombrar lo que vive en su pecho.

Una novela situada en una época y un lugar pobrísimos, brutales y crueles, llenos de costumbres bárbaras, misóginas, racistas, de las que los mismos protagonistas no están exentos: Zorba adora a las mujeres, las busca y las consiente, pero no las considera sus iguales: lo mejor de su corazón, la parte más noble y verdadera, la dedica a la relación con su patrón. No obstante lo cual, cuando una turba quiere ajusticiar a una viuda en virtud de unas creencias mojigatas y malvadas, será Zorba quien se juegue el pellejo para evitarlo, porque le sobra corazón y sangre en las venas –y no porque vea a las mujeres como sujetos de derecho ni nada por el estilo, claro está.

Una novela que se pregunta por el sentido de la vida, que se pregunta por nuestro entendimiento y nuestra forma de acercarnos a Dios y al mundo: nos plantea el camino del hombre cultivado, sensible y capaz de la mayor intelección, al paso que nos muestra el camino de la sensualidad basta y poderosa de un hombre que se hace uno con la naturaleza y vive, como si toda la Tierra palpitara bajo su piel. Un poco como si Sancho Panza enseñara a vivir a Don Quijote, supongo.

De hecho, hacia el final, Zorba enseñará a bailar a su patrón. Le mostrará cómo vivir, cómo hablar con su cuerpo, cómo olvidar a su hermosa y delicada cabeza por un momento. Y no es casual que ésta sea la escena icónica de la película, la escena que todos recordamos: dos hombres amándose virilmente, alegres, danzando frente al majestuoso mar Mediterráneo, después de haberlo perdido todo.

Una novela que no se acerca a la sensibilidad actual, que naturaliza la violencia, la misoginia y nos presenta la maldad gratuita como algo normal. Una novela grandilocuente a ratos, demasiado preocupada por Dios y por el sentido de la existencia, que son temas de los que hoy hablamos poco. Pero también una hermosa celebración de la amistad, del trabajo cotidiano, de la naturaleza y de la amplia gama de la experiencia.

Y, además, un libro escrito con amor, y yo soy de los que creen que siempre habrá una oportunidad para quienes tienen una chispa de caridad en la mirada.

CRÓNICAS MARCIANAS, RAY BRADBURY

Un libro sumamente relevante en la literatura del siglo XX: la colección de cuentos en la que Ray Bradbury nos va relatando la historia de la colonización de Marte por los humanos, desde los primeros viajes, pasando por la instalación, los últimos vestigios de la civilización marciana, las relaciones entre los viajeros y quienes se quedan, la inevitable nostalgia por la Tierra y, al fin, las nuevas generaciones de familias arraigadas en Marte, cuyas raíces ya no están en su planeta de origen sino en el nuevo.

A pesar de su trama interplanetaria, y de que parte de la crítica haya situado a Bradbury en el mundo de la ciencia ficción, en realidad sus historias no tienen nada de fantacientíficas: no hay prácticamente ciencia en ellas, y al autor no parecen interesarle las justificaciones técnicas de los inventos y procesos que nos cuenta. Porque, en realidad, Crónicas marcianas se trata de nosotros, de nuestro corazón y de las cosas que nos hacen felices y desgraciados. Ray Bradbury, en sus cuentos, nos propone historias ambientadas en Marte, pero con preocupaciones muy humanas: quizá la más conocida sea la historia de un marciano que, necesitado de una familia, se metamorfosea en los hijos perdidos de distintos padres, que lo reciben fingiendo que no se dan cuenta del engaño, solo para mantener sus ilusiones.

Pero hay otras historias impresionantes aquí: la expedición terrestre que se divide entre quienes desean usar Marte para vivir, y quienes desean preservar el planeta de la suciedad, contaminación y explotación sin respeto que los terrícolas provocaríamos sin lugar a dudas, o el viaje de todos los negros del sur de Estados Unidos, en una caravana sencilla, humilde y solidaria, y cómo los blancos se hubieron de sentir solos al no tener ya a quién oprimir. O la del hombre que vive en los pueblos abandonados, sirviéndose la comida de los restaurantes, poniendo sus películas favoritas en los cines y durmiendo en hoteles, soñando con encontrar a alguien para compartir su soledad… hasta que encuentra a alguien.

En sus cuentos, Bradbury critica diversos aspectos de la sociedad estadounidense de mediados del siglo pasado, y plantea preguntas sobre la naturaleza de las personas, y nuestra forma de relacionarnos con otros. Marte y las aventuras en otros planetas permiten al autor tomar la distancia necesaria para ver mejor los asuntos propios de nuestro propio mundo.

Del mismo modo, los cuentos, aunque no se presentan como partes sucesivas de una misma historia siempre, sí son parte de un gran relato, y se pueden leer como la novela de la colonización marciana. Y esta novela hablaría de nuestras idas y venidas, de nuestro desarraigo, nuestra forma de ser extranjeros en un planeta que no nos pertenece, cómo los mismos marcianos se convierten en otros, en antagonistas incluso después de muertos. En cómo intentamos transformar a Marte, cómo no dejamos de pensar en la Tierra, en nuestro hogar… hasta que Marte nos transforma a nosotros, y llega el punto en que el proceso ha terminado y ya los colonos son marcianos de pleno derecho, habitantes de su nuevo hogar.

Por otra parte, debe destacarse el estilo del autor: a ratos, la pluma de Bradbury se vuelve poética y evocadora, sin ser empalagosa y sin dejar de estar al servicio de la historia. A pesar de ser considerado un autor de ciencia ficción, su lenguaje no es técnico, sino personal. Y quizás por eso consigue que sintamos como propios los problemas de gente que vive en otro planeta, pero que en realidad pudiéramos haber sido nosotros.

En definitiva, una obra maestra del cuento: un volumen que, a partir de una historia mayor nos va mostrando, como en un mosaico, pequeños pedazos de esa historia, a través de las personas que las protagonizaron, sus anhelos, decepciones y transformaciones. Un librito que, usando la excusa de la ciencia ficción, se convierte en literatura universal.

COMETIERRA, DOLORES REYES

Hay novelas que lo obligan a uno a la honestidad intelectual. Y creo que Cometierra es una de ellas. Se trata del debut de Dolores Reyes, autora que entró a la literatura siendo ya adulta, compaginando su labor literaria con una familia y un trabajo de tiempo completo, y que descubrió que quería contar historias al apuntarse a un taller literario.

Cometierra es la historia de una villera, una chica de los suburbios de Buenos Aires, que aunque apenas están a kilómetros del Obelisco y del Teatro Colón, es lo mismo que si quedaran en otro planeta. Suburbios a los que no llega el agua caliente, pero sí la droga, en los que la pobreza es ley universal y la violencia la lengua que todos hablan.

En ese contexto, lleno de privaciones, conocemos a Cometierra, nuestra protagonista, una niña de la que en el prólogo nos enteramos que su padre mató a golpes a su mamá y luego los abandonó a ella y a su hermano apenas mayor. Sabremos que la cuidó una tía, que no les daba cariño y no le gustaba cuidar críos ajenos, y que también los dejó. Y que Cometierra tenía un don: la tierra le hablaba, y ella era capaz de entenderla. Si comía unos puñados de tierra, podía ver a alguien, vivo o muerto. Una vidente.

Pero ese don nada más le servirá para ser despreciada. A su tía le provoca rechazo y la amenaza con quemarle la lengua, le parece sucio que la chica coma tierra. Sus compañeros de escuela se burlan, y su hermano, que la quiere bien, preferiría que no lo hiciera. Su don, lo que la hace especial, es una vergüenza en una negra villera. Si al menos fuera una Madame exótica, una adivina blanquita en un departamento elegante… pero en su rancho, en su villa, no es más que una pendeja asquerosa que come barro.

Llegados a este punto, la pobre Cometierra la estaba pasando peor que Oliver Twist. Y digamos que la prosa de Dolores Reyes no me estaba ayudando en nada a disfrutar la novela: personalísima, subjetiva, pegajosamente lírica. Todo en primera persona, el corazón de Cometierra descargándose sobre el papel en vivo y en directo: tan especial Cometierra, tan poeta ella, y una vida tan triste. Mujer, huérfana, pobre, y con un don. Nada más le faltaba ser ciega como en las teleseries.

Pero yo evito, si puedo, botar las lecturas: creo que para apreciar un texto hay que darle la oportunidad de que se muestre completo. Y esta vez la perseverancia dio sus frutos, porque al avanzar en la historia empezamos a ver más cosas: a familias desesperadas, a madres buscando a sus hijas, a hermanos buscando a sus hermanas. Gente que acude a Cometierra, con frasquitos llenos de barro, clamando por su bebé, por su nena, por su hija. Casi siempre mujeres; vivas, muertas, violadas. Y Cometierra las encuentra, las señala, permite a esas chicas volver a casa, o recibir el sepelio y las lágrimas que merecen.

Y, por otro lado, vemos a la propia Cometierra, que al crecer no deja de ser una adolescente normal, que escucha cumbia (como toda la villa), que tiene un amorío con uno de los amigos de su hermano, que es un poco insegura a veces. Que quiere ser aceptada, sentirse bien. Que le gusta la cerveza (¡y mucho!). Una adolescente que adora a su hermano por encima de todo.

Y vemos también la pobreza, la villa peligrosa, donde las niñas pueden desaparecer. La violencia que se descarga contra los más débiles; y cualquiera puede ser el débil en algún momento. Cometierra sostendrá una relación un poco más madura con uno de sus clientes, un policía: pero esa relación se verá tensionada siempre por problemas de clase, y de la relación histórica de los pobres y los hombres de la ley. Para ella él no deja de ser un cana, un rati, un botón. Y para él, Cometierra es buena chica, la quiere… ¡pero todos esos negros que la rodean, por Dios!

La historia avanza, y vemos a Cometierra y su hermano tomando decisiones difíciles, enfrentando a un entorno duro y peligroso. La prosa de la autora no cambiará: siempre estará ahí el eterno monólogo interior, lleno de subjetividades, y nos enteraremos de si Cometierra tiene sensaciones agradables o desagradables cuando se sube a un auto, cuando camina por su patio o cuando rompe una botella por accidente. Pero nos acostumbraremos a esto, y el retintín dejará de parecernos pretencioso, para sencillamente parecernos una adolescente hablando de ella misma y sus asuntos: los múltiples argentinismos que pueblan el relato me gustan, le dan carácter y nos permiten seguir el habla de una joven de las barriadas bonaerenses, aunque puede que a otro lector le distraigan.

Si bien es cierto que Dolores Reyes a veces cae en el cliché (¿de verdad la niña que se apega a Cometierra y su hermano se tenía que llamar Miseria? ¿¿Miseria??), y que leerla requiere un estómago a prueba de poesía hasta cuando Cometierra se saca las lagañas de los ojos, es una obra muy honesta, que trata a los jóvenes marginados con respeto, ni como víctimas ni como animales, sino como lo que son: jóvenes, chicos que tienen sueños y que intentan cumplirlos en un mundo muy jodido para ellos. Un libro que toca el grave problema de los femicidios y la violencia contra la mujer, con una mirada muy femenina, sin dejar de ser muy local; no podría haberse escrito sino en Argentina.

Es una buena novela, y me alegra que haya tenido una estupenda recepción, pero no es para mí. No creo que vuelva pronto a Dolores Reyes: a ratos me hartó, aunque entiendo que a otros lectores les fascinará. ¿Qué, que a lo mejor el reseñista está muy acostumbrado a una mirada masculina, y se siente incómodo ante este libro tan de mujeres y para mujeres, tan localista? Y, puede ser. Ponele, piba.

EL FORASTERO MISTERIOSO, MARK TWAIN

Antes de empezar, una advertencia: este libro no salió de la pluma de Mark Twain en su totalidad, sino que fue intervenido sin su consentimiento antes de publicar.

El forastero misterioso es una obra póstuma, de la que –además- Twain escribió varias versiones, sin que ninguna quedara totalmente acabada. En ella el autor cambia su habitual tono, de un humorismo natural y amigable, para dar paso a una obra amarga, de un humor cínico y desencantado, en el que cuestiona fuertemente al género humano y a las iglesias, a las cuales veía como simples engañadoras de la gente.

En 1916, varios años después de su muerte fue publicada por el albacea de su obra, Alber B. Paine, en acuerdo con la hija de Mark Twain, Clara. Ambos pertenecían a una iglesia llamada Ciencia Cristiana, y decidieron quitar las partes más ofensivas con los sacerdotes (las llamaban “profanidades”), así como inventar un personaje a quien atribuirle las canalladas que en la novela original eran realizadas por el cura de la Inquisición. Ese personaje, que es el Astrólogo, no existe en la obra original.

Tan solo en 1969 fue publicada una edición fiel al texto original, por la Universidad de California, la cual es poco conocida en español: entre nosotros es más conocida la versión intervenida, que es interesantísima de todos modos, y que es la que comentamos aquí.

Si Mark Twain fue siempre un aventurero, un entusiasta de la vida que se atrevía a todos los trabajos, un gran viajero y un pésimo administrador (fue muy rico y muy pobre varias veces: lo que ganaba con sus libros lo invertía desastrosamente), al llegar al final de su vida sufrió una serie de pérdidas: a la económica, que lo dejó al borde de la miseria, se le sumaron las pérdidas de su hija menor Susy, y de su esposa, de una enfermedad repentina.

Solo y abatido, Twain encaró su sufrimiento con una novela de un humor pesimista, en la que cuestiona el valor de la raza humana, el sentido de su existencia y la maldad con que nos relacionamos. Es una novela de talante filosófico, amarga, y sin embargo fácil de leer, amena e incluso graciosa. La prosa de Mark Twain hace posible el milagro.

Esta novela ocurre a finales del siglo XVI, en un pueblecito perdido al interior de Austria en el que, en palabras del autor, “era todavía el Medioevo y prometía seguir siéndolo siempre”. En este pueblo conocemos a tres niños, amigos de recorrer el bosque como si fuera su casa, y uno de ellos narrará nuestra historia, la cual comienza al encontrarse ellos con un muchacho un poco mayor, encantador y deseoso de agradar, quien afirma llamarse Satán, ser un ángel y de hecho, sobrino del mismísimo Lucifer. Este joven realiza diversos milagros para los niños, como crear hombrecitos de barro y darles vida. No obstante, cuando estas personitas se vuelven incómodas, los mata sin pensarlo dos veces.

Los chicos están escandalizados, claro, pero Satán los calma, y les muestra su visión de las cosas: los hombres y mujeres no valemos nada para él, somos como insectos, por lo que nuestra vida o muerte le es indiferente. Y además, nos desprecia, y particularmente desprecia nuestro sentido moral, del que tanto nos enorgullecemos. El joven ángel estima que los animales (y los ángeles) carecen de sentido moral, por lo que simplemente no hacen daño a nadie: nada más se comportan como debe ser. Las personas, en cambio, actúan movidas por un “sentido moral” que les hace cometer una atrocidad tras otra, tratarse injustamente, llevar a la hoguera a personas inocentes, maltratarse y destruirse a sí mismas sin descanso, bajo la excusa de la fe, la política o el dinero.

Más aún, cuando los chicos piden a su amigo que intervenga ayudando a otros, el ángel les brinda su apoyo, pero éste es terrible: sus amigos mueren, enloquecen o enfrentan la cárcel. Satán les explica que éstos son los mayores favores que les puede hacer, y es la mayor felicidad a la que les cabe aspirar.

Se trata de una novela desesperanzada, que reflexiona sobre lo que llamamos Bien y Mal, que cuestiona nuestra valía, nuestra independencia personal y que acaba diciendo que todas nuestras esperanzas son una mentira. Sin embargo, lo hace a partir de una estructura simple y lineal –toda la novela transcurre en alrededor de un año, y narra básicamente las visitas del ángel a los niños-, y usando un lenguaje claro y natural, en el que Twain (como siempre) habla sin pretensiones, con el oficio del periodista que pareciera estarnos contando un cuento para pasar el rato.

Incluso, es una novela humorística, de un humor negro y malvado, pero humorística. Ya antes Mark Twain había dado muestras de poseer ese tipo de humor: en algunos pasajes de Hucleberry Finn, por ejemplo, o en algunos cuentos (“El cuento del niño malo”, por ejemplo). Sin embargo, en este punto el humor de Twain profundiza en esta desesperanza, se vuelve áspero, corrosivo y atormentado, como la propia alma del viejo Mark lo era en ese momento.

LOCO AFÁN: CRÓNICAS DE SIDARIO. PEDRO LEMEBEL

Imagino que a Pedre Lemebel ha de haberle gustado la palabra desvergüenza. Debe haber estado harto de que otros intentaran hacerlo sentir mal por ser él mismo, por tener demasiados colores en su corazón. Harto de no encontrar un lugar para sentirse a gusto consigo mismo, ni en una dictadura sangrienta, ni tampoco en una democracia tecnocrática y liberal, sanitizada y despolitizada, llena de consensos y en la cual la diferencia se podía aceptar siempre que no molestara.

Y Lemebel molestaba. Vaya si molestaba, vestido de loca, con su gestualidad amanerada, con sus crónicas que mostraban lo que nadie quería ver: el maricón pobre y mal maquillado, la loca que no va a las discotecas de moda, sino que sandunguea en turbios locales de población. La violencia instalada contra los y las diferentes, la discriminación hacia los homosexuales al interior de los mismos grupos progresistas y de izquierdas, que prefieren posar para la foto de traje oscuro, serios, sin plumas que espanten al votante medio.

Y en Loco Afán nos mostró la tristeza del Sida, el bicho, la sombra, entre los gays empobrecidos de Chile. Una colección de crónicas, manifiestos, relatos o lo que carajo sean los escritos de Lemebel, casi todos vinculados con el sida, que durante mucho tiempo sirvió para discriminar –una vez más- a los homosexuales pobres y a las locas, a esos que se visten de tacos y se tiñen mal el pelo. Ahí, desparramando sobre el papel toda la desvergüenza, exhibiendo con orgullo la homosexualidad, el hambriento deseo por el cuerpo de otros hombres, los sueños imposibles de diva de Hollywood o de actriz de cine mudo, las horas de maquillaje, el grotesco contraste entre el glamour de los sueños de loca con la espantosa realidad de un país empobrecido y gris, que se burla de las caderas flojas de los mariquitas.

Desvergüenza para hablar del bicho, de la peste, del virus que hace correr la lista cada cierto tiempo. Desvergüenza para nombrar la tristeza, la bronca, de ver a tus amigas morir. Y desvergüenza incluso para mostrarlo, riendo, como si fuera una condecoración. Como se muestran las faldas hechas en la casa, o la peluca nueva, con el orgullo estremecedor de quien le da la cara a la desgracia.

Desvergüenza para politizar los cuerpos y el ejercicio de la sexualidad. Para decir que ser maricón en un país como Chile es un acto con consecuencias políticas. Que es entrar al mundo de la discriminación por múltiples puertas: la de la pobreza, la del asco, la de la inmoralidad. Todas las puertas de la desgracia se abren para el niño de población que escribe nombre de niña en su almohada. Y también para decir, bien clarito, que los movimientos emancipadores poco tienen que decirle a esos gays, porque su empeño es alcanzar el poder y no incluirlos a todos. Porque si el mariconeo no ayuda a ganar votos, pues se jode, porque no hay tiempo ni ganas de preocuparse por las locas que ni conciencia política tienen.

Desvergüenza para poner en solfa a los machos recios, viriles, que se escudan en la fuerza y en la masa para exponer al gay, al rarito, pero que lo mismo se animan a morder el fruto prohibido cuando nadie los ve. A todos esos que no dudaron en burlarse del más débil, del que no quería pelear, pero que aunque lo nieguen, se les enturbia la mirada cuando pasan de noche por las calles llenas de travestis, expuestos como flores del pecado.

Y ya que hablamos de eso, desvergüenza para escribir lo que se le cantó: lo de Lemebel no son cuentos, no son reflexiones, no son crónicas, no contienen la unidad lineal que pide una novela. No son pequeños ensayos. Quizá quien acertó fue Roberto Bolaño, quien dijo que Lemebel estaba escribiendo la poesía que los poetas no estaban viendo. Lemebel simplemente empuñó su lápiz y se lanzó a decir lo que vivía en su corazón, las historias de sus amigas mezcladas con la crítica homomusical de Raphael o Los abuelos de la nada, o una reflexión política en verso, o una carta a Elizabeth Taylor. Desvergüenza.

Y desvergüenza para hacer cualquier cosa con el lenguaje, para tomar un sustantivo y convertirlo en adjetivo, así sin más, para jugar con las mil sonoridades derivadas de la palabra “maricón”, para escribir textos en los que, vaya uno a saber si para tomar un atajo y llegar más rápido, Lemebel escribe tomando prestadas las palabras, poniéndolas en el lugar que no les corresponde, riéndose del orden natural del lenguaje, trasvistiéndolo para lograr nuevos colores, nuevos significados, nuevos sonidos. Jugando con el idioma, como quien arma y desarma un instrumento musical.

Sin ninguna vergüenza mostrando la rabia a veces, la bronca sorda que no tiene cómo descargarse y que, de apuro, se convierte en humor. En juego, en bromita, en burla que es mejor darla y recibirla con alegría, antes que ceder a las ganas de quemarlo todo. Esa emoción tan primitivamente masculina, la rabia, también aparece, como una sombra que revolotea el circo dorado del mundo gay.

Porque esa desvergüenza, ese descaro, esa actitud de ir para adelante, desafiando, es una manera de protegerse unos con otras, todas las locas de la mano. Es como usar una insignia, la insignia de los que han sido basureados tanto que ya nada tienen que perder, y por eso se protegen entre ellos. Es una manera de mostrar compasión, una de las sorprendentes formas que toma el amor.

Amor, otra palabra que a Pedro le ha de haber gustado.

LA CARRETERA, CORMAC McCARTHY

Imagínense una novela postapocalíptica, con un mundo quemado, y los sobrevivientes intentando encontrar lo que se pueda para comer, cubrirse o defender sus vidas. Imaginen bandas armadas de malhechores barbudos, capturando gente para esclavizarla y para alimentarse de su carne, mientras un padre y su hijo intentan esconderse de personas así al tiempo que intentan llegar a algún lugar en el que haga menos frío y puedan pasar el invierno.

Podría ser una novela de acción y aventuras trepidante… pero es algo mejor. Mucho mejor. Es una novela que, a partir de un lenguaje austero y sin fiorituras nos muestra el recorrido de ese padre y su hijo en un mundo devastado. McCarthy ni siquiera nos cuenta por qué el mundo se ha dañado, y en verdad no le interesa: su preocupación es humana, mostrándonos la fragilidad de esa pareja que se necesita desesperadamente: un muchacho que sin padre estaría solo en el mundo, a merced de los depredadores humanos que pululan por ahí, y que con seguridad moriría pronto, y un padre que necesita tener a su hijo al lado, y que sin duda elegiría dejarse morir si no fuera por él. Una dupla que se cuida, se acompaña y comparte los últimos restos de la civilización.

Pero hay otra preocupación en La carretera: la lucha del Bien y el Mal en un mundo en el que la desesperación hace que la posibilidad del Bien se vea cuestionada. El padre estará constantemente recordándole a su hijo que ellos son los buenos, que ellos no harían ciertas cosas (como comerse a los niños, por ejemplo), y que tampoco dañarán a las personas sin necesidad estricta. El niño, por su parte, mostrará gestos espontáneos de bondad hacia las personas que se encuentra en la carretera, y de alguna manera todo el viaje es una extensa protección del Bien, una defensa de la humanidad, en un momento en el que la inhumanidad campea.

En algún momento nuestros protagonistas conseguirán un albergue, un refugio para pasar el invierno. Un lugar calentito y lleno de comida, pero Mc Carthy nos recordará la fragilidad del bien, y que ningún refugio es para siempre. El padre y el hijo deberán, una vez respuestas sus fuerzas, abandonar la comodidad y lanzarse otra vez a la carretera, a abrirse paso esquivando peligros. Deberán hacer frente a los desalmados, a los que están dispuestos a matar. A los oportunistas, que si les falta fuerza para ser desalmandos, al menos raterean lo que esté a su alcance. A sí mismos, a sus propios impulsos crueles y vengativos, para que no se pierda la oportunidad que aún existe de conservar la humanidad entre nosotros, como un fuego.

Cormac McCarthy es machacón en sus descripciones, y lo único que parece interesarle es el viaje a través de la carretera en desuso. Presta poca atención a las aventuras -que las hay, sin duda- y mucha atención a esa desesperada obstinación del padre que, luchando contra el hambre, el cansancio y la desesperanza, intenta evitar que él y su hijo perezcan, enfermen o se conviertan en animales. Pocos, pero magníficos, diálogos, para contarnos una historia severa, que prescinde de todos los adornos, para quedarse solo con lo esencial.

EN EL PISO DE ABAJO. MARGARET POWELL

Margaret Powell nació el año 1907, y la verdad era una chica lista. Y además, le gustaba aprender: desde niña tuvo auténtica sed de conocimientos. Tanto así que ganó una beca para continuar sus estudios en la adolescencia. Pero Margaret Powell, además de lista, era una chica pobre. Y no me refiero a que sus padres no pudieran costearle una educación: es que en casa hacía falta el dinero que ella podía ganar trabajando. De modo que la avispada Margaret se buscó un trabajo, y después de unos años relizando diversas tareas, entró al servicio doméstico, a trabajar como asistente de cocina a la casa de una familia pudiente.

Y su inteligencia inquieta lo observaba todo, desde la agobiante carga de tareas hasta las relaciones entre los empleados, y entre empleados y patrones. Margaret, si bien siempre se sintió parte del personal, y supo que su lugar era entre los empleados y nunca a favor de los patrones, fue al mismo tiempo capaz de afrontar con cierta distancia y sentido común los asuntos de las casas en que sirvió: miraba con burlona extrañeza a esos mayordomos o camareras con muchos años de servicio, y que se sentían casi parte de la familia, hablando de los patrones como si fueran sus amigos íntimos. Y claro, si ella nunca se permitió olvidar que el servicio doméstico era nada más una etapa en su vida, y que esperaba pronto dejarlo para siempre.

Como Margaret era una chica lista, y aunque sensible a las injusticias, tenía un robusto sentido práctico, más que lamentarse por ellas intentaba sortearlas para resolver sus propias dificultades, de modo que llegó pronto a la conclusión más lógica: para salir del servicio doméstico necesitaba un marido. Y se dio a buscarlo, hasta que eventualmente consiguió uno ni demasiado feo, ni demasiado tacaño, y lo bastante amable como para que valiera la pena vivir con él. Tuvo varios hijos, y eventualmetne volvió a trabajar en cocinas ajenas cuando la necesidad fue mucha.

Pero Margaret siempre tuvo auténtica sed de saber. Ya en su época de trabajadora doméstica solía pedir algún libro de la biblioteca de sus jefes, los que siempre se sorprendían de que a la cocinera le gustara leer (“Sabían que respirabas, que dormías y que trabajabas, pero no sabían que leías. Algo así escapaba a su entendimiento. Pensaban que en tu tiempo libre te ponías a mirar las musarañas” apunta, mostrándonos la aristocrática sorpresa de los patrones al enterarse que había cosas al interior de la mente de sus empleados). De modo que, cuando sus propios hijos estuvieron grandes, ella decidió apuntarse a cursos y conferencias, de todo tipo, para aprender todo lo que no tuvo tiempo ni oportunidad de aprender de joven.

Y lo bien que hizo: porque de tanto estudiar tuvo el impulso de escribir sus memorias, que llamó “En el piso de abajo. Memorias de una cocinera inglesa de los años 20”. Un documento lleno de humor, en el que desgrana sin acritud, pero sin romanticismos, la aguda pobreza de su infancia en un barrio de Brighton, así como su entrada al mundo laboral y su experiencia como asistente de cocina y cocinera, en diferentes casas.

Nos muestra las relaciones entre patrones y empleados, en las que los patrones actúan de distintas maneras, a veces autoritarios, a veces amables, a veces consejeros y otras fríos, pero siempre con una idea grabada a fuego dentro de la cabeza: los miembros de la servidumbre son inferiores, y lo que sea que hagamos con ellos no recibe el nombre de explotación, sino que es mejorarles la vida. Por lo tanto, el patrón toma decisiones sobre el comportamiento, la natalidad, la cultura, el descanso, la alimentación y la vida de sus empleados. Sabe cuánto necesitan comer, y qué virtudes deben tener. Sabe cómo deben celebrar la Navidad, y qué hacer si un miembro de la familia embaraza a una camarera. Todas las relaciones aparecen pensadas para el mejor disfrute de los patrones, y Margaret siempre tiene la lengua afilada para decirlo muy clarito.

Margaret Powell no fue una luchadora contra las injusticias, no. Fue una mujer sencilla, sensata, lúcida y cuyos objetivos siempre estuvieron puestos en sobrevivir. No hay en ella arrestos revolucionarios, sino que, ante un sistema injusto y dañino, ella intentó salir siempre bien parada. Preservar el propio orgullo, no aceptar tratos indignos en la medida de lo posible, ser capaz de leer a sus patrones, así como a las a veces rígidas cadenas de poder que se establecían entre los propios colegas, y salir tan pronto como fuera posible de allí.

Con un humor amable y lleno de sentido común, la autora pasa revista a los mil y un sinsentidos de su vida cotidiana, la tonta superioridad de la que hacen gala, como si fuera un orgullo, los patrones, y el trabajo y trato propio de animales que reciben los empleados, aunque no se les ejerza violencia alguna. Un retrato vivaz de las relaciones entre clases, desprovistas de gritos y golpes, pero también de humanidad.

En suma, En el piso de abajo es lo que ocurre cuando los humildes, por fin, se atreven a sacar a voz.

UNA MODESTA PROPOSICIÓN. JONATHAN SWIFT

Un texto brevísimo, que no supera las diez páginas, como si quisiera demostrar que el mejor veneno viene en frasco pequeño. Jonathan Swift se disfraza aquí de economista político y reformador, para ofrecernos una propuesta a la miseria y el hambre que azotaban a la Irlanda de su época.

Swift ve, con pesar, que hay muchos pobres en Irlanda, los cuales no son capaces de mantener a sus abundantes hijos, y que difícilmente consiguen cada día comida para todos. Esas personas no sólo no pueden hacerse cargo de sus propias necesidades, sino que además representan un problema para toda la sociedad, puesto que se mantienen con lo que otros producen, a través del robo o la mendicidad.

El autor se pregunta acerca de cómo pudiera convertir a esos niños en seres de provecho para la sociedad, y llega a una conclusión simple, lógica, elegante y perfectamente adecuada al problema… propone que los pobres vendan a sus hijos a los ricos como carne para la mesa de los adinerados. Así esos niños se vuelven provechosos para la comunidad, los padres dejan de preocuparse por la manutención de sus hijos, y además reciben algún dinero a cambio, que harta falta les hace.

Perfecto, ¿no?

Tras haber presentado su horrorosa propuesta como si fuera de lo más natural, Swift se entretiene en contar qué platillos se podrían hacer, a cuánto costo, y en las innumerables ventajas de su procedimiento: por ejemplo, señala que si los niños se convirtieran en mercancía, los hombres serían menos propensos a golpear y maltratar a sus esposas, puesto que habría que cuidar a las productoras. Habla con total seriedad acerca de una locura, lo que realza la sátira, y la vuelve más feroz aún, al detenerse en los detalles prácticos del proceso.

Al componer este texto como una propuesta seria, Swift se burla de la ciencia de la época, de sus convenciones (en la época en que se publicó las Modestas Proposiciones eran un procedimiento habitual para proponer reformas sociales), y de los modelos de conocimiento que, acumulando información pero no sabiduría, terminan llegando a conclusiones absurdas, con sabios orgullosos de sí mismos y una población sufriendo igual que antes que se implementaran las ideas de éstos.

Del mismo modo, pone en cuestión la justicia y honestidad de un modelo de desarrollo social que mantiene a su pueblo en la mendicidad, o a un pasito de ella. Que permite que los adinerados celebren fiestas a metros de los sin casa, de los sin pan, y que además eso se considere natural y justo, por si fuera poco. El canibalismo no es más que la última etapa de un proceso en el que la explotación se vuelve una forma natural de relacionarnos, y obtener ventaja de los demás es simplemente la manera en que hemos decidido que transcurra la vida: ya que les hemos quitado el derecho a obtener los bienes más básicos, a conseguírselos trabajando, a ser considerados dignos, a soñar, pues sólo falta comérnoslos. Del mismo modo en que nos comemos a la naturaleza, o el apetito voraz con el que compramos y compramos bienes que en realidad no nos hicieron nunca falta.

Y aún más: la Modesta Proposición dispara contra el alma de todos nosotros, contra una humanidad que se permite consumir la vida de otros, devorar sus mejores esfuerzos para conseguir productos y servicios que hacen la vida más cómoda, llevadera y lujosa. Cuestiona nuestro corazón, nuestra capacidad de ver a los demás como personas, se ríe de cómo, bajo nuestra vida burguesa, están los hombros de otros hombres y mujeres que sostienen nuestra vida, ya a partir del café caliente de la mañana.

La Modesta Proposición es un texto clásico, una joya del humor más perverso, creada por un hombre harto de las injusticias, y que no halló más forma de luchar contra ellas que llevarlas al extremo en la obra literaria, poniendo ante nuestros ojos todo lo absurdas y estúpidas que son.

EL PROCESO, FRANZ KAFKA

El proceso es una de esas novelas de las que casi más valdría no decir nada. Porque se ha escrito una barbaridad acerca de ella, desde todos los puntos de vista posibles, porque analistas preparados y altamente inteligentes han escudriñado esta novela armados con todas las herramientas de la crítica, porque casi que hemos llegado al punto en que no hay nada nuevo que decir.

Pero, por otra parte, cada lectura es única, y cada lector que abre El proceso, se sumerge por primera vez en un universo nuevo, inquietantemente parecido al nuestro. Como es sabido, todo empieza cuando Josef K., miembro del equipo gerencial de un banco, se levanta una mañana y se encuentra con dos empleados de la justicia en su habitación, notificándole que está siendo sometido a proceso. Ellos no conocen el motivo, sólo se encargan de notificar, y no tienen el menor interés por aclarar las dudas de K., sino que incluso intentan sablearle algo de su ropa. Indignado, K. intenta averiguar de qué demonios se trata toda esta broma de mal gusto, pero se encuentra con que el proceso es muy real, y él está siendo acusado, pero que no puede enterarse de qué se lo acusa, ni en qué tribunal se trata su asunto.

Josef K., que es un hombre expeditivo y un profesional competente, intentará resolver el asunto por sus propios medios, pero terminará empantanado, visitando tribunales situados en barrios empobrecidos y sucios. Buscará respuestas en los sitios más dispares, abandonará sus obligaciones profesionales, recibirá apoyo de personas sumamente diferentes. Algunas veces se lo verá resuelto y confiado en sus recursos, incluso hiriente y agresivo en su trato con otras personas, y otras tímido y sumiso, como en el momento en que un tío suyo decide tomar las riendas en el asunto de K. y dirigirlo con un abogado, uno capaz de enfrentar procesos difíciles como el suyo. El tal abogado, por otra parte, es un hombre enfermo y mayor, que no sale ya de su cama, pero que mantiene excelentes relaciones con la justicia, y sabe más del caso que el propio K., que deja los pies en la calle intentando averiguar algo.

K. llegará a buscar el apoyo de la enfermera que cuida al abogado (mujer enamoradiza, que encuentra atractivos a todos los acusados, como si el tener un proceso abierto súbitamente volviera hermosos a los hombres), o de un pintor que a veces pinta retratos de los jueces, y a través de quien K. intenta influir en las decisiones de éstos. Desesperado, viendo como todos le cuentan lo difícil que es acceder a la justicia, y mucho menos influenciarla, Josef K. termina despidiendo a su abogado, quien parece satisfecho con sus esfuerzos preliminares que nunca muestran resultados visibles, e intentará llevar su defensa por sí mismo.

Pero la ley no es accesible para él, a pesar de que él sea permanentemente accesible para las fuerzas de la justicia, al punto que, al final, llegarán a buscarlo un par de funcionarios para hacer cumplir la sentencia. K., abandonado y sin fuerzas para resistirse, asumirá la culpabilidad como verdadera, y afrontará su pena como si fuera un criminal.

El mundo de Josef K. no existe, no es verdadero, pero al mismo tiempo lo es. Se trata de un retrato malvado, en el que un dibujante hubiese exagerado nuestras facciones, para dar con una imagen nuestra que no se corresponde con nuestro rostro, pero al mismo tiempo representara lo peor de nuestra alma. Es una novela heredera de autores realistas, como Dostoievski, Tolstoi o Balzac, que utiliza un lenguaje absolutamente normal, una sintaxis clásica, sin artificios ni sorpresas estilísticas, y que propone temáticas que a todos nos resultan familiares: el trabajo en un banco, la vida en una pensión, un proceso judicial.

Sin embargo, en este mundo aparentemente familiar, aparecen sombras que, de pronto, no parecen proyectadas por ningún objeto real: la existencia de esos misteriosos Tribunales, en los que se juega la vida de las personas, no resulta accesible a la gente común, y ni siquiera a la mayor parte de los funcionarios judiciales. La justicia se ha vuelto una máquina demasiado grande, un “sistema experto”, como los llamaría Anthony Giddens décadas después: sistemas de conocimiento profesional altamente específico, que organizan áreas de nuestra vida y a los que nadie puede acceder en su totalidad. Y claro, esta definición de sociólogo se vuelve, de pronto, trágicamente parte de la vida de un hombre atrapado en un engranaje de esta máquina, de la cual solamente podrá salir como parte de un tejido mayor, transformado en un hilo más de un enorme tapiz sin sentido alguno.

Kafka desarrolla el tema de la culpa. Nos muestra un mundo en el que la culpa es inevitable: no necesitas saber cuál es, ni qué precepto has roto. Solamente necesitas saber que puedes ser hallado culpable, y que deberás asumir tu castigo. En un mundo en el que la naturaleza ha sido domada, y no hay fieras ni terremotos ni pestes, los peligros vienen de la propia organización de los hombres, impersonal, insensible e implacable, y ante la cual no habrá manera de defenderse, una vez que su brazo haya elegido sobre quién descender.   

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